Another breakfast with you #10
Elipsis
Playlist: Clint Mansell & Kronos Quartet – The last man; Zbigniew Presnier – Flute (Reprise); The Overlanders – Michelle; Vania Borges feat. Quincy Jones – Ai no corrida; Morrisey – I like you; His name is alive – Across the street; Alaska & Los Pegamoides – No sé por qué; Róisín Murphy – Off on it; Gustavo Cerati – Altar; Hugh Masekela – The boys doin’ it (Carl Craig Remix); Primal Scream – Damaged; The Doors – Love her madly; David Bowie – Queen Bitch; The Sounds – Hurt you; Garbage – Right between the eyes; Maria Daniela & su sonido lasser – Tu sombra; David Bowie – Drive in Saturday; Bach – II Adagio; Gustavo Cerati – Tu locura; Mastretta feat. Rubí – La verdad; Feist – Tout doucement; Nancy Wilson – Moon river; Gogol Bordello – Suddenly…(I Miss Carpaty); The Beatles – Helter Skelter; Goldfrapp – Happiness; Paul McCartney – English Tea; Coldplay – The scientist; Gepe – Esgrima; Beth Orton – Central reservation; Shawn Monteiro – Where do you start?; The Cranberries – Do you know?; The Shins – Saint Simon; Alanis Morisette – Ironic; Everything but the girl – Hatfield 1980; Clint Mansell & Kronos Quartet – Together we will live forever; Madredeus – O paraiso.
La luz atravesaba el cielo nublado y se filtraba a través de los árboles. Tras pasar íntima por entre las hojas, rebotaba con el lago esmeralda y acariciaba mi rostro. Cerré los ojos. De repente tuve una sensación extraña, como si lloviese a la inversa, de abajo hacia arriba, como si todo a mi alrededor flotase. Y todo era verde. Un par de gansos que jugaban en el agua, aletearon y salpicaron el rectángulo lleno de agua verde azulosa, las ondas que se formaron ahí, parecían ser el reflejo de lo que estaba pasando dentro de mí. Ultrasonidos de alguna olvidada parte de mi interior salían y detenían el tiempo, decían cosas, cosas que olvidé. Y todo seguía siendo verde.
Descubrí entonces que estaba viviendo una imagen mil veces soñada. Sí, era eso: la felicidad, el paraíso perdido. Ahí estaban: con la filtrada luz esmeralda llenando todo, con el agua de aquel extraño color, la lluvia inversa, el ganso aleteando, con el mundo detenido.
La gente pasaba al lado del parque, pero no por el parque. Era extraño. Las puertas del paraíso perdido, aquel que todos buscamos, se habían abierto por tan sólo unos minutos y nadie parecía notarlo. Tan sólo una anciana que en una banca frente a la mía, al otro lado del lago artificial, revisaba la basura que había recolectado.
Nos vimos por un instante. Me sonrió. Me quedé en mi banca por unos minutos más y concluí que guardaría esa imagen para siempre, que no la soltaría nunca, que la tatuaría en alguna memoria y que me metería en ella cada vez que el mundo se oscureciera.
Llevaba una playera negra, mis inseparables jeans y mi viejo sacó gris. Saqué mi libreta para escribir algo, pero nada salió.
Era una tarde de lunes y el mundo se detuvo por diez minutos. Pero esos diez minutos pudieron haber sido la vida entera.
Absolutamente nadie más en el universo, mas que la anciana de la banca contraria a la mía pudo ver lo que en ese momento ocurrió. La Libromancia no había mentido (o como un lector comentó, las Sortes). Julio me había dicho que yo era de esos que vivía buscando el paraíso perdido y no se equivocó. A Allain no dejó de salirle el capítulo 85 de Rayuela.
Así como yo me grabé esta imagen, le pido al lector que la mantenga también, pues esta historia no comienza aquí. Ésta es, como en “Lucía y el sexo”, una historia llena de ventajas, en la que, a la mitad del cuento, hay un agujero por el cual se puede escapar y entonces…whooooosh…volvemos al principio de la historia. Y ésta, es tan solo la mitad de este cuento.
