Posted in mayo 2008

Elipsis

Another breakfast with you #10
Elipsis
Playlist: Clint Mansell & Kronos Quartet – The last man; Zbigniew Presnier – Flute (Reprise); The Overlanders – Michelle; Vania Borges feat. Quincy Jones – Ai no corrida; Morrisey – I like you; His name is alive – Across the street; Alaska & Los Pegamoides – No sé por qué; Róisín Murphy – Off on it; Gustavo Cerati – Altar; Hugh Masekela – The boys doin’ it (Carl Craig Remix); Primal Scream – Damaged; The Doors – Love her madly; David Bowie – Queen Bitch; The Sounds – Hurt you; Garbage – Right between the eyes; Maria Daniela & su sonido lasser – Tu sombra; David Bowie – Drive in Saturday; Bach – II Adagio; Gustavo Cerati – Tu locura; Mastretta feat. Rubí – La verdad; Feist – Tout doucement; Nancy Wilson – Moon river; Gogol Bordello – Suddenly…(I Miss Carpaty); The Beatles – Helter Skelter; Goldfrapp – Happiness; Paul McCartney – English Tea; Coldplay – The scientist; Gepe – Esgrima; Beth Orton – Central reservation; Shawn Monteiro – Where do you start?; The Cranberries – Do you know?; The Shins – Saint Simon; Alanis Morisette – Ironic; Everything but the girl – Hatfield 1980; Clint Mansell & Kronos Quartet – Together we will live forever; Madredeus – O paraiso.

La luz atravesaba el cielo nublado y se filtraba a través de los árboles. Tras pasar íntima por entre las hojas, rebotaba con el lago esmeralda y acariciaba mi rostro. Cerré los ojos. De repente tuve una sensación extraña, como si lloviese a la inversa, de abajo hacia arriba, como si todo a mi alrededor flotase. Y todo era verde. Un par de gansos que jugaban en el agua, aletearon y salpicaron el rectángulo lleno de agua verde azulosa, las ondas que se formaron ahí, parecían ser el reflejo de lo que estaba pasando dentro de mí. Ultrasonidos de alguna olvidada parte de mi interior salían y detenían el tiempo, decían cosas, cosas que olvidé. Y todo seguía siendo verde.

Descubrí entonces que estaba viviendo una imagen mil veces soñada. Sí, era eso: la felicidad, el paraíso perdido. Ahí estaban: con la filtrada luz esmeralda llenando todo, con el agua de aquel extraño color, la lluvia inversa, el ganso aleteando, con el mundo detenido.
La gente pasaba al lado del parque, pero no por el parque. Era extraño. Las puertas del paraíso perdido, aquel que todos buscamos, se habían abierto por tan sólo unos minutos y nadie parecía notarlo. Tan sólo una anciana que en una banca frente a la mía, al otro lado del lago artificial, revisaba la basura que había recolectado.
Nos vimos por un instante. Me sonrió. Me quedé en mi banca por unos minutos más y concluí que guardaría esa imagen para siempre, que no la soltaría nunca, que la tatuaría en alguna memoria y que me metería en ella cada vez que el mundo se oscureciera.
Llevaba una playera negra, mis inseparables jeans y mi viejo sacó gris. Saqué mi libreta para escribir algo, pero nada salió.
Era una tarde de lunes y el mundo se detuvo por diez minutos. Pero esos diez minutos pudieron haber sido la vida entera.
Absolutamente nadie más en el universo, mas que la anciana de la banca contraria a la mía pudo ver lo que en ese momento ocurrió. La Libromancia no había mentido (o como un lector comentó, las Sortes). Julio me había dicho que yo era de esos que vivía buscando el paraíso perdido y no se equivocó. A Allain no dejó de salirle el capítulo 85 de Rayuela.
Así como yo me grabé esta imagen, le pido al lector que la mantenga también, pues esta historia no comienza aquí. Ésta es, como en “Lucía y el sexo”, una historia llena de ventajas, en la que, a la mitad del cuento, hay un agujero por el cual se puede escapar y entonces…whooooosh…volvemos al principio de la historia. Y ésta, es tan solo la mitad de este cuento.
Sábado 26 de abril. El calor, los finales y las tensiones en el trabajo me traían hecho una revoltura absoluta. Me había negado rotundamente a ir a uno de los tantos eventos que habría ese sábado: el Chac Mool Fest. No tenía dinero y los precios de los boletos eran ciertamente inalcanzables para la cantidad en mi cartera.
El Chac Mool Fest fue un concierto de esos que duran dos días. Entre los que tocarían habían varios que ya he visto, por lo que en verdad, no me resultaba en lo más mínimo atractivo el hecho de tener que desplazarme (sabe Dios como) hasta el Africam Safari. Sin embargo, unos días antes me enteré que María Daniela y su sonido lasser estarían ahí. Fue entonces cuando comencé a dudar.
- ¿A qué hora llegas a Puebla?- le pregunté en el celular a Maria Daniela mientras yo iba a Profética y ella, al parecer, se apresuraba a su camioneta, pues iba tarde.
- Entre una y dos de la tarde, pero debería estar con todos en la camioneta a las…¡Hace media hora!.- sí, iba tarde.
- ¿Crees que podamos vernos para comer o piensan quedarse?
- ¿Qué no vas a ir?
- Pues la verdad no creo…los boletos están muy caros y me queda muy lejos…
- Mira, tú ve y nosotros nos encargamos.
- ¿A qué hora tocas?
- A las cinco de la tarde.
Las palabras de Maria Daniela fueron suficientes. A las 5 de la tarde me encontraba en una camioneta con Dave y una chica que trabajaba para una página web de sociales y eventos. Ellos tenían pase de prensa, yo sólo el “Mira, tú ve y nosotros nos encargamos” de Maria Daniela. Mientras más nos acercábamos al venue no sabía cuál de los dos sería el más efectivo.
- ¿Conocen a los que tocan?- preguntó en el camino la chica de la página web.
- Sí, a la mayoría.- contestamos al unísono Dave y yo.- ¿Tú?- le preguntamos, igual, casi al unísono.
- Pues no, casi no conozco a nadie. Sólo al Instituto Mexicano del Sonido y a la Maria Daniela esa.
- ¿Qué no te gusta su música?.- le pregunté con una ironía contenida.
- ¡Ay!, ¡Es que no sé!, ¡Me desespera!, ¿Ustedes vienen a ver a alguien en específico?
- Sí.- contestamos de nuevo al unísono, ya que Dave también vería a los de Kill Aniston, amigos suyos. Y soltamos una enorme carcajada, bastante irónica también.
Tras minutos de caminar por terracería y polvo llegamos a una especie de puesto de control. Parecía que revisarían si éramos narcos o traíamos un cargamento de cocaína.
- Boletos.
Dijo una amable chica en el puesto del control.
- Él y yo venimos de prensa- dijo la chica de la página web señalándose a sí misma y a Dave.
Fue entonces cuando la amable muchacha del puesto de control giró sus ojos hacia mí y volvió a exigir amablemente:
- Boletos.
- No tengo boleto. Pero no sé si esté en lista o no.
Mientras la amable chica buscaba un “Velvet boy” entre sus hojas, a Dave y a la chica de la página web les daban unos pases con la enorme leyenda de prensa. Fue entonces cuando comencé a dudar si la palabra de Maria Daniela tendría más peso que
un pase de prensa.
- Pues no, no tengo ningún “Velvet boy” en lista.
