Mejor de lo que esperaba

Hoy fue ese día en el que todos la pudimos escuchar completa por primera vez. Y sí, fue justo lo que esperábamos. Fue la noche en la que algunos enloquecieron por ella, en la que unas juraron que con esto harían el amor, en la que me pediste que te dijera que eras mi himno nacional y yo no pude negar que sostenías mi mano y otras cosas.

Ésta fue la noche en que muchos nos fuimos a las carreras, en la que sonó ese bajo de Angelo Badalamentti, la de la tristeza del verano y en la que aceptamos que sí, el paraíso era matar zombies.

Sí que era mejor de lo que me lo esperaba.

Días de hervor

Vaya día caótico el de hoy. Con esta caída de Megaupload, pareciera que acaban de asesinar al archiduque Francisco Fernando del Internet. Y todo ha comenzado a hervir. Yo he vivido mi propio hervidero particular: entre hacer el debido reporte de este suceso, mis actividades cotidianas en los blogs, las listas de Masturbación Musical y sus cosas diarias, así como ese extraño desasosiego en el que todo este asunto de SOPA y PIPA me tiene metido, pues sí, la verdad es que también me siento hervido.

Hoy fue uno de esos ya clásicos días que debo pasar al menos una vez a la semana 15 horas con el culo pegado al asiento construyendo mis pequeña matrix desde aquí. No me quejo, si esto es lo que me gusta (y, además, si mis planes sale como espero). Pero la verdad es que cuando se pasa tanto tiempo trabajando entre la virtualidad y la realidad, la vida adquiere una consistencia un tanto gelatinosa que es resultado del constante paso de los solidos de la realidad a los pixeles. Y pues sí, cuando llevo todo el día en este intermedio, termino como gelatina. Ahora súmenle eso al hervidero que mencioné antes y entenderán que en este instante estoy completamente líquido.

Pero no se preocupen, mañana recuperaré mi consistencia. Y es que a pesar de que no lo he puesto por aquí -cosa que debí haber hecho-, mañana hago por la noche una de esas cosas que tanto disfruto: mañana, Chucho y yo tocamos en el Barfly en Cholula. Dejo abajo la información.

Haremos una noche de disco, nu disco, italo (¡Sí, italo!), mi amado electro y algo de tecno. Los dos llevamos ya tiempo queriendo entrarle al italo, el año pasado nos fuimos mucho con el Garage House, anduvimos muy Chicago. Ahora, además de paninaros queremos ponernos más Detroit. Y pues, eso será parte de lo que vean mañana, que supone ser el inicio de una serie de fiestas más enfocadas a cada género.

Además, estoy haciendo otra cosa que me emociona mucho. No entraré mucho en detalle, porque creo que eso merece otro post, pero me limitaré a decir que hace unas semanas descubrimos un CD con grabaciones viejas mías, canciones que hice entre 2001 y 2003 que nunca han visto la luz. De hecho, esas grabaciones las encontramos poco antes del concierto con Yelle y nos vimos muy tentados a incluir algo o alguna de ellas en la presentación, pero tanto Chucho como yo consideramos que esas canciones merecían más tiempo. Quiero hacer algo especial con ellas, así que en los siguientes días es posible que se encuentren con el yo de hace siete años.

Pero es justo cuando me estoy encaminando con este tipo de cosas, con los proyectos que tengo para mi música y mis blogs, que de repente me acuerdo que un grupo de ancianos gringos que en su vida han tocado una computadora y que mucho menos han sido tocados alguna vez por esa magia que llamamos música que, en menos de una semana, decidirán sin ton ni son el destino de miles de millones de personas a través de dos decisiones, que un principio, parecen un tanto inocuas.

¿Cómo compartir cuando sea ilegal compartir? ¿Qué no se trata acaso de eso tanto el internet como la música? ¿Compartir?

Con la caída de Megaupload fue inevitable que pensara en el asesinato de Francisco Fernando: un suceso impactante y un tanto pequeño (limitado sea tal vez la palabra más adecuada) que acabó desencadenando (oh sí) una serie de eventos desafortunados.

Todas estas ideas y el estrés cotidiano me dejaron, como mencioné previamente, hervido, líquido. Es por eso que en esta hora del día he decidido recurrir a ese bálsamo que siempre me calma por las noches y me serena: Zbigniew Preisner. La música del paraíso.

Hace unos meses pude conseguir, por fin, Silence, Night and Dreams (2007), una de las pocas piezas del polaco que faltaban en mi colección. Mi habitual descuido, hizo que me olvidara que tenía ese álbum, y fue hasta hace unas noches de insomnio, que lo descubrí y que recordé que Teresa Salguiero participa también en él. En efecto, queridos lectores: una combinación de ensueño y, seguramente, el sonido que la gente del paraíso imagina pertenece al paraíso.

Fue cuestión de darle play para que las 14 horas de trabajo, los problemas del mundo y ese hervor que nos está quemando a todos, se cristalizaran con la voz de Salgueiro y la música de Preisnier.

Sí, queridos lectores, el mundo puede detenerse por unos minutos, cuando ustedes quierean y como ustedes quieran, que para eso se hicieron estas cosas. Si hay una guerra cultivándose por ahí, más nos vale estar serenos.

Dinero

Él dijo que quería comprarme algo, pero no tenía dinero. Después yo descubrí que quería comprarte algo, pero tampoco tenía dinero.

Cambiemos el automóvil, cambiemos las armas, vayámonos al oeste y trabajemos esto juntos.

Y en el camino, si somos lo suficientemente afortunados, podremos matar zombies.