Sábado 26 de abril. El calor, los finales y las tensiones en el trabajo me traían hecho una revoltura absoluta. Me había negado rotundamente a ir a uno de los tantos eventos que habría ese sábado: el Chac Mool Fest. No tenía dinero y los precios de los boletos eran ciertamente inalcanzables para la cantidad en mi cartera.
El Chac Mool Fest fue un concierto de esos que duran dos días. Entre los que tocarían habían varios que ya he visto, por lo que en verdad, no me resultaba en lo más mínimo atractivo el hecho de tener que desplazarme (sabe Dios como) hasta el Africam Safari. Sin embargo, unos días antes me enteré que María Daniela y su sonido lasser estarían ahí. Fue entonces cuando comencé a dudar.
- ¿A qué hora llegas a Puebla?- le pregunté en el celular a Maria Daniela mientras yo iba a Profética y ella, al parecer, se apresuraba a su camioneta, pues iba tarde.
- Entre una y dos de la tarde, pero debería estar con todos en la camioneta a las…¡Hace media hora!.- sí, iba tarde.
- ¿Crees que podamos vernos para comer o piensan quedarse?
- ¿Qué no vas a ir?
- Pues la verdad no creo…los boletos están muy caros y me queda muy lejos…
- Mira, tú ve y nosotros nos encargamos.
- ¿A qué hora tocas?
- A las cinco de la tarde.
Las palabras de Maria Daniela fueron suficientes. A las 5 de la tarde me encontraba en una camioneta con Dave y una chica que trabajaba para una página web de sociales y eventos. Ellos tenían pase de prensa, yo sólo el “Mira, tú ve y nosotros nos encargamos” de Maria Daniela. Mientras más nos acercábamos al venue no sabía cuál de los dos sería el más efectivo.
- ¿Conocen a los que tocan?- preguntó en el camino la chica de la página web.
- Sí, a la mayoría.- contestamos al unísono Dave y yo.- ¿Tú?- le preguntamos, igual, casi al unísono.
- Pues no, casi no conozco a nadie. Sólo al Instituto Mexicano del Sonido y a la Maria Daniela esa.
- ¿Qué no te gusta su música?.- le pregunté con una ironía contenida.
- ¡Ay!, ¡Es que no sé!, ¡Me desespera!, ¿Ustedes vienen a ver a alguien en específico?
- Sí.- contestamos de nuevo al unísono, ya que Dave también vería a los de Kill Aniston, amigos suyos. Y soltamos una enorme carcajada, bastante irónica también.
Tras minutos de caminar por terracería y polvo llegamos a una especie de puesto de control. Parecía que revisarían si éramos narcos o traíamos un cargamento de cocaína.
- Boletos.
Dijo una amable chica en el puesto del control.
- Él y yo venimos de prensa- dijo la chica de la página web señalándose a sí misma y a Dave.
Fue entonces cuando la amable muchacha del puesto de control giró sus ojos hacia mí y volvió a exigir amablemente:
- Boletos.
- No tengo boleto. Pero no sé si esté en lista o no.
Mientras la amable chica buscaba un “Velvet boy” entre sus hojas, a Dave y a la chica de la página web les daban unos pases con la enorme leyenda de prensa. Fue entonces cuando comencé a dudar si la palabra de Maria Daniela tendría más peso que
un pase de prensa.
- Pues no, no tengo ningún “Velvet boy” en lista.
- ¿No hay manera de hablarle a Maria Daniela? – para mi mala suerte, casi medio kilómetro de terracería nos separaba y ni el teléfono de ella ni el de Emilio tenían crédito, por lo que si llegaba a comunicarme con ellos sería sólo por el walkie talkie del equipo del Chac Mool Fest o por señales de humo. Cuando la chica de prensa vio que mencionaba a Maria Daniela sus ojos se abrieron de más y se enrojeció.