- ¿No hay manera de hablarle a Maria Daniela? – para mi mala suerte, casi medio kilómetro de terracería nos separaba y ni el teléfono de ella ni el de Emilio tenían crédito, por lo que si llegaba a comunicarme con ellos sería sólo por el walkie talkie del equipo del Chac Mool Fest o por señales de humo. Cuando la chica de prensa vio que mencionaba a Maria Daniela sus ojos se abrieron de más y se enrojeció.
- No, lo siento. Los artistas están en otra área y no creo que los podamos contactar.
Justo cuando estaba a punto de resignarme, un hombre lo suficientemente gordo como para portar un gafete de un color mucho más superior que el de la amable chica pasó por ahí. Ella le explicó que no me encontraba en lista y que, según yo, Maria Daniela me había invitado. El gordo con el gafete de color superior estuvo a punto de bufar pensando que era un fan más usando la escusa más estúpida para intentar entrar.
- Si no se pueden poner en contacto con ella pueden llamarle a Emilio o a Gonzalo, su manager, y decirles que Velvet está aquí.- el gordo superior alzó sus cejas y cogió su walkie talkie.
- Producción, talento, producción, talento…- comenzó a repetir a través de su aparato transmisor.- dame unos minutitos, ahorita vemos qué se puede hacer.- me dijo con una amabilidad inusitada para los organizadores de eventos de esta especie. Generalmente la actitud de éstos suele estar tan distraída por la neurosis de la logística, que no se fijan en nimiedades como ésta. – ¿Sí?, Tenemos aquí a Velvet boy…sí…- me hacía gestos con la mano diciendo que esperara. Se alejó y con él, mi esperanza de entrar.
Veía la imagen claramente: gordo superior se acercaría a mí diciendo que no, que nadie le había dicho nada y que según mis aludidos, no conocían a ningún “Velvet”. Comencé a buscar formas de regresar hasta Puebla con el poco dinero que tenía. Comencé a sentirme mal. ¿Por qué había venido hasta acá? Me hubiera quedado en casa haciendo tarea (que ya tenía mucha con los finales) o descansando (que también, me hacía mucha falta). ¿Por qué venir a exponerme y hacer el ridículo hasta acá? Mientras yo me encontraba hundido en esta serie de pensamientos recalcitrantes, no me había dado cuenta de que “gordo superior” se encontraba enfrente de mí.
- Toma. Con éste gafete podrás pasar al backstage y ver a tus amigos, tienes acceso a la zona VIP y al catering. Adelante.- de nuevo, la inusitada amabilidad.
- Gracias- dijo una sincera sonrisa salida de los labios.
Fue en ese momento que volteé al cielo y le agradecí a Dios el haberme nacido (y no, esta conjugación no es errónea, posteriormente la explicaré en un post) rocker.
- ¿Tienes acceso a backstage?- preguntó la chica de prensa.- ¿Crees que nos podrías ayudar? Al parecer, nosotros no tenemos.
Recordé entonces las palabras de Maria Daniela.
- Tú ven y yo me encargo del resto.- le dije, concluyendo que en definitiva, la palabra de Maria Daniela tenía más peso que un pase de prensa.
Tras lo que para mí fueron kilómetros y kilómetros de polvo y terracería llegamos a las instalaciones del famoso Chac Mool Fest. A estas alturas y tras tanto caminar parecía ya una especie de Meca a la que llevábamos toda la vida queriendo llegar. Gonchis (Gonzalo) fue el primero que vi y saludé, platicamos un rato.
- ¡Esa la Lasser!- le grité a una pelirroja sentada en un sillón.
- ¡Hey!- era Maria Daniela, pelirroja de nuevo y más delgada que nunca. Nos dimos un gran beso y abrazo y me presentaron al resto de la comitiva.
- ¡Ese el Lasser!- saludé a Emilio.
Originalmente, tenían que tocar a las cinco de la tarde, pero, por motivos de logística, su presentación se atrasó a las 11:45 pm. Así que teníamos 6 horas para convivir, platicar, comer, beber y chismear. Platiqué con Gonzalo durante un muy buen rato acerca de posibles proyectos y fechas, platiqué con Emilio otro muy buen rato acerca de proyectos y cosas muy, muy interesantes y chismeé con Maria Daniela de otras tantas. Para las 9 de la noche nos encontrábamos todos francamente ebrios.
Yle, una sensacional amiga de la Lasser que estaba de visita en México por un tiempo y que hace unos diseños increíbles resultó una muy agradable compañera de “tiempo de espera para tocar”. Es una sensación muy particular la de esperar para tocar, es como estar en un aeropuerto esperando tu vuelo: sabes que viene algo grande y sabes que, lo único que puedes hacer en el tiempo ocurrido entre el gran evento y ese instante, es esperar. Así que se tienen que desarrollar interesantes actividades, como versionar en flamenco canciones de Maria Daniela. Esperemos que algún día salga a la luz ese vídeo que nos tomó a Yle y a mí cantando “Pobre estúpida” en versión flamenco.
Llegó la hora del concierto y por fin, la Lasser subió al escenario. Por alguna extraña razón, toda la música se oía sólo dentro del escenario y lo que le llegaba al público era el rebote del sonido de dentro del escenario. A pesar de eso, los chicos dieron lo mejor de sí y trataron de que los nervios no les ganaran. Afortunadamente para mí, cantaron mi canción favorita del último disco: “Tu sombra”. En ese momento fue inevitable que me pusiera a pensar en la situación que se había dado el fin de semana anterior. Y sí, en pleno concierto de Maria Daniela tuve un insight.
En “Bleu”, primera parte de la famosa trilogía de Krzysztof Kieslowski, Julie, la protagonista y personaje de Juliette Binoche es la esposa de un famoso compositor. Un día, tras un accidente, Julie lo pierde todo y se encierra a sí misma en un autodestructivo ciclo. Su esposo, era el encargado en componer el Himno de la Unificación Europea. Julie quiere deshacerse de todo, quiere olvidar su pasado, sin embargo, a lo largo del filme tiene una serie de insights y momentos que le indican que tiene que acabar ese himno, no destruirlo. El filme habla en sí de la libertad personal.
Cada vez que Julie tiene uno de estos insights se escucha el sonido de la orquesta cortando la imagen y la pantalla se llena de luz azul. Es a través de estos instantes, segundos, milésimas quizás, que Julie se decide a finalizar la pieza. Para cuando por fin está trabajando en lo que será el himno, hay un momento magnífico en la película en el que su dedo pasa por las notas musicales escritas y ella va indicando que instrumentos entran o salen, y entonces lo escuchamos.
Para el lector ya ahondado en “Los días intensos” sabrá la importancia que este director, y su músico de cabecera, Zbigniew Presnier tienen para mí, para el que no, se lo hago saber.
Es así como, en el soundtrack, las piezas que Presnier creó para los momentos en los que Julie tiene sus insights son llamadas “Ellipsis”. Según la RAE, la palabra “elipsis” viene del latín y quiere decir falta. En gramática, es una “Figura de
construcción, que consiste en omitir en la oración una o más palabras, necesarias para la recta construcción gramatical, pero no para que resulte claro el sentido”. Y esto es lo que hace Kieslowski, quita un pedazo de imagen, unas tomas, unas palabras, pero le da más sentido a la historia. De hecho, la “Elipsis” es también una herramienta del lenguaje cinematográfico y es cuando se da una especie de salto en el tiempo con el empleo de unas cuantas imágenes. Como el oso de peluche que Amélie deja en el jardín y por el que pasan las cuatro estaciones.
Así como Julie, a partir del concierto, yo tendría mi propia serie de elipsis, momentos en los que de repente me perdería, sólo que no sé si en mi caso sería para encontrar algún sentido.