Tumblrs y Bloggers

Chucho inauguró por fin hoy su Tumblr. El sitio es en verdad bonito y es justo lo que él necesita: un espacio práctico donde pueda publicar de forma sencilla todas aquellas cosas tan maravillosas que debe compartir con el resto del mundo. Cuando vi el espacio y la plataforma, evidentemente me sentí seducido a abrir el mío: sería una especie de renovar mi “escribir por placer” (como diría RosaElena) que tan vejado se ha visto en los últimos meses al ser editor de otros tres blogs.

Este post que escribo ahora lo he traído en mente desde hace mucho tiempo. Y es que ha sido mucha la gente que me ha recordado que una de las cosas que debo hacer es escribir por placer que entre los evidentes y eternos propósitos de año nuevo está no descuidar este sitio. Como ya es costumbre en mí, olvidé por completo su aniversario. Hace tan sólo unas semanas Los días intensos cumplió seis años en línea y no hice ninguna mención al respecto, como es también costumbre.

Pero volvamos al tema central del asunto: Tumblr y los blogs ¿Debo abrir un Tumblr? ¿En verdad necesito un espacio más de expresión cuando ya tengo tres redes sociales, dos blogs de política, uno de música y uno personal? ¿Es necesario abrir otro sitio en el que le muestre al mundo lo que opino y lo que pienso cuando llevo meses teniendo descuidado el sitio que ya tenía pensado para eso?

Fue justo en medio de esta reflexión que me di cuenta que habemos dos tipos de personas: los que están hechos para Tumblr y los vejestorios que aún creemos en los blogs.

Yo soy uno de esos segundos. Y que quede claro: en ningún momento digo que uno sea mejor que otro, simplemente, son dos formatos distintos que pueden embonar bastante bien, como el caballero que menciono al principio y yo. Hay gente que es práctica y requiere espacios sencillos, así como habemos personas complicadas que no somos capaces de sintetizar en una imagen o una frase todo lo que tenemos que decir. Pero al fin y al cabo, los dos necesitamos expresarnos.

Además, es un hecho que la rutina en la que he entrado últimamente ha hecho que poco a poco me vaya aislando y dejando privadas muchas cosas. Me gusta, me gusta mucho ser privado; pero también sé que este espacio me ayuda para algo, a mí, y a algunas personas que veo que me siguen.

Así que, como siempre y con mi eterna promesa, procuraré ponerle más atención a este espacio. Pero eso sí, dándole siempre algo significativo. No creo que les sirva de mucho saber que ahora estoy enganchado con Community, atorado terminando las listas de Masturbación Musical y preparando tres mixtapes. O tal vez sí, no lo sé.

Lo que sí sé es que soy de esos complejos que requiere de una caja de 20 líneas para poner qué es lo que está pasando. Antes solía funcionarnos bastante bien (y cuando hablo en plural, las que me están leyendo saben a quiénes me refiero). No veo por qué ahora no.

Me sorprende la masificación de la auto exposición que el internet ha sufrido en los últimos años, por lo que no me verán poniendo fotos de Instagram de cada amanecer o taza de café que vea, subiendo imágenes de memes de Internet, gifs chistosos o fotografías pretenciosas de moda. Quien quiera leer este blog, tendrá que hacerlo con el peso de las letras y de algo concreto que quiero decir, no meros simbolismos al aire. A la antigüita, pues.

Lo siento, tal vez esa sea las diferencias entre Tumblrs y Bloggers. Y lo siento, tal vez a la larga, me vean abriendo mi propio Tumblr.

Nos veremos pronto

No lo había anunciado por aquí o por otro medio a pesar de que tal vez tenía que hacerlo. Pero lo cierto es que estaba muy nervioso. Desde enero o febrero de este año me habían dicho que, posiblemente, para octubre o noviembre de este año traerían a Yelle y que, si quería, podría tocar con ellos. Fue durante el verano que me lo confirmaron: el 16 de noviembre se armaría el concierto.

- Pero no queremos un DJ Set, queremos que sea Live Act….queremos volverte a ver en un escenario, como en los viejos tiempos.

Me hubiera visto muy estúpido y no estaría escribiendo este post si no hubiera dicho que sí. Así que lo hice, acepté. La última vez que había tocado de esta manera fue en 2008, un año de muchos cambios para mí y un momento ciertamente difícil, en el que no sólo estaba seguro de si quería seguir llevando adelante a Velvet Boy, mas bien, no estaba seguro de si quería seguir siéndolo.

A pesar de haber cantado un par de veces en los últimos años, no había hecho gran cosa por mi proyecto musical, y la última vez que realmente toqué fue ésta:

Sí, ese soy yo disfrazado de Bowie en mi despedida de Puebla: The Sodom & Gomorrah Show. Y en el escenario me acompañan, de izquierda a derecha, mi querido Dave, quien ahora es ultra famoso y está de gira con Renoh; en la batería Omar y, finalmente, en la guitarra, Yush, quien según tengo entendido anda por algún lado del mundo.

Aquella fue la última vez que realmente toqué (sí, sé que después de esa hubo varias ocasiones, pero ninguna como ésta) y ocurrió un 15 de agosto de 2008. Para ese entonces estaba cansado de la música, de mi vida en Puebla y de una serie de eventos desafortunados que, si leen los archivos de esos años y esas fechas, comprenderán.