- No, lo siento. Los artistas están en otra área y no creo que los podamos contactar.
Justo cuando estaba a punto de resignarme, un hombre lo suficientemente gordo como para portar un gafete de un color mucho más superior que el de la amable chica pasó por ahí. Ella le explicó que no me encontraba en lista y que, según yo, Maria Daniela me había invitado. El gordo con el gafete de color superior estuvo a punto de bufar pensando que era un fan más usando la escusa más estúpida para intentar entrar.
- Si no se pueden poner en contacto con ella pueden llamarle a Emilio o a Gonzalo, su manager, y decirles que Velvet está aquí.- el gordo superior alzó sus cejas y cogió su walkie talkie.
- Producción, talento, producción, talento…- comenzó a repetir a través de su aparato transmisor.- dame unos minutitos, ahorita vemos qué se puede hacer.- me dijo con una amabilidad inusitada para los organizadores de eventos de esta especie. Generalmente la actitud de éstos suele estar tan distraída por la neurosis de la logística, que no se fijan en nimiedades como ésta. – ¿Sí?, Tenemos aquí a Velvet boy…sí…- me hacía gestos con la mano diciendo que esperara. Se alejó y con él, mi esperanza de entrar.
Veía la imagen claramente: gordo superior se acercaría a mí diciendo que no, que nadie le había dicho nada y que según mis aludidos, no conocían a ningún “Velvet”. Comencé a buscar formas de regresar hasta Puebla con el poco dinero que tenía. Comencé a sentirme mal. ¿Por qué había venido hasta acá? Me hubiera quedado en casa haciendo tarea (que ya tenía mucha con los finales) o descansando (que también, me hacía mucha falta). ¿Por qué venir a exponerme y hacer el ridículo hasta acá? Mientras yo me encontraba hundido en esta serie de pensamientos recalcitrantes, no me había dado cuenta de que “gordo superior” se encontraba enfrente de mí.
- Toma. Con éste gafete podrás pasar al backstage y ver a tus amigos, tienes acceso a la zona VIP y al catering. Adelante.- de nuevo, la inusitada amabilidad.
- Gracias- dijo una sincera sonrisa salida de los labios.
Fue en ese momento que volteé al cielo y le agradecí a Dios el haberme nacido (y no, esta conjugación no es errónea, posteriormente la explicaré en un post) rocker.
- ¿Tienes acceso a backstage?- preguntó la chica de prensa.- ¿Crees que nos podrías ayudar? Al parecer, nosotros no tenemos.
Recordé entonces las palabras de Maria Daniela.
- Tú ven y yo me encargo del resto.- le dije, concluyendo que en definitiva, la palabra de Maria Daniela tenía más peso que un pase de prensa.
Tras lo que para mí fueron kilómetros y kilómetros de polvo y terracería llegamos a las instalaciones del famoso Chac Mool Fest. A estas alturas y tras tanto caminar parecía ya una especie de Meca a la que llevábamos toda la vida queriendo llegar. Gonchis (Gonzalo) fue el primero que vi y saludé, platicamos un rato.
- ¡Esa la Lasser!- le grité a una pelirroja sentada en un sillón.
- ¡Hey!- era Maria Daniela, pelirroja de nuevo y más delgada que nunca. Nos dimos un gran beso y abrazo y me presentaron al resto de la comitiva.
- ¡Ese el Lasser!- saludé a Emilio.
Originalmente, tenían que tocar a las cinco de la tarde, pero, por motivos de logística, su presentación se atrasó a las 11:45 pm. Así que teníamos 6 horas para convivir, platicar, comer, beber y chismear. Platiqué con Gonzalo durante un muy buen rato acerca de posibles proyectos y fechas, platiqué con Emilio otro muy buen rato acerca de proyectos y cosas muy, muy interesantes y chismeé con Maria Daniela de otras tantas. Para las 9 de la noche nos encontrábamos todos francamente ebrios.