“El amor a veces duele y deja una herida”. Acabado todo emprendimos el camino de regreso a Puebla. Dave iba lo suficientemente ebrio como para portar un gafete de backstage. Caminando por entre la tierra y la noche, tuve una de estas elipsis.
Un grupo de buenos samaritanos que traían camioneta nos llevaron de vuelta a la entrada. En el camino, Dave le llamó a su chica, de quién está muy enamorado. Yo no sabía si llamar a alguien o no. ¿Tenía a quién llamar?, ¿Tenía que llamar?
- Tú sabes realmente cuando has encontrado a la persona, simplemente lo sientes. – me dijo en algún momento de la noche Maria Daniela.
Dejamos a la chica de prensa en su casa y posteriormente fuimos Dave y yo por unos tacos, en los que discutimos el sentido de la vida.
La semana siguiente estuve tan metido en mis trabajos finales que no tuve un solo instante para pensar en todo lo ocurrido los fines de semana pasados. No había tenido un solo minuto para pensar en el chico Jäg, en el chico Iron, en las palabras de Maria Daniela, en la plática del sentido de la vida a las 4 am con Dave. En nada.
A pesar de que se aproximaba el puente que iba del primero al cinco de mayo, no me relajaba mucho la idea. Pues ese puente, más que para descansar estaba destinado a trabajos finales. Debía de estudiar los primeros 29 artículos de la constitución (es decir, aprendérmelos), hacer el seguimiento de una noticia o evento durante una semana y analizarlo a profundidad, un ensayo, también a profundidad de “La insoportable levedad del ser”, una investigación acerca de la “Historia de la filosofía en México”, una campaña publicitaria para una Farmacia y tres spots sociales, que apoyasen una causa.
Afortunadamente (y extrañamente, que yo no suelo ser así de organizado) para el Día del trabajo, yo ya tenía avanzada gran parte de mis tareas. Este día era nuestra tradicional “Comida de los Jueves” con Rosa Elena y Gaviota. Yo me había levantado desde temprano para adelantar tareas
Mientras trataba de sacar el Siglo XIX en México, mi celular sonó. Era el chico Iron.
- Hola flaco, ¿Cómo estás?
El poco y mucho tiempo que teníamos de conocernos se reflejaba perfectamente en nuestras palabras. El hecho de que me dijese flaco mostraba una instantánea familiaridad, sin embargo, la manera de decirlo, no mostraba aún mucha seguridad.
Entre las cosas que me contó estaba el hecho de que había decidido que quería venir a Puebla el fin de semana.
- Creo que el cumpleaños de Rosa Elena es una gran oportunidad de entrar en tu mundo, ¿No?
- Por supuesto que lo es…pero no te van a dar permiso- dije riendo. Al parecer mi comentario no le había agradado del todo, sin embargo era la verdad. A pesar de haber salido del clóset con sus padres, éstos se mantenían aún muy cautelosos en cuanto a las acciones de su hijo y más aún, cuando tenían que ver con gente de su misma orientación sexual.
- Pues haré mi esfuerzo- me contestó con un aire de cierta molestia.
- Adelante. Yo también creo que el cumpleaños de Rosa Elena es una gran oportunidad de que entres a mi mundo.
Mi querida amiga, dejaría de estrenar década y lo celebraría con una cena el sábado en la que, en definitiva, se mezclarían varios mundos.
Más tarde ese día, mientras Rosa Elena y Gaviota ultimaban los detalles de la comida, yo me quedé en el jardín (que es donde comeríamos) acostado en el sillón. Por un momento, todo se quedó en silencio: dejé de oír el cotilleo de mis amigas en la cocina y observé fijamente el árbol que me cubría y el cielo. Algo, en esa imagen, me trajo una tranquilidad que llevaba semanas sin sentir. Era como si de repente se abriese un túnel de posibilidades. Cerré los ojos y dentro de mí, escuché la música de Presnier, que trataba de decirme algo.
Durante la comida tratamos los temas de la semana y descubrimos nuestra nueva fascinación: Patti Smith. Por la tarde llegaría Toño y haríamos algo en la noche.
Por la noche, y ya listo el cuarteto, nos preparábamos para ir al cine cuando recibí una llamada del furioso chico Iron:
- ¡Los odio!, ¡No me dieron permiso!
La situación había sido que, sus padres no le dieron permiso para ir a Puebla este fin de semana pues no conocían a “Arturo” de quien les había estado hablando durante las últimas semanas.
- Me dijeron que no me pueden dejar ir con alguien a quien no conocen, que ¿Quién es Arturo?, que no me dejaran ir hasta que te conozcan.
Le dije que tenían razón, que finalmente, era esa la decisión que cualquier padre responsable hubiera tomado, a pesar de que su retoño tuviese ya 21 años. Traté de ser lo más racional posible. Cuando colgué, la furia del chico Iron se me había contagiado, sobre todo por aquella pregunta que había estado rondando en mi cabeza y a la que ni siquiera yo tenía respuesta: “¿Quién es Arturo?”
Pasado el coraje, me di cuenta de una cosa que había dejado pasar durante la llamada: los padres del chico Iron querían conocerme. ¿Lo decía en serio?, ¿En realidad querían conocerme?, ¿Estaban seguros de que querían conocerme?
Iron volvió a llamarme más calmado y lo confirmé: lo decían en serio. Sus padres querían conocerme. Por algún extraño motivo y debido a mucha honestidad, les había dicho de su amigo que vivía en Puebla, que era gay, que tenía un blog y que hacía música. Rogué a todas las deidades que sus padres no hubieran leído ya este blog. Si lo habían hecho, entonces tenía garantizado que no volvería a ver al chico Iron por el resto de mis días.
Por lo que tenía entendido hasta el momento, a pesar la aceptación hacia su hijo, los padres de Iron eran bastante conservadores y debido a un evento acontecido en la tarde en casa de Rosa Elena, yo no estaba del todo contento con el, como diría Buñuel, “discreto encanto de la burguesía”.
Nos tomó varias cervezas y martinis para concluirlo: aceptaría la invitación. Si ese era el método para que de una vez por todas los padres del chico Iron le dejaran verme o le prohibieran rotundamente encontrarse conmigo, entonces aceptaría.
Me pregunté entonces si quería conocerlos: yo, un gay de 22 años que había vivido de más, que hablaba de más, que bebía de más (eso sí, siempre con estilo), que tenía un show flamante en el que cantaba canciones en las que decía cosas como “tú me quieres porque yo soy joto” y que publicaba mis intimidades en una página web. Ellos, una pareja madura, de clase acomodada, que trataban de aceptar con la mayor racionalidad posible la sexualidad de su hijo, conservadores y seguramente con mucho de ese “discreto encanto” del que hablaba Buñuel.
- Mira, ya en últimas, si todo sale mal, te vienes con nosotros- concluyó el siempre sabio Toño.
Esta misma discusión, sería retomada el sábado, en la cena de Rosa Elena, en la que muchos mundos se juntaron. El inesperado regreso a su vida de sus amigas Elsa y Elisa, a quiénes yo había conocido por los meses en los que conocí a Rosa Elena y no volví a ver, condimentaba a la fiesta con ese toque de revival; la visita de su amiga Ana Mary, quién vivía en DF y de quien me había hablado ya mucho y a quien le había hablado ya mucho de mí le daba un toque explosivo, ya que Ana Mary y yo resultábamos estar interconectados por otro lado (ella había trabajado durante años junto a una tía muy querida mía que vive en DF y al parecer, ella también la quería mucho); Capu le daba el toque de familiaridad, tanto gay como de nuestra amistad a la cena, y los primos y primas de Rosa Elena le dieron ese sello característico de mi amiga: la presencia vital de su familia.