Pese a lo que se diga, aquel fue un gran concierto y una gran fiesta. Como siempre he dicho, soy el chico más afortunado del planeta y tenía una gran banda, tres chicos con gran disposición y buenos músicos. A pesar de estar a mediados de agosto hicimos una fiesta de disfraces con el nombre de una canción de mis amados Pet Shop Boys y el sitio se llenó, era el antiguo Anónimo, sitios como ese ya no hay.

En fin, la cosa es que estaba en uno de esos momentos de transición que le agitan todo en la vida a uno y, ciertamente, creo que en ese momento tenía muy poco tiempo para la música. Me despedí de Puebla, me fui al DF y decidí cerrar la puerta de la música y aventar la llave a un sitio en el que no la pudiera encontrar.

Error.

Por mucho que me haya quejado de la música y de lo pesado que podía ser tratar de llevar una vida y, además, tratar de llevar una vida de músico, no pude. Lo que ocurrió los meses siguientes fue que atravesé una de las depresiones más grandes y extrañas de toda mi vida. Ver figura 2:

Eso que ven arriba soy yo tratando de dármelas de oficinista y de vivir una vida “normal”, sin presentaciones, música y/o DJ Sets. Puedo decir con toda franqueza que el periodo ocurrido entre agosto de 2008 y enero de 2009 fue, simplemente, agónico.

De repente, los micrófonos, sintetizadores y CD’s se habían cambiado por facturas, cheques y correos electrónicos. Y eso que ven arriba, soy yo en un momento libre de oficina, no sabiendo qué hacer.

El punto es que, como ya dije, soy el chico más afortunado del planeta, y tengo la suerte de que la música siempre me anda persiguiendo así como de tener amigos que saben realmente lo que me gusta y quien soy. Así que en enero de 2009, recibí una llamada de mi querida Agnes, diciendo que abrirían un nuevo bar en Cholula y que querían escucharme, pero no precisamente como cantando, sino como DJ.

Para quien no lo sepa, empecé a presentarme en vivo y como DJ casi al mismo tiempo, sólo que en ese momento, me empezaron a llamar más para tocar que para hacer DJ Sets. Quemé mis discos, preparé mi set, y un 16 de enero de 2009 hice mi primer DJ Set en un bar, relativamente nuevo, llamado Barfly. Existe incluso una foto que documenta el momento y en la que, por cierto, mucha gente piensa que estoy drogado cuando, curiosamente, no traía ni siquiera mis pastillas para la epilepsia encima. Y es la siguiente:

La de arriba es la foto que menciono y la de abajo es una foto de Agnes aquella misma noche que llevo toda la vida queriendo mostrarle a la humanidad. El DJ Set de esa noche se convirtió en una fructífera y muy querida relación con el bar en el que sigo tocando como residente cada quince días y en el que hemos logrado cosas increíbles de las que en otro momento hablaré.

Están a punto de cumplirse casi 3 años de aquella llamada de Agnes y, durante este tiempo, me dediqué a descubrir a descubrir y mejorar ese lado de DJ que, curiosamente, ahora muchos más conocen.

Para principios de este año Cholula ya era otra. Artistas internacionales venían con mucha mayor frecuencia y, de alguna manera, aquella escena independiente en la que todos éramos héroes se convirtió en una especie de pequeña industria, una comunidad distinta. Así pues, cuando por esos días me dijeron que traerían a Yelle muchas cosas pasaron por mi cabeza.

En primer lugar, jamás pensé que llegaría el día en el que no hubiera que ir al DF para disfrutar de un concierto de este tipo. En segundo lugar, me sorprendió que aún hubiera quién se acordara de mí y aquellos shows petardos que armábamos en 2006, esos en los que no había un escenario con luces sino una pareja lésbica fajando, gente bailando y una pelea en la cabina de sonido (juro que en verdad pasó esto último). En tercer lugar pensé: “¿Y ahora qué chingados voy a hacer?”.

En ese momento descubrí que algo muy delicado y difícil había ocurrido: había dejado de creer en mí. Aquella noche del Sodom & Gomorrah Show, sí, esa que de la que vieron la foto arriba y de la que si quieren ver un video pueden hacerlo aquí, no sólo le cerré la puerta a la música, sino que se la había cerrado a Velvet. Y no sólo eso, donde quiera que lo hubiera encerrado, lo había dejado encadenado como un animal, para que no se soltara y fuera a comerse a alguien.

Aquella llamada de Agnes y los años como DJ, alimentaban y calmaban a esa bestia de terciopelo que había encadenado. Pero ese animal quería salir, necesitaba salir. Y necesitaba hacerlo por el simple hecho de que era yo mismo pidiéndome salir.

Lo interesante es que mientras yo trataba de poner en orden mi vida después de Puebla, de la universidad, de la llegada a México y de tratar de sobrevivir, Velvet pareció aprender mucho en su exilio. Era como si durante todo este tiempo él me observara y saliera de vez en cuando. Incluso, era como si él mismo hubiese encontrado la llave y decidiera salir cuando quisiera, porque es de alguna manera lo que Velvet hace.

Y lo más importante aún: descubrí que a pesar de que yo hubiese dejado de creer en mí y en lo que hacía, había mucha gente que aún lo hacía, que aún creía en mí. De hecho, he de decir que fue mucha de la gente que me invitó y/o convenció de volverme a trepar a un escenario a cantar.

Creo que este es el punto donde del post donde debería de agradecerle a Matías, que fue quien me invitó y quien dijo: “Extrañamos a Velvet en un escenario”, y en segundo lugar, a Chucho, quien decidió ser mi cómplice en esta ocasión.