Yle, una sensacional amiga de la Lasser que estaba de visita en México por un tiempo y que hace unos diseños increíbles resultó una muy agradable compañera de “tiempo de espera para tocar”. Es una sensación muy particular la de esperar para tocar, es como estar en un aeropuerto esperando tu vuelo: sabes que viene algo grande y sabes que, lo único que puedes hacer en el tiempo ocurrido entre el gran evento y ese instante, es esperar. Así que se tienen que desarrollar interesantes actividades, como versionar en flamenco canciones de Maria Daniela. Esperemos que algún día salga a la luz ese vídeo que nos tomó a Yle y a mí cantando “Pobre estúpida” en versión flamenco.
Llegó la hora del concierto y por fin, la Lasser subió al escenario. Por alguna extraña razón, toda la música se oía sólo dentro del escenario y lo que le llegaba al público era el rebote del sonido de dentro del escenario. A pesar de eso, los chicos dieron lo mejor de sí y trataron de que los nervios no les ganaran. Afortunadamente para mí, cantaron mi canción favorita del último disco: “Tu sombra”. En ese momento fue inevitable que me pusiera a pensar en la situación que se había dado el fin de semana anterior. Y sí, en pleno concierto de Maria Daniela tuve un insight.
En “
Bleu”, primera parte de la famosa trilogía de
Krzysztof Kieslowski,
Julie, la protagonista y personaje de
Juliette Binoche es la esposa de un famoso compositor. Un día, tras un accidente, Julie lo pierde todo y se encierra a sí misma en un autodestructivo ciclo. Su esposo, era el encargado en componer el Himno de la Unificación Europea. Julie quiere deshacerse de todo, quiere olvidar su pasado, sin embargo, a lo largo del filme tiene una serie de
insights y momentos que le indican que tiene que acabar ese himno, no destruirlo. El filme habla en sí de la libertad personal.
Cada vez que Julie tiene uno de estos insights se escucha el sonido de la orquesta cortando la imagen y la pantalla se llena de luz azul. Es a través de estos instantes, segundos, milésimas quizás, que Julie se decide a finalizar la pieza. Para cuando por fin está trabajando en lo que será el himno, hay un momento magnífico en la película en el que su dedo pasa por las notas musicales escritas y ella va indicando que instrumentos entran o salen, y entonces lo escuchamos.
Para el lector ya ahondado en “Los días intensos” sabrá la importancia que este director, y su músico de cabecera, Zbigniew Presnier tienen para mí, para el que no, se lo hago saber.
Es así como, en el soundtrack, las piezas que Presnier creó para los momentos en los que Julie tiene sus insights son llamadas “Ellipsis”. Según la RAE, la palabra “elipsis” viene del latín y quiere decir falta. En gramática, es una “Figura de
construcción, que consiste en omitir en la oración una o más palabras, necesarias para la recta construcción gramatical, pero no para que resulte claro el sentido”. Y esto es lo que hace Kieslowski, quita un pedazo de imagen, unas tomas, unas palabras, pero le da más sentido a la historia. De hecho, la “Elipsis” es también una herramienta del lenguaje cinematográfico y es cuando se da una especie de salto en el tiempo con el empleo de unas cuantas imágenes. Como el oso de peluche que Amélie deja en el jardín y por el que pasan las cuatro estaciones.
Así como Julie, a partir del concierto, yo tendría mi propia serie de elipsis, momentos en los que de repente me perdería, sólo que no sé si en mi caso sería para encontrar algún sentido.
“El amor a veces duele y deja una herida”. Acabado todo emprendimos el camino de regreso a Puebla. Dave iba lo suficientemente ebrio como para portar un gafete de backstage. Caminando por entre la tierra y la noche, tuve una de estas elipsis.