A pesar de que yo ya estaba decidido, necesitaba la opinión de otros, ya fuera para confirmar mi decisión o por simple curiosidad. Elsa, Elisa, Ana Mary y Capu, todos apoyaron mi decisión. Rosa Elena la suscribió junto con su “tulipán-hot-dog”.
Así que, para la mañana del domingo me encontraba, de repente, en un autobús rumbo a DF. Allain se había encargado de mi outfit: una camisa morada, que demostrase cierta formalidad pero que no dejara de ser flamboyant, mis tradicionales jeans para tener algo muy mío y mi viejo saco gris, para resaltar el espíritu bohemio.
La espera ocurrida entre mi partida de Puebla y el encuentro con los padres del chico Iron fue como la espera antes de un concierto: sólo te queda esperar e improvisar una serie de actividades que te distraigan antes del gran evento.
Yo traía listas todas mis armas y había pensado todos los posibles escenarios. Finalmente, como decía Toño, si algo salía mal, me iba con ellos.
- ¿Ya llegaste?- me llamó el chico Iron a mi arribo como si me estuviera observando por una cámara.- Nosotros ya estamos aquí.- perfecto, iba tarde.
- Voy en camino.
Estaban en un restaurante en Polanco al que tardamos alrededor de 45 minutos en llegar, tras una breve escala en casa de los padres de Toño para que dejase mi equipaje y me diera una arreglada. Mientras más me acercaba al momento, justo como en un concierto, mi corazón latía más y más rápido. ¿Y sí se me iba la voz en el escenario?, ¿El público sería el correcto?, ¿Fallaría algún instrumento? La aparición del “Happiness” de Goldfrapp en la radio le dio un aire muy especial al momento.
How you get to the happiness? How you get to find love, real love?” me preguntaba Allison en la radio. “A buena persona le preguntas, bonita”, pensé. Los sintetizadores psicodélicos de la canción hacían que afuera del carro figuras de múltiples colores se movieran, era como estar en un viaje de LSD antes de la comida. Por un instante quise decirle a Toño que me dejara ahí e irme corriendo, pero ya habíamos llegado muy lejos y cuando decido algo, no hay nada que me haga dejarlo.
Respiré profundo y caminé hacia el restaurante italiano. A pesar de lo que fuera, no dejaría de ser yo, no dejaría de ser ni Arturo ni Velvet, nunca lo había dejado de hacer por nadie y no lo haría ahora. Apenas atravesar dos mesas en la terraza reconocí al padre del chico Iron: eran idénticos.
Muy a pesar de mis creencias, su padre era un hombre con un gesto amable y su madre una mujer bastante guapa y elegante con un gesto, también, amable. Y no, no era el “discreto encanto de la burguesía”, era simplemente encanto.
Saludé firme al señor y respetuoso a la señora. Me presenté, hablé acerca de dónde trabajaba y de las que eran mis actividades diarias, hablé de mi carrera, tanto universitaria como musical y les conté algunos de mis planes. Sin darme cuenta, no sólo les estaba respondiendo a ellos la pregunta de “¿Quién es Arturo?”, me la estaba respondiendo a mí también.
Aquello no fue sólo soportable, sino muy agradable. Apenas tuve la oportunidad de levantarme al baño, le llamé eufórico a Rosa Elena para contarle lo bien que iba todo. No sé como, acabamos hablando apasionadamente durante hora y media acerca de la hipermodernidad y otras cosas.
Para cuando acabó la comida, me había dado cuenta de que éste había sido un gran concierto, que se había logrado su cometido: había conectado con el público. Hubo un instante, antes de irnos, en el que el chico Iron se levantó al baño.
- Quiero agradecerles por esta comida- comencé diciéndole a los padres.- y por darse la oportunidad de conocer el mundo de su hijo. Considero que ese es un paso no sólo racional, sino de amor.- una extraña sinceridad se había posesionado de mí y hablaba a través de todo lo que estaba sintiendo en ese momento, continué- acepté esta invitación, no sólo para que me conocieran, sino que para que cuando su hijo les diga que sale o habla con Arturo, sepan quién es Arturo.
Y es que para ese instante, no sé como, yo tenía una idea más clara de quién era Arturo. Su padre, me miraba emotivamente, me tomó por el hombro y me dio unas palmadas de familiaridad que rompieron con un incierto hielo.
- Nosotros también queremos agradecerte a ti, Arturo, por permitirnos conocerte.
Usaba mi nombre. Qué importante sonó eso. Caminamos un rato con sus padres y nos despedimos. Teníamos la tarde (y la aprobación) sólo para nosotros. Una de las cosas que definitivamente haríamos, sería ir al cine, recordé el “Perfect day” de Lou Reed. Le pedí al chico Iron que pasáramos a una librería.
Ya ahí, compré dos cosas: la primera, “Los tiempos hipermodernos” de Gilles Lipovetsky, la segunda, mi libreta para canciones. No tenía una libreta digna para escribir canciones y ese fin de semana ameritaba una. Pedí que me envolvieran para regalo el libro.
- Dale esto a tus padres y diles que es en agradecimiento de mi parte. Que es la continuación a la plática que tuvimos y que quizás con esto puedan ponerle nombre a muchas de las inquietudes que tienen y que no sabían como nombrar.
Fuimos a un café y posteriormente al cine. Por la noche vimos a Abel y Ricardo, les presenté al chico Iron y tomamos una botella de vino. El chico Iron había quedado de cenar
con su padre así que no quise interferir con lo ya ganado, por lo que me quedé con Abel y Ricardo.
Tras un rato con mis amigos, fui al encuentro con Toño y Gaviota.
Aquella noche, antes de dormir tomé mi cuaderno de canciones y escribí en la primera hoja, a manera de título una de las dos frases que el nuevo disco de Ladytron me dio: “My Little runaway”. Sí, ese cuaderno sería mi pequeño fugitivo a todo mal interior.
A la mañana siguiente el chico Iron me esperaba en la misma cafebrería donde había comprado “Los Tiempos Hipermodernos” la tarde anterior. Desayunaríamos ahí. Teníamos poco tiempo para vernos, ya que él tenía mucha tarea que hacer también para sus finales. Le enseñé algunas de las fotografías de mi pasado y del de mi cabello.
- Me alegra conocer al actual tú.
Las pláticas con alguien que te conoce y no te conoce son raras. Pues pareciera que ya toda la información está dada, pero aun falta mucho por saber. Sin embargo, hay momentos de silencio extraño, a veces incómodo otras familiar. Constantemente retaba al chico Iron a besarme en sitios públicos y a cada prueba, pasaba.
De hecho, yo no soy normalmente alguien que guste de exhibirse (al menos no de esa manera), sin embargo en esta nueva batalla que he desarrollado contra el closeterismo, ésta se ha convertido en una actividad interesante.
El chico Iron a su vez me enseñó algunas de sus imágenes. De su pasado, de su gente, de su mundo. En verdad que éramos distintos. Sentí miedo, mucho miedo.
Posteriormente nos fuimos a otro café a que cada uno pudiera trabajar en sus respectivos trabajos. Comenzaba a notar (o mejor dicho a comprobar) que él se estresaba con facilidad y eso no sólo no me agradaba, sino que me estresaba a mí también, haciendo que la situación me desagradase aún más.