“OK, regresaré”, fue lo primero y más evidente que pensé, pero si iba a hacerlo, no sería con ninguna de las cosas que me trajeron abajo o los errores de antes. Ya no era el universitario que tenía que volverse una especie de pulpo para sacar todo adelante y, sobre todo, ya no era el universitario dramático que cualquier cosa lo aplastaba. Ahora era -y soy- un freelance que el trabajo y este tipo de cosas lo aplastan, simplemente soy menos neurótico.

Así pues, la decisión fue que, primero, arreglaríamos las viejas canciones, las que alguno que otro fósil cholulteca podría recordar y, si daba tiempo, hacer alguna cosa nueva. Tenía, de nuevo, una gran ventaja a mi favor: una persona con gran talento, con gran disposición y, sobre todo, con un gran sentido de la responsabilidad.

Desde el verano, Chucho y yo estuvimos arreglando los viejos temas, los adaptamos al sonido del 2011 (imaginando que habría pura muchachada en el evento), eso sí, sin perder la esencia Velvet. Hubo dos semanas en particular que fueron intensas y en las que, de nuevo, dudé.

Y es que creo que si algo tenía esa jaula en la que había metido a Velvet era un guardián muy severo: el miedo. Estaba muerto del miedo de volver a ese sitio al que no había vuelto en dos años.

Cada semana, cada día, arreglábamos algún detalle, algo nuevo, algo convincente, algo que nos volara la cabeza y, si no era así, entonces a cambiarlo. Al final, nos quedó un set con siete canciones, completamente revampeadas. Una de ellas nueva.

Por si esto no fuera suficiente, la carga de trabajo de ambos se hizo enorme en estas últimas semanas antes del concierto. Y los días comenzaron a pasar a una velocidad que yo creía cósmicamente imposible.

De repente llegó el miércoles 16 de noviembre y yo estaba, sorprendentemente tranquilo. Los ensayos previos habían salido bien, todo marchaba en orden y no me puse nervioso sino hasta que ya tenía un micrófono en mano y al ingeniero de sonido diciéndome que probáramos todo. Fue justo en la prueba de sonido donde comprendí que, en tan sólo unas horas, regresaría a esa casa que había dejado dos años antes.

La prueba de sonido salió bien, con uno que otro percance clásico de este tipo de situaciones, pero en general bien. Regresamos a casa para que nuestros amigos de Violenta se encargaran del estilismo de la noche, una imagen un poco más sobria de lo que había manejado antes (y es que sinceramente alguien de mi edad cantando que “los hombres en tacones caminan y lo hacen muy bien” necesita algo que le otorgue un poquito más de credibilidad por parte del público).

De nuevo, e insisto, soy el chico más afortunado del planeta, pues, una vez más me encontraba rodeado de gente con talento, dispuesta a ayudar y a hacer su mejor trabajo.

El nervio y la temblorina que me caracterizaban en mis conciertos de años atrás habían, curiosamente, disminuido para cuando llegamos al sitio donde sería el concierto. Para cuando me tomé mi primer tequila, volví a sentirme Bowie.

Y así como los meses y los días pasaron a una velocidad casi cósmica, los minutos para que subiéramos a tocar fueron casi inexistentes. Chucho y yo tuvimos apenas oportunidad de platicar con Julie (es decir, Yelle) unos minutos en el backstage antes de subir a tocar. De hecho, la entrevista que tanto queríamos hacer para Masturbación Musical no pudo ser hecha porque ya teníamos que estar conectándonos.

Matías nos acompañó hasta el escenario: “Ahora…@Velvet_boy live act, tenemos la suerte de ver a este talento despues de 2 años de no tocar en Live Act!!! #YelleEnCholula”. Twitteó Matías justo antes de que subiera al escenario.

¿Cuántos eran? ¿500? ¿1000? ¿1500? ¿Más? ¿Menos? No sé, lo cierto es que de repente me encontré frente a una serie de caras desconocidas que, de seguro, cuando yo estaba haciendo mi primer concierto en 2003 ellos ya estaba durmiendo después de ver a Bob Esponja o similares en la televisión.

La música ya estaba sonando y era hora de demostrar por qué me habían llevado ahí, por qué nos habían dado la oportunidad de pararnos frente a tanta gente y ofrecerles nuestro show.

De repente, todos los miedos y las inseguridades comenzaron a caerse uno a uno. Velvet de repente se me salió del lugar donde lo tenía guardado y comenzó a rugir. Velvet gritaba y yo me encargara de que no se fuera alguna nota. Velvet quería saltar y yo lo contenía, para que no se le fuera el aire.

De repente las caras familiares comenzaron a surgir de entre el público: los viejos amigos y los nuevos. Y entonces me sentí otra vez en casa, en familia, como una especie de tío que de repente se ve rodeado de sobrinos nuevos. “Tal vez muchos de ustedes no estaban aquí hace cinco años, pero este sitio era muy diferente entonces. Y tal vez muchos de ustedes no sepan lo que ha costado llegar hasta aquí y el trabajo de cuánta gente ha sido necesario”, dije, concluyendo con un brindis por la vieja y nueva Cholula.

Para mi sorpresa, la gente bailaba y cantaba las canciones. Incluso aquellos  que cuando empecé a tocar años atrás estaban en edad de irse a la cama temprano. En verdad que no me la creía.

No sé si alguna vez he hablado por aquí de lo mágico que es estar arriba de un escenario provocando tantas cosas buenas en tanta gente. Pero si no lo he hecho créanme que realmente lo es.

Y así como el tiempo cósmico pasó, el concierto también. De repente me vi haciendo una reverencia de despedida para el público que nos había regalado 45 de sus minutos.