Un grupo de buenos samaritanos que traían camioneta nos llevaron de vuelta a la entrada. En el camino, Dave le llamó a su chica, de quién está muy enamorado. Yo no sabía si llamar a alguien o no. ¿Tenía a quién llamar?, ¿Tenía que llamar?
- Tú sabes realmente cuando has encontrado a la persona, simplemente lo sientes. – me dijo en algún momento de la noche Maria Daniela.
Dejamos a la chica de prensa en su casa y posteriormente fuimos Dave y yo por unos tacos, en los que discutimos el sentido de la vida.
La semana siguiente estuve tan metido en mis trabajos finales que no tuve un solo instante para pensar en todo lo ocurrido los fines de semana pasados. No había tenido un solo minuto para pensar en el chico Jäg, en el chico Iron, en las palabras de Maria Daniela, en la plática del sentido de la vida a las 4 am con Dave. En nada.
A pesar de que se aproximaba el puente que iba del primero al cinco de mayo, no me relajaba mucho la idea. Pues ese puente, más que para descansar estaba destinado a trabajos finales. Debía de estudiar los primeros 29 artículos de la constitución (es decir, aprendérmelos), hacer el seguimiento de una noticia o evento durante una semana y analizarlo a profundidad, un ensayo, también a profundidad de “La insoportable levedad del ser”, una investigación acerca de la “Historia de la filosofía en México”, una campaña publicitaria para una Farmacia y tres spots sociales, que apoyasen una causa.
Afortunadamente (y extrañamente, que yo no suelo ser así de organizado) para el Día del trabajo, yo ya tenía avanzada gran parte de mis tareas. Este día era nuestra tradicional “Comida de los Jueves” con
Rosa Elena y
Gaviota. Yo me había levantado desde temprano para adelantar tareas
Mientras trataba de sacar el Siglo XIX en México, mi celular sonó. Era el chico Iron.
- Hola flaco, ¿Cómo estás?
El poco y mucho tiempo que teníamos de conocernos se reflejaba perfectamente en nuestras palabras. El hecho de que me dijese flaco mostraba una instantánea familiaridad, sin embargo, la manera de decirlo, no mostraba aún mucha seguridad.
Entre las cosas que me contó estaba el hecho de que había decidido que quería venir a Puebla el fin de semana.
- Creo que el cumpleaños de Rosa Elena es una gran oportunidad de entrar en tu mundo, ¿No?
- Por supuesto que lo es…pero no te van a dar permiso- dije riendo. Al parecer mi comentario no le había agradado del todo, sin embargo era la verdad. A pesar de haber salido del clóset con sus padres, éstos se mantenían aún muy cautelosos en cuanto a las acciones de su hijo y más aún, cuando tenían que ver con gente de su misma orientación sexual.
- Pues haré mi esfuerzo- me contestó con un aire de cierta molestia.
- Adelante. Yo también creo que el cumpleaños de Rosa Elena es una gran oportunidad de que entres a mi mundo.
Mi querida amiga, dejaría de estrenar década y lo celebraría con una cena el sábado en la que, en definitiva, se mezclarían varios mundos.
Más tarde ese día, mientras Rosa Elena y Gaviota ultimaban los detalles de la comida, yo me quedé en el jardín (que es donde comeríamos) acostado en el sillón. Por un momento, todo se quedó en silencio: dejé de oír el cotilleo de mis amigas en la cocina y observé fijamente el árbol que me cubría y el cielo. Algo, en esa imagen, me trajo una tranquilidad que llevaba semanas sin sentir. Era como si de repente se abriese un túnel de posibilidades. Cerré los ojos y dentro de mí, escuché la música de Presnier, que trataba de decirme algo.
Durante la comida tratamos los temas de la semana y descubrimos nuestra nueva fascinación: Patti Smith. Por la tarde llegaría Toño y haríamos algo en la noche.
Por la noche, y ya listo el cuarteto, nos preparábamos para ir al cine cuando recibí una llamada del furioso chico Iron:
- ¡Los odio!, ¡No me dieron permiso!
La situación había