Para cuando llegó la hora de la comida, él tuvo que partir pues había quedado de comer con sus padres. Yo me quedé en el mismo lugar a trabajar en mi ensayo acerca de “La insoportable levedad del ser”. Revisar durante cuatro horas el libro y analizarlo fue una de las cosas más peligrosas que pude hacer. Ahí estaba, accidentalmente quizás, la libromancia, o las sortes (como el lector guste en llamarle). Acordarme de Tomás, Teresa, Sabina, Franz y Karenin, del peso y la levedad, del cuerpo y el alma, del sombrero del abuelo de Sabina, la maleta de Teresa, los pájaros de la casualidad, la cubierta del cuerpo y los marineros del alma, el kitsch, el peligro de las metáforas, el vértigo, de todo. El estómago y el alma se me revolvieron.
Hubo en particular una frase que me hizo temblar hasta los huesos:
No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís”.
¿Dónde estaban, en todo esto, los pájaros de la casualidad?
Mientras mi mente se revolvía con retorcidos pensamientos el chico Iron se apareció de repente a mi izquierda, con la respiración agitada y sudando.
- Tengo sólo dos minutos, pero no podía dejar pasar el momento. – dijo con la voz entrecortada.
Y entonces me plantó un beso.
- Mi beso de despedida.- y se fue corriendo.
Si Kundera hubiera llegado en ese momento al café a preguntarme acerca de los pájaros de la casualidad habrían ocurrido dos cosas: primero, me habría desmayado de ver al checo face to face; la segunda, yo habría estado speechless respecto a toda esta situación.
Sin darme cuenta, había pasado cinco horas inmerso en el insoportable ensayo y mi estómago, al igual que el de Teresa, hacía ruidos para demostrar que estaba vivo. De hecho, creo que estaba gritando y exigiendo comida. Sin saber exactamente dónde ir, terminé en el mismo restaurante al que había ido con los padres del chico Iron y el chico Iron la tarde anterior. Pedí lo mismo que había pedido la tarde anterior. Todo era igual, sólo que ahora no habían tumultos, ni música, ni nervios, estaba sólo yo. Hablé con mi madre y le dije: “Mamá, ésta es la vida que quiero”.
Ya tan sólo me quedaba esperar a Toño y Gaviota para después irnos a Puebla. En el tiempo que restó, pensé en ir a un café, así que empecé a caminar. Yo creía haber creado bien el mapa mental de la zona, pero al meterme entre calles me perdí.
El cielo había comenzado a nublarse y un tranquilo viento soplaba. De repente llegué a un parque.
La luz atravesaba el cielo nublado y se filtraba a través de los árboles. Tras pasar íntima por entre las hojas, rebotaba con el lago esmeralda y acariciaba mi rostro. Cerré los ojos. De repente tuve una sensación extraña, como si lloviese a la inversa, de abajo hacia arriba, como si todo a mi alrededor flotase. Y todo era verde. Un par de gansos que jugaban en el agua, aletearon y salpicaron el rectángulo lleno de agua verde azulosa, las ondas que se formaron ahí, parecían ser el reflejo de lo que estaba pasando dentro de mí. Ultrasonidos de alguna olvidada parte de mi interior salían y detenían el tiempo, decían cosas, cosas que olvidé. Y todo seguía siendo verde.
Alguna vez había soñado con esta imagen. Alguna vez había visto todo esto, pero yo estaba y no estaba aquí. Quise escribir del momento en mi “little runaway” pero preferí guardarme esa imagen.
Julio Cortázar me reveló algo que no sé si había olvidado o simplemente desconocía: eso eran las ondas en el agua, los ultrasonidos que salían desde una parte muy profunda de mí. La revelación era que había encontrado el Paraiso Perdido, el que siempre había buscado.
Por primera vez en toda mi vida la máxima que cargo escondida en mi cartera era saciada: “Never stop searching for what you love or you will end up loving what you happen to find”.
El paraíso no era el chico Iron, no eran sus padres, no eran mis amigos, la película del día anterior, la pasta que comimos o los múltiples cafés. El Paraiso se escondía detrás de todo eso, aguardaba, rondaba.
Esa tarde de lunes se abrió frente a mis ojos y lo vi entero. No era el “El desesperado reino del amor” tampoco, ni la familiaridad que siempre había buscado. No era la sorpresa que aguarda o la infinita posibilidad. Era lo que contenía a todo eso.
Esa tarde de lunes, como una flor se estalló un luminoso y verde paraíso frente a mis ojos y en cada uno de sus infinitos pétalos una imagen, una de las tantas que he escrito, que he vivido todo este tiempo que he buscado. Ahí estaban: los ojos aguamarina, la pasión de los faunos, el “¿cómo me encontraste?”, los encuentros, los chicos, el amor, la traición, el vértigo, el sexo, el amor otra vez y la muerte. Ahí estaban todos. Y todos llovían de abajo hacia arriba y de vuelta. Me observaban. Me sonreían.

Cada uno de esos pétalos, de esas imágenes comenzó a hacer una sinfonía que sólo yo conozco y que nadie, mas que la anciana, los gansos, los árboles y yo podremos recordar.
Me quedé sentado en mi banca. Cerré los ojos, la sinfonía cortó a la imagen y todo se volvió verde.
Subi a escada de papelão
Imaginada
Invocação
Não leva a nada
Não leva não
É só uma escada de papelão
Há outra entrada no
Paraíso
Mais apertada
Mais sim senhor
Foi inventada
Por um anão
E está guardada
Por um dragão
Eu só conheço
Esse caminho
Do Paraíso
Madredeus, O Paraíso

Libromancia

Another breakfast with you #9
Libromancia

Playlist: Stars – My favourite book; Suzanne Vega – A book and a cover; Joan Baez – Here’s to you; Kings of convenience – The weight of my words (Four tet remix); Honeyroot – Goodbye; Chumbawamba –Salt fare, north sea; Zizi Possi – Merino de Bracaña; The Flaming Lips – Sleeping on the roof; The Stone Roses – Ten storey love song; Juana Molina – Micael; Maria Taylor – Irish good bye; Alaska & Dinarama – Isis; Kylie – In my arms; Hercules & Love Affair – Blind; Miles Davis – Yesterdays; Janis Joplin – Summertime; Love Sculpture – Don’t answer the door; Najwa – Nobody asks; The Raveonettes – You say you lie; Trivalistas – Carnavália; Chicane – Time of your life; Madonna – Love profusion (Headclnr rock remix); Ladytron – Discotraxx; Bent – Invisible pedestrian; The album leaf – Moss mountain town; Saint Etienne – Paper;

Los libros son objetos poderosos. Están llenos de aquellos símbolos cargados de energía llamados palabras. Tan fuertes, que con ellas hemos construido nuestra cultura. Sin embargo, yo soy de la creencia (yo y la mitad de los semiólogos y lingüistas) de que no hay nada más poderoso que la palabra escrita.

Por muy dura que pueda ser la palabra hablada, no tiene la presencia y trascendencia de la escrita. Ya sea digital o en papel, las palabras escritas nos golpean, nos impactan, nos tocan, nos seducen.
Por lo mismo, cuando leí aquel jueves en la pequeña ventana de Messenger las palabras del chico Jäg diciendo: “Siento que nos hemos distanciado” comenzó a crecer en mí la extrañeza sembrada en Semana Santa. Aquella semilla se había convertido en una planta resistente, lista a dar frutos. Sólo que no estaba seguro de que aquellos frutos fueran benéficos o venenosos.