Una felicidad, de esa que lo reconcilia a uno consigo mismo y con el universo, me inundó y me ha llenado desde entonces. Felicidad que no sería posible sin el esfuerzo y la confianza de mucha gente, de todos los que estuvieron ahí: desde los que organizaron con el evento, los que fueron parte del proyecto, los viejos y los nuevos amigos, así como las personas del público que hicieron de esa, no sólo una noche increíble, sino el punto que me ha hecho decidir volver, regresar a ese punto que había dejado hace unos años y volver a hacer esto que tanto disfruto.

Lo único que puedo decir es, en verdad, gracias, el miedo ya se ha ido. Nos veremos pronto.

A todos los que no pudieron ir, les dejo acá unas imágenes de esa noche, cortesía  de Roberto Partida y de Polo Torres.

La inspiración de las 2:30 de la mañana

Desde que comencé a hacer música, hace ya diez años, tengo una pésima tradición: pese a tener la mayor de las productividades durante el día es inevitable que, cuando me siento a hacer música, me llegue la inspiración de las 2:30 de la mañana.

Es terrible. Podría pensarse que para un preparatoriano y, posteriormente un universitario, sería terrible tener la inspiración a esa hora, ya que hay trabajos que entregar, horarios que cumplir. Y podría creerse que al ser un blogger freelance se tiene el tiempo del mundo para hacer esas cosas. Pero llega una hora, al final y al comienzo del día, sí, las 2:30 de la mañana, en la que te das cuenta que esa inspiración encontraba un lugar más fácil en tu vida hace diez años y no ahora, que hay que pagar la renta, ver que el refrigerador esté lleno y que el universo esté en orden (¿A qué hora nos dieron las llaves de todo eso?).

Y es que a pesar de no tener que entregar nada en específico mañana, hay muchas cosas que hacer y, sobre todo mucho de lo que ocuparse. Y es justo en ese momento en el que me gustaría ver dónde entra la inspiración de las 2 de la mañana. Vamos, ni siquiera sé si mi cerebro esté funcionando como debería o, si en realidad, estoy haciendo algo muy bueno o sólo perdiendo el tiempo. Lo único que sé es que llevo todo el día sumergido en tantas otras cosas, que es bueno de repente recordar esta hora de la madrugada en la que puedo sentarme a, simplemente, hacer música.

Y sí, me estresa de sobremanera que mañana no pueda levantarme temprano para hacer todo, todo lo que hay que hacer. Pero, para serles sincero, no podía dormir con todo lo que tenía en la cabeza, simplemente no podía.

Así que con los achaques del cuarto de siglo volví a levantarme de la cama y a checar una pieza que tenemos en progreso. Y que, si queda como debe quedar, haremos que el piso tiemble.

Y es que la inspiración de las dos de la mañana no es lo mismo a los 15 que a los 25, pero, afortunadamente, yo tampoco soy el mismo. Creo también que, en el fondo, esa inspiración ha elegido esta hora porque es muy cabrona: sabe que absolutamente ningún otro pendiente del día puede molestarla.

Tan cabrona es, que en estos diez años nadie ha podido tocarla y siempre llega cuando más la necesito.

La gente buena

Hoy tocó hablar con Natalia, que como buena amiga a distancia, es parte de mi inevitable comunicación intermitente. En algún punto de la conversación surgió el tema de la “Gente buena”. No entraré en mucho detalle respecto a este punto, porque me caigo de sueño, pero éste es justo un pensamiento que he traído en las últimas semanas en mente.

¿Quién es la gente buena? ¿Existen? ¿Están escondidos en algún lado? ¿Tienen algo de especiales? No pienso caer en el maniqueo juicio de que hay gente buena y mala. Es estúpido pensar que las personas somos tan absolutas.

Por lo mismo, creo que la gente buena somos todos. Siempre hacemos algo o queremos hacer algo por los nuestros. Y la verdad no es tan complicado: es simplemente ver las cosas como son, y hacerlo, que hay mucha gente detrás haciendo algo por nosotros.

Y es justo también por eso que a veces no entiendo al mundo. A veces no entiendo cómo hay gente que, vamos, sé que es buena, pero se aparecen con una ganas de joder al prójimo inexplicables. Muchas veces me gustaría detener a esa gente y preguntarle “¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿Para qué chingados te sirve?”. Pero claro, no siempre se puede hablar, no siempre nos quieren escuchar.

En realidad no es tan complicado procurar hacer las cosas bien, pero parece ser que hay mucha pereza por parte de muchos. Y no sólo eso, hay demasiado miedo, resentimiento y dolor en mucha gente que, encuentra como única salida, joder al prójimo.

A todas esas personas sólo puedo decirles: créanme, eso no funciona. Y aprovechando que están aquí, me gustaría pararlos y preguntarles: ¿Se dan cuenta de lo que están haciendo? ¿Les sirve de algo?

La época dorada

Todos los días abro mi explorador, veo esta página y pienso: “hoy por la noche voy a escribir” y, bueno, creo que la fecha de la entrada anterior es suficiente para ver cuántas noches he dicho eso. Y es que siempre llega la noche y lo único que quiero hacer es despejar el cerebro, dormir, no quiero hablar sobre mí.

De hecho, conforme los años han pasado, esas ganas de hablar de mí, de contarle al mundo acerca de cómo lo veo, han ido disminuyendo. Son muchos factores los que me hacen querer hablar cada vez menos de mí y de cómo veo el mundo (razón para la que, creo, se hicieron este tipo de blogs), pero sin duda uno de los principales motivos es que para cuando llega la noche he hecho tantas cosas ya, que lo que menos quiero es estar frente a la pantalla de una computadora.