El sentimiento era ciertamente extraño, por un lado sentía una rara liberación, pero por el otro, me sentí encadenado a algo nuevo. Eran las palabras, las palabras que había decidido jugar conmigo y mi libertad.
Por alguna extraña razón, mucha gente se encontraba revuelta por el peso de las palabras aquel jueves.
Por un lado, mi amiga Rosa Elena había lanzado un misil transatlántico en una carta. El objetivo de este misil era una historia que había iniciado hacía prácticamente dos años con Mr. Nape. En un arranque de reinvención, Rosa Elena compró un día un boleto destino a Europa. El plan: no había plan. Durante más de tres meses, mi amiga se dedicó a viajar y reencontrarse. Una de las cosas que encontró o reencontró andando por España, fue Mr. Nape.
Mr. Nape fue el compañero de muchos de los viajes de mi amiga y responde a este nombre dada la exquisita nuca que, según la Ro, posee. Al final, la procrastinadora irredenta tuvo que regresarse antes de lo planeado a México, y faltaron muchas palabras entre ella y Mr. Nape.
Pero el miércoles pasado, aprovechando el viaje de sus padres a Europa, Rosa Elena depositaría en aquel misil todas las palabras no dichas. El no saber el momento exacto en el que Mr. Nape recibiría la carta y respondiese a ella tenía los nervios de mi amiga esparcidos por la ciudad entera. No había manera de contenerla y aquello era simplemente exquisito.
Otro que se encontraba afectado por el peso de las palabras era mi amigo Andrés. Esa noche era la fiesta de Nacotheque en Puebla, y Alan, su ahora ex, le había escrito por Messenger que esa noche celebraría su cumpleaños ahí, justo donde todos nosotros habíamos decidido ir. No se habían visto desde la noche de mi concierto, que habían cortado, y aquel, sería un encuentro importante.
Hablando de palabras escritas, yo me había mensajeado por Myspace con Marcelo Cunning, a quién tenía unos seis meses sin ver, para reencontrarnos en su fiesta, que ciertamente me sorprendía viniera a Puebla.
Pasamos antes a casa de Chavo y Marcos al pre. Esa noche yo no podía tomar, dado que no tenía garganta pero sí mucho antibiótico encima. Después de un buen rato de chisme y plática del under mexicano, nos dirigimos a Nacotheque. En la caravana, íbamos Andrés, Allain, Agnes, Gerar, Chavo, Marcos, Albersano, otros chicos y yo. Cada uno en su propio freakie style.
Cabe aclarar que para cuando llegamos a Nacotheque la mitad de la caravana ya iba lo suficientemente etílico como para pasarlo bien.
Al entrar, lo primero que hice fue ir a saludar a Marcelo y Amylu, que esperaban en una mesa del frente a tocar. Casualmente, Aletya tocaba en el escenario. Estuve un muy buen rato actualizándome con Marcelo acerca de nuestras respectivas vidas y otro con Amylu, conociéndonos, pues a ella era la primera vez que la veía.
Posteriormente, procedí a saludar y felicitar a La Choy por su cumpleaños. Al bajar del escenario, estuve un rato platicando con Aletya acerca de su incursión en el concurso “La Zona” de MTV. Ella dice que lo ve difícil, pero para muchos otros, es posible que ella gane. Si Aletya ganara el concurso, MTV le produciría su disco, un vídeo y un reality show. Siendo ella la representante de México, yo tampoco veo difícil el que gane.
Definitivamente éramos los freakies de la fiesta, por lo que decidimos pasarnos hasta el frente a bailar cuando llegó el momento de que los Nacotheque mezclaran. El momento cumbre de la noche vino con la petición de LaChoy y una de mis canciones favoritas de electro pop español de toda la vida: “Isis”, de Alaska & Dinarama.
“Ni Mitra ni nadie me van a engañar, espero sentada porque yo sé la verdad, y hoy voy a gritar”. Mientras junto con Alaska hacíamos semejante invocación, a mi cabeza vinieron de nuevo las palabras de la ventanita de Messenger del chico Jäg: “Siento que nos hemos distanciado”. Ahí estaba yo, estudiante comunicación, sin voz y bailando con mi absoluta incapacidad de mantener una buena comunicación.
Acabado Nacotheque todo el mundo se esparció. Perdimos de vista a los chicos de la caravana, a Andrés, a Gerar, a Agnes y nos quedamos sólo Allain, Alan (bastante borracho) y yo. Marcelo y Amylu se fueron a seguir la fiesta al evento que Christian había organizado esa noche: la fiesta de Easy Stars All Stars.
Eran las tres de la mañana, estábamos perdidos en Cholula y con Alan gritando incoherencias gracias al alcohol. Tras un rato de búsqueda y de Allain y yo hablando en francés para sólo entendernos él y yo, encontramos de nuevo la casa de Chavo. Y ahí estaban todos. Después de un rato nos fuimos, y el camino de regreso fue toda una aventura: Andrés y LaChoy discutían, Agnes se mareaba, Allain nos guiaba y yo regañaba a Gerar por no poner las manos al volante mientras manejaba bailando y cantando “In my arms”, de Kylie.
Tuvimos que pararnos a que Agnes, Andres y Alan vomitaran. Kylie seguía diciéndonos a todo volumen: “How does it feel in my arms?”. Y fue ahí, justo en ese instante, que mi amigo Gabo decidió llamarme desde Querétaro. “Vengo de salir con el chico Jag, ¿Cómo has estado?, Hace siglos que no sé de ti”.
- Necesitamos hablar amigo.- fue lo único que pude decirle. Llegué a casa
con un vacío en el estómago. Aquella canción de Kylie debía estar dedicada para alguien, al menos en mi cabeza, pero sentía que aquel puesto se encontraba vacío.
“How does it feel in my arms?”, “Empty” sería la respuesta. Entré al departamento y fui directamente a mi cuarto. No quería hablar con nadie, no quería saber nada. No había nadie a quién abrazar o quién me abrazara. Kylie también mentía.
Al día siguiente, el viernes, era mi tan anticipado viaje al DF. Tenía ya tiempo sin ir de fiesta y a visitar a la gente de la gran capital. El plan era ir a Nacotheque el viernes por la noche, el sábado ir con los de Athanor y hablar en torno al marketing de Velvet boy, por la tarde comer con el chico Iron y por la noche ir a alguna fiesta. Y finalmente, el domingo ver a más amigos antes de regresar a Puebla.
Debido a la cantidad de cosas por hacer en Profética, salí el viernes mucho más tarde de lo que había planeado. Previniendo esto, le había pedido a mis amigos que se fueran antes al DF. Gerar, Andrés y Allain deberían de estar llegando al hotel para cuando yo apenas salía de Puebla. Un millón de cosas pasaban por mi cabeza mientras atravesaba la carretera. Lo confirmo una vez más, el camino entre Puebla y el DF es uno de mis favoritos.
Estuve a unos segundos de decidir quedarme dormido en mi casa, pero si ya había organizado todo esto desde hace semanas no podía fallarme.
Afortunadamente, alcancé el metro y me dirigí inmediatamente al hotel en el que se hospedarían mis amigos esa noche. Al día siguiente me quedaría yo en casa de mi amigo Ricardo o de Toño. Una vez llegado al histórico hotel Cónsul, antiguo hotel de putas y que es siempre donde nos quedamos cuando no hay donde quedarse en DF y después de haber pasado la para mí mortal “Glorieta-de-Insurgentes-a-las-doce-de-la-noche”, me dispuse a pedir una habitación.
- ¡Uy, Joven!, ¡Estamos llenos!, ya no tenemos ni un cuarto.
- ¡¿Qué?!- le grité al recepcionista- Seguramente mis amigos ya están aquí, cheque si no hay ninguna habitación a su nombre.- procedí entonces a deletrear y describir a cada uno de mis amigos. ¿Acaso era tan difícil reconocer a tres gays freakies poblanos?
Acabé por concluir que el recepcionista sólo estorbaría a mi misión, el paso siguiente: buscar un lugar para crashear. Cogí mi celular y marqué el número de Nash, amiga de Toño y para estas alturas también amiga mía. Nash es, como dice Toño, algo mucho más que una mujer, es una fuerza de la naturaleza. A sus 21 años se encontraba saboteando instalaciones nucleares en países del tercer mundo, había sido alguna vez encarcelada en Sudáfrica y cientos de viajes más con la gente de Green Peace la hacían uno de los personajes más cool que hasta ahora he conocido. Además de eso, era ahora una diseñadora gráfica e industrial budista, preocupada por la causa. Simplemente exquisita.
- Te puedes quedar en la comuna, no hay ningún problema muñeco.- adoraba que Nash me llamase muñeco, era un rasgo de confianza tan exquisito. La Comuna, es el departamento/oficina de Toño y los chicos de Athanor, que recibe ese nombre dado que acoge a todas las almas necesitadas de un lugar hipermoderno en el que caer.
El plan me pareció perfecto, pues La Comuna, ubicada en Polanco, no resultaba tan lejana de mis puntos de referencia. Hasta que:
- Sólo que hay un problema muñeco, yo estoy ahora en una reunión en Coyoacán,- léase, al otro extremo de la ciudad- ¿Cómo le hacemos?
Consideré que ir hasta Coyoacán para cambiarme y luego ir a Polanco era un exceso. Tras un rato de pensarlo, concluimos que lo mejor sería vernos en la madrugada, después de mi fiesta, en la comuna.
La pregunta ahora era qué hacer con mis maletas y mi transformación en Velvet boy. Recordé que si alguien debía ser de criterio abierto en esta ciudad, eran los taxistas, así que le hice la parada a uno, le di la dirección y le especifiqué: “Joven, tengo el trayecto de aquí al lugar de la fiesta para cambiarme, así que más le vale apurarse a usted y a mí estar listo en los próximos 10 minutos. A menos de que quiera ver un show bastante extravagante, le recomiendo no vea por su retrovisor”.
Me quité la playera, los tenis y los pantalones: me quedé en calzoncillos la gente en los automóviles de los costados sólo miraban con extrañamiento al flaco aquel en el asiento trasero de un taxi, semi desnudo, ponerse ropa extravagante.
Llegué a tiempo: convertido en Velvet y con el cambio exacto. No podía salir peor. Una escena a la Sofía Coppola con los elevadoristas hizo de la experiencia algo aún más surreal. Llegado al “Décimo piso” busqué inmediatamente alguna cara conocida:
- Son $150 de cover joven.- me dijo uno de los guarros de la entrada.
- ¡Pero si es Velvet boy!- un grito a mi izquierda lo confirmaba, era Danahe.- ¡Nada!, ¡Él no paga nada!, ¡Pásame tus maletas cariño!, ¡Bienvenido!
Pasé, y a los primeros que vi fueron Marcelo y Amylu. Tras saludarnos bailamos un rato a New Order y demás delicias ochenteras. Posteriormente me encontré con las Balodeza, Allain, Andrés y Gerar vestían sus atuendos más freakies.
El espectáculo que dieron Eva e Ima, es decir, Afrodita, fue simplemente genial. Yo a ellos los había conocido ya en la sesión de fotos de Chilango de “Stars in Myspace”, pero definitivamente una cosas es la plática face to face y otra su show. Me encanta la capacidad de estos chicos de combinar letras de un misticismo particular con el electro. Me atrevería a decir que son la versión mexicana de “Vive la fete meets Isis de Alaska meets Chico y Chica”.
Posteriormente llegaron los Nacotheque. Y la fiesta reventó. Todos bailamos con todos, conocí gente nueva, bailé con esa gente, bailé con Marcelo, con Amylu, con los Balodeza, con desconocidos. “El recuento de los daños” de la Trevi fue la elegida por Marcelo para cerrar, inevitablemente recordé a Aitor y el baile que hacía con esta canción. Recordé su tatuaje. Y ahí en medio de toda esa conmoción, aparecieron en mi cabeza las palabras inyectadas en el brazo de Aitor “El recuento de los daños”. Las palabras se hicieron pesadas.
Salimos a las 4 am rebotando. Andrés se la pasaba gritando algo que se asemejaba a: “I like those shood” o algo así. Chiste youtubesco que yo, evidentemente, no entendería. Acabé por llevarlos al hotel y posteriormente, transportarme a la comuna. Estaba rendido.
En el camino entre el hotel y La Comuna volví a concluir que esto era lo que me gustaba. No sólo la fiesta, sino la ciudad, la gente, la libertad. Cuando llegué al departamento me esperaba Nach, cansada, pero gustosa de verme. Al irse, comencé a desmaquillarme a Velvet. Al verme en el espejo, vi a una mezcla de ambos, Velvet y Arturo estaban en la misma persona, cansados, complacidos, rendidos. Me desmaquillé.
El rock es algo extraño, a veces para estar lleno de tanta mierda y otras veces, como ésta, parece estar lleno de magia. Me acosté en la cama a ver un programa que seguro era un informercial, no lo supe, pues por primera vez en semanas, me quedé dormido. El ruido de la televisión me despertó a las seis de la mañana para tan solo apagarla y volver a desvanecerme. Dormí exquisito.
A las 10 de la mañana mi celular sonó.
- ¡Chingada madre!.- fue lo único que pude pensar.- ¿Diga?- contesté con algo que más que una voz pareció el sonido de alguna profundidad de una caverna.
- ¡Hola flaco!, ¡Estaba pensando que, qué tal si en vez de comer, nos adelantamos al desayuno!.- era el chico Iron, eufórico.
- Sí claro,- respondió la voz de la caverna utilizando tan sólo una minúscula parte de mi cerebro.
- Excelente, estaré ahí por ti dentro de una hora.
Al colgar, lo que para un ser humano hubiera sido una hora normal, se pasó en un segundo, pues al instante siguiente mi celular estaba sonando.
- ¡Qué onda!, ¡Estoy ya aquí abajo! – era el chico Iron quién, efectivamente, se encontraba estacionando su automóvil.
Me levanté como desesperado de la cama, todavía con un hilo de saliva colgando de mi labio. Genial, la primera vez que me veía desde el concierto de Velvet boy (y la segunda en nuestra amistad) y me encontraba en pijama hecho un desastre. Cuando sonó el timbre de la puerta de abajo del edificio corrí a ponerme un par de jeans. Cuando tocó la puerta del departamento estaba a punto de abrirle cuando descubrí que traía la playera de “Mecatrónica” del chico Jäg. ¿Era debido recibir a un ávido lector de mi blog, como casi primera impresión, con esa playera? Miles de imágenes pasaron por mi cabeza. Mi primer impulso fue correr a la habitación y quitármela. Así que le abrí, despeinado, descalzo y en jeans.
- Pero qué bienvenida tan sexy.- dijo, impecablemente arreglado.
- No preguntes.- contesté.
Esperó a que me bañara y me arreglara. Fuimos a desayunar a condesa. Camino a nuestro destino, tuvo que detener el carro en plena avenida Reforma con un infame tráfico detrás de nosotros y dijo:
- ¡Quiero aclarar que no quiero interrumpir nada entre el chico Jag y tú…- los cláxones de la inmensa fila que teníamos detrás comenzaban su concierto…
- Sí, sí…- le decía yo para calmarlo.