Creo que 12 horas de estar procesando, escribiendo y editando información para tres blogs es suficiente como para querer escribir en un cuarto. Sin embargo, ésta es la razón más fácil, la más práctica.

Lo cierto es que conforme pasa el tiempo me cuestiono qué tan necesaria es mi opinión en el mundo, aquí, al alcance de todos, habiendo opiniones, perspectivas o mundos que creo vale más la pena seguir ¿Será que Los días intensos han acabado? Por supuesto que no, el último día intenso será definitivamente el último día de mi vida. Pero como todo, las cosas cambian, y evidentemente ya no soy el mismo que a los 21 sentía la imperiosa necesidad de compartir absolutamente todo lo que trae dentro con el resto del mundo.

Ahora me gusta reservarme eso o ciertas cosas para algunos. Supongo que eso pasa también cuando uno gusta de analizar las redes sociales: te das cuenta de los grados de sobreexposición a los que nos sometemos, y te quieres guardar un trozo o varios de ti para alguien o para algunos.

Sin embargo, y a pesar de lo anterior, no hay día que no abra mi portal y vea esta página, esperando que le cuente algo. Muchas veces no lo hago porque creo que -y sobre todo tras poco más de un año como editor- no todo merece ser publicado, no todo merece ser dicho por aquí. Pero no puedo evitar toparme con esto.

Se requirió del impulso de un viejo amigo para que me animara a escribir hoy aquí. La semana pasada me visitó mi amigo Guillermo, posiblemente, el amigo más antiguo con el que mantengo una auténtica relación.

Guillermo me conoce desde la secundaria, y es actualmente la única voz que puede hablar de mí en esa época, del yo de ese entonces, incluso, mejor que yo mismo. Con Guillermo, como con todos los amigos a distancia, mantengo una comunicación intermitente, que no deficiente. El ajetreo diario, los trabajos, los amigos y parejas locales nos hacen que nos escribamos de vez en cuando. A veces pueden ser meses sin saber del otro.

Lo curioso es que aunque pasen meses, o como en este caso, tres años desde la última vez que nos vimos, hay algo ahí que se mantiene y que hace que retomemos la conversación en el punto en el que la dejamos. De hecho, Guillermo, junto con muchos amigos que están a la distancia me pasa lo mismo que con este espacio: casi diario los pienso, los veo y me prometo que en la noche les voy a escribir. Pero entonces llega la noche y de repente ya estoy exhausto.

Normalmente esta circunstancia me preocuparía bastante, pero ahora comprendo que es parte de eso que llaman volverse adulto. Y es que si antes tenía tiempo para sentarme a leer a Clarice Lispector ahora necesito ese tiempo para hacer cuentas o par contar el número de visitas que tuvimos y esforzarme por sacar mis proyectos adelante.

Pongo como ejemplo a Clarice porque hoy me ocurrió algo muy interesante: encontré mi libreta universitaria de cuando llevé aquella genial clase de Narrativa Femenina, que por cierto, por sorprendente que parezca, no era el único hombre en aquel curso. El punto es que encontré esa libreta de apuntes que me hizo recordar una vieja costumbre: antes, cuando leía un libro, solía anotar en el diario en turno (porque eso sí, siempre he procurado llevar uno) las citas que más me gustaban de ese libro para hacer eso que Chucho dice que tanto me gusta hacer de creerme que mi vida es como una película.

Ahí estaban, las citas de Clarice congeladas en el tiempo, justo como las conversaciones pasadas con Guillermo. Ambas, palabras vitales en algún momento de mi vida y que por una razón u otra decidí conservar.

Al igual que con los amigos a distancia mantengo ahora una relación intermitente con la literatura, con escribir o con simplemente escuchar música por placer: ya no lo hago tan seguido como antes, pero sé que cada vez que vuelvo, las cosas importantes ahí están.

Y es que si algo aprendí con la más reciente visita de Guillermo, es que podremos cambiar mucho, pero siempre hay una parte de nosotros que se mantiene y que, como las especies fuertes de la naturaleza, se adapta a su entorno para sobrevivir.

Tal vez ya no escribá aquellos kilométricos posts narrando hasta el último detalle de mi vida -afortunadamente-; pero las ganas de escribir aquí siguen y aquí están.

Junto con toda esta cuestión Guillermo-Clarice Lispecto, cabría agregar un tercer elemento que me hizo llegar a esta conclusión. El sábado pasado fui al cine con Ricardo y Abel a ver, por fin, Midnight in Paris, de Woody Allen. Por mucho que ame a Woody, la verdad es que salí un tanto molesto del cine al verlo repetirse tanto a sí mismo, casi hasta el hartazgo, y al caricaturizar y crear personajes tan unidimensionales.

Habría salido furioso del cine de no ser porque Woody consiguió salirse con la suya y a pesar de haber hecho un comercial de casi dos horas para la Cámara de Turismo de Francia y hacer una caricatura de sus más grandes influencias, consiguió dejarme pensando una cosa, que es, precisamente, el tema principal de la película: sea cual sea nuestro presente, siempre extrañaremos el pasado, una era dorada. O al menos, eso es lo que ocurre con todos los personajes del filme.

Curioso que haya visto esta película a los pocos días de la visita de Guillermo y poco antes de mi reencuentro casual con Clarice ¿Fueron mis días de secundaria, preparatoria o los de universidad mis días dorados? Por supuesto, pero a pesar de no tener tiempo para mi comunicación intermitente con mis afectos, a pesar del cansancio, las cuentas o el darme cuenta, ahora sí, del paso del tiempo, siento a ésta como otra época dorada que no cambiaría por nada.

De hecho, creo que ni siquiera en esos “días dorados” disfrutaba tanto el aquí y ahora como lo hago hoy.

Posiblemente ya no tenga tantas anécdotas intensas como para tener que compartirlas todas por aquí (o tal vez sí, no sé), pero me fascina lo que tengo en mis manos ahora, porque lo más importante, es que ahora sé lo que tengo.

Afortunadamente siempre habrá gente como Guillermo, libretas perdidas o reflexiones repentinas, que nos ayuden a ver quiénes fuimos y quiénes somos ahora. Esos pequeños portales que nos recuerdan lo que somos.

Afortunadamente, siempre estará este espacio como prueba de la evolución de uno y cada uno de los días intensos.

Y afortunadamente, hay viejos hábitos que no se quitan, que por muy sintético que intente ser, acabé haciendo uno de mis clásicos posts kilométricos. Los días intensos siempre son hoy.

Este post es en realidad sólo para hacerles saber que ando leyendo a Thomas Pynchon, aunque Pynchon es absolutamente irrelevante en este post

Con este domingo que se cierra termina una de esas semanas que tanta falta me hacían: de viaje, en cuatro ciudades distintas en un periodo corto. Y es que yo fui hecho para estar en el camino, de arriba para abajo, visitando a mi gente y conociendo a gente nueva.

Mi viaje comenzó, podría decirse, desde el sábado pasado que tuve una de esas inusuales y necesarias reuniones familiares. A pesar de que no suelo ver a mi familia con la frecuencia con la que otros acostumbran, para mí siempre es necesario ver que hay cachitos de mi sangre o de mi identidad corriendo de forma aleatoria por el cuerpo de alguien más. Y más aún se vuelve necesario ver que hay gente con la que comparto una parte de mí que a veces se me olvida que tengo. Esa parte se llama pasado.

Creo que han sido las distintas circunstancias de la vida las que, de alguna forma u otra, me han hecho dejar atrás muchas cosas y encontrar el cariño o el afecto en nuevos lugares y nuevas personas. Por eso es bueno, de vez en vez, juntarse con un grupo de personas que son tan familiares como desconocidas y reconocer esos trozos tuyos que habías olvidado en otros. O mejor aún, descubrir nuevas conexiones.

Al día siguiente, el domingo, volví a mi pueblo. Ese que nunca me abandona y en el que, afortunadamente, las cosas no cambian. Viviendo en una ciudad como el DF, es terriblemente desgastante ver cómo todo se desvanece y se vuelve a formar en otra cosa. Es necesario, sí, pero desgastante. Por eso aunque juré jamás volver a vivir en las ciudades que he dejado atrás, me gusta volver a ellas y encontrar las cosas en el lugar en el lugar en el que las había dejado.

Volví, porque la burocracia y los trámites me obligaron a regresar al sitio al que nací y en el que mi nombre se convirtió en algo oficial. Y volví, la verdad, porque extrañaba ver a mis padres y mi abuela, que tenía poco más de dos meses sin ver, y que son necesarios, para recordar quién soy y de dónde vengo.

Pero en este viaje, no sólo me reencontré con todo lo que había dejado antes ahí, sino que descubrí que mi nueva vida no encaja precisamente con la anterior, o con las anteriores. A pesar de haber ido a donde está mi gente, no pude convivir del todo con ellos porque, el nuevo yo, el yo de ahora, necesita sentarse más de ocho horas a trabajar en mil y un cosas que, lamentablemente, no pueden compaginar con el café de las mañanas con mi abuela o no me permiten ir al cine del todo tranquilo con mis padres.

Es triste, sí, pero también es necesario.

Luego, el jueves, vine a Puebla a hacer las cosas que vengo a hacer a Puebla de un tiempo para acá: tocar y vivir está nueva vida, completamente distinta a cualquier cosa que haya tenido antes. Para estas alturas de la semana estaba bastante cansado de tantas horas en carretera y de tanto desvelo tratando de hacer que las más de ocho horas que siento mi culo frente a esta computadora den un buen resultado.

Puedo decir que fue un fin de semana agotador. Tocamos dos noches seguidas y la tercera tuve que confrontar el hecho de que ya no soy el mismo de antes, que no sé organizar mi tiempo y que, sí, aún tengo amigos a los que a veces puedo herir, sin darme cuenta.

Todo esto nos lleva a la conclusión del fin de semana, una de éstas que tenía rato que no hacía y que no estoy del todo seguro cuál sea. Al menos, tengo claras tres cosas: 1) Amo viajar y amo estar en el camino; 2) Tengo, definitivamente, que aprender a organizar aún mejor mi tiempo y 3) En verdad hay gente muy pendeja y con ganas de joder ahí afuera.

Sí, nada de esto es nuevo, pero es necesario tenerlo en mente.

Ah, y 4) tengo que aprender a ser más conciso en estos malditos posts, que siempre me propongo hacerlos lo suficientemente sintetizados y termino haciendo cosas como éstas.

Es tarde, sólo quería escribir, no tengo realmente nada importante qué decir ahora, no quiero dormirme tarde, tengo que poner a la quinceañera que vive adentro de mí al día y -sí señor- actualizarme en True Blood, e informarle a la humanidad que ando leyendo a Thomas Pynchon.

Ah, cierto, y también agradecerte por la cinematográfica plática de las seis de la mañana.

Se vienen cosas buenas, ya lo verán. Por ahora, estoy en casa.

Al final del día

Hay muchas razones, día a día, a cada hora (más cuando trabajas con información) y en cada persona que me hacen llegar a una inevitable conclusión: el mundo en verdad está jodido.

Lo está, basta voltear para afuera y para adentro para darse cuenta. No paro de pensar que posiblemente el mundo estaría mejor si no le metiéramos nosotros tanta mierda, ya saben, su orden natural. Dejémoslo correr en paz, que haga sus cosas. La naturaleza parecía no tener quejas hasta que llegamos nosotros.

Y luego nosotros…día a día me topo con gente tirándole mierda a otra gente, tratando simplemente de incomodar, de molestar…ganas de chingar, pues. Lo veo en todos lados, desde los desconocidos, pasando por mis amigos, está en mi familia, y evidentemente también está en mí. Porque no, yo no creo como mi querido Michael Jackson que podamos heal the world y tomarnos de las manos y todo el we are the world, we are the people. Tanto yo como los personajes que mencioné antes tienen suficiente material para demostrarme que eso no es posible.

Sin embargo, también creo que  a veces jodemos de más y nos complicamos las cosas. I’m no fucking buddhist, diría Björk, y yo le contestaría hell yeah! sister. Y es que no sé ustedes, pero no es fácil lidiar con la mierda del mundo y de los otros todos los días, más cuando cargamos con la propia; pero no puedo dejar de pensar que todo mundo tendrá, tendremos, nuestros motivos por andar intentando llenarle de mierda la existencia al prójimo.

No sé cuál sea el método que ustedes usen para sobrevivir al día a día, al cruel cruel world to face on your own que cantan los Gossip, pero a mí hay una idea en particular que me sirve, me ayuda a poner las cosas en perspectiva y a vernos a todos en el mismo nivel: al final del día.

Ésta es una expresión que uso muchísimo. Cualquiera que hable regularmente conmigo se dará cuenta que así es, y es que esa frase suele venir acompañada de otra: Al final del día ¿Qué es lo que realmente importa?

Cuando usted, querido lector, que repasa estas líneas, acaba su día y se acuesta a dormir, cuando estás en tu hora más vulnerable, cuando nadie te está observando y cuando no estamos armados ¿Qué es lo que realmente importa?

Y es que, tal vez en un enorme acto de ingenuidad, creo que al final del día lo único que nos importa a todos es lo mismo. Ni siquiera voy a mencionarlo, porque si no eres capaz de decirlo por ti mismo entonces hay dos opciones: o estás buscando en los lugares equivocados o yo estoy equivocado.

Conozco a mucha gente allá afuera que no es capaz de preguntárselo, conozco a gente que no es capaz de admitirlo y sé que hay muchos más que aparentarán que no importa. Pero la verdad es que a todos hay algo que nos importa al final del día.

Estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, sólo hay una cosa que importa al final del día, y cuando llegue esa hora, probablemente nos demos cuenta de que toda la mierda y las complicaciones no son necesarias.

Si no son capaces de darse cuenta de esto, lo siento por ustedes. Porque ante la negativa de darse cuenta de las cosas que verdaderamente importan sólo pueden venir la tristeza, la lástima y, más importante aún, la compasión. Las dos primeras no se las deseo a nadie, la tercera es más importante y es algo que, aunque yo no sea fucking buddhist deberíamos practicar más.

Revolcarse en la mierda no ayuda mucho la verdad, no es sano y ni siquiera es productivo. Comprender al otro, eso sí es un ejercicio cabrón y no cualquiera lo puede hacer. Claro, es mucho más fácil la primera, y por ende, la salida de mucha gente que conozco. Desde hace tiempo los he visto, tratando de rasgar de una manera u otra la realidad de la gente que los rodea, de sí mismos, de mi gente e incluso la mía. Desde hace tiempo quería decir esto. Y de toda esa gente me pongo a pensar: al final del día ¿Qué es lo que les importa? ¿Realmente? No shit here ¿Qué es lo que les importa?

Insisto, si son capaces de contestarlo entonces vamos por buen camino. Si no…pues bien, ya cada quien decidirá.

Y aquí es ese momento del día donde recuerdo a Valentine, el personaje de Iréne Jacob en Rouge, uno de los personajes y una de mis películas favoritas. Hay una escena en la que el juez le pregunta a Valentine, tras descubrir que él espía la vida de sus vecinos, si no le provoca asco, por lo que hace. Y ella dice que no, que por él sólo puede sentir pitié. La traducción más cercana sería compasión, pero no estoy del todo seguro que sea la más adecuada.

Porque intuyo que ahí va incluido algo de lástima y algo de tristeza, como mencionaba hace unos párrafos.

Lamento decirle a toda la gente que gusta de joder al prójimo que justo eso es lo único que puedo sentir por ellos: pitié. Y justo por eso hago esto. Si están leyendo esto, es porque siguieron las migajas y llegaron hasta aquí, uno de mis clásicos experimentos. Si no llegaron acá, es porque probablemente no les interese.

Si llegaron hasta aquí es porque hay algo en todos estos párrafos que les importa, algo que les hizo ruido. Si llegaron hasta aquí lo único que me importa es que se pregunten: Al final del día ¿Qué es lo que realmente importa?

Si se dan cuenta hay mucho espacio para comentarios, piénsenlo y, si desean, escríbanlo. Lo recomiendo, porque estoy seguro de que si muchos lo escriben se darán cuenta de que al final del día lo que realmente nos importa es lo mismo.

Espero sus respuestas.