- – ¡Y además!, ¡Quiero que seamos sólo amigos!.- tomó un respiro profundo, cerró los ojos y tomó el volante como si absolutamente nada hubiera pasado.
Mientras chilangos pasaban a mi izquierda mentándome la madre, concluí que como buen sagitario (al igual que él) no podía simplemente quedarme callado. Así que decidí replicar. El automóvil volvió a pararse y el tráfico de Reforma con nosotros.
- ¡Ok!, ¡Ahora que te has descaradamente adelantado a la conversación que planeaba tener en el desayuno te responderé!: ¡En este preciso momento de mi vida no tengo ni idea de qué hacer con mi vida profesional y amorosa entre otras cosas!, ¡Estoy revuelto y tengo mucho miedo!, Y por si te lo preguntabas, sí, ¡Sí me gustas!, ¡Ahora por todo lo que más quieras!, ¡CONDUCE!.
Ahí estaba. Lo había dicho. Había expresado mi miedo y la forma exacta en que me sentía. No dijimos una palabra hasta llegar al lugar donde desayunaríamos.
Durante el almuerzo nos actualizamos de nuestras vidas. Me contó que sus padres ya sabían que era gay, y que aunque no lo tomaran como lo mejor que les hubiera pasado en la vida, tenían una postura bastante racional al respecto, me contó de su sueño de ser cirquero, de las películas que más le gustaban, de las ciudades que amaba, de las canciones que le encantaban, de sus hermanos. Era extraño, pero por primera vez en mucho tiempo yo no hablaba, pues él conocía toda mi historia gracias a este blog.
Caminamos hasta el parque México y seguimos contándonos nuestras vidas. Me habló acerca de su abuela, de cuánto la quería y cómo de niño disfrutaba quedarse en su casa. De repente, una sensación familiarmente extraña me invadió: quería besarlo.
Dejé que él enmudeciera y que se llenara de la luz de primavera que se filtraba de entre los enormes árboles. Sus labios se movían, pero yo ya no lo escuchaba. Me recosté en una banca y me dejé llevar. Sí, estaba en México, en aquel parque, con un conocido desconocido y ahí quería estar, no en otro lugar. Imágenes, muchas, acerca de infinitas posibilidades pasaron por mi cabeza. Las parejas paseando a sus mascotas, los niños jugando, la tranquilidad, fue demasiado para mí.
- Creo que es hora de que nos vayamos.- dije de manera seca.
Pasamos al departamento a recoger unas cosas que yo necesitaba. Ladytron sonaba en mi laptop. La voz en una lengua de Europa del este de Mia Aroyo llenaba el pequeño departamento de piso de duela. Helen Marnie comenzó a cantar:
“Prez gorite, prez poliata
Pod zvezdite, nad zhitata
I know her, used to follow everywhere we’d go / and it’s so sweet now she’s sleeping with the boy I know”.
Él estaba en un sillón rojo y yo en el otro, color blanco, nos observamos.
“The boy I know, knows a pretty girl in every town”.
Sus ojos calvados en los míos.
“And the way they look, / they were made to let each other down”.
Me pasé a su sofá. Platicábamos.
“She got her face from the same house where she stole her clothes
On the same street, there’s a dance hall where nobody goes
Four to the floor, stealing cigarettes of ’90s ghosts
And then at Christmas time, ’till we exceed the recommended dose”
Su cara se aproximaba a la mía.
Prez gorite, prez poliata
Pod zvezdite, nad zhitata
Shte patuvat prez noshta
Risuvat prez denia i shte spiat do obed
Viatarat gi bruli na srebaren MZ
I shte piat gorski chai ot zlaten samovar
Litsata im greiat s ognenen zagar
Y entonces nos besamos. Salvaje y desesperadamente, como si fuera la última noche en la tierra.
Y de nuevo Helen:
“I know her, used to follow everywhere we’d go
and it’s so sweet now she’s sleeping with the boy I know”
Nos separamos, “No, no podemos hacer esto”, nos dijimos el uno al otro. Pero entonces se avalanzó sobre mí y volvimos a besarnos.
“The boy I know, knows a pretty girl in every town”.
Y en ese momento, me paralicé, mientras nos besábamos la imagen del chico Jag se apareció en mi cabeza, entera, doliente.
“And the way they look,
they were made to let each other down”.

Pasé el resto de la tarde pensando miles de cosas. ¿Había acaso sido infiel?, ¿Podía considerar aquello una infidelidad? Porque habían habido otras palabras del chico Jag que me habían pesado demasiado: “Ya no quiero seguir luchando”.

El chico Iron había partido, tenía una fiesta con sus amigos y a pesar de que me había invitado, yo no tenía nada de ganas de ir. Por alguna adecuada razón, ninguno de mis amigos del DF estaba disponible esa noche. Así que me fui a cenar y caminar solo.
- “¿Qué estás haciendo?”-
Fue lo primero que me pregunt
. Toda esta cuestión de la infidelidad rondaba por mi cabeza. A pesar de haber decidido que no podríamos tener una relación, ¿Le estaba siendo infiel al chico Jag?, ¿Debía acaso pensar en ello?, ¿Era justo para el chico Iron? Seguí caminando solo por Polanco a casi media noche, y por alguna extraña razón, me sentí bien. Esa noche necesitaba estar solo.
A la mañana siguiente sonó mi celular a las 9 de la mañana. La escena del día anterior se repitió, sólo que esta vez fui más precavido. Al poco rato llegó Nash por nosotros.
- ¿¡Listos muñecos!?, ¿Qué tal durmieron?- entró emocionada, diciendo.
- Pues…
- ¡Tengo el lugar perfecto para desayunar!- me interrumpió repasando al chico Iron.- Muy buena elección.- me murmuró al oído.- ¿Los gatos no los molestaron anoche?
- La verdad es que Iron no durmió aquí.- le repliqué.
- ¿¡Qupe!?. Pero si tenías el departamento sólo para ti…
- Lo sé es que…
- ¡No importa!, El lugar al que los llevaré es maravilloso.
Efectivamente el sitio que Nash había escogido estaba muy bien, se llamaba “Ocho” (un extraño tributo al Chavo del 8) y tenían unos huevos sobre pan de pizza, que eran simplemente la gloria. Lo que más llamó mi atención, fue que entre las cosas que tenían para que uno se entretuviese en la mesa, eran “Autodefinidos”. Sentí entonces la imperiosa necesidad de rellenar un crucigrama. Nash y el chico Iron habían entrado en gran conversación. Él lucía impactado mientras ella le contaba de su arresto en Sudáfrica.
De repente recordé que estábamos en la capital del país, donde cuestiones como el aborto o las sociedades de convivencia ya se habían aprobado, por lo que decidí ponerle una prueba.
- A que tu closeterismo no te deja darme un beso aquí.- le dije, retadoramente.
- No me tientes.- me contestó con una sonrisa.
- Lo sabía…por supuesto que no te atreves…los chicos como tú no se atreven…
Y entonces me calló con un beso. Aquello se me hizo un gesto tan familiar, que de repente quise quedarme a vivir en esa ciudad.
- Pues has pasado la prueba.- le dije- yo no acostumbro hacer estas cosas, así que nunca esperes que tome tu mano o algo así, me choca, ten en cuenta que esto fue sólo una prueba.
- Sí, claro. – contestó con una sonrisa en los labios.
Y entonces Kylie volvió a formular su pregunta. Esta historia continuará.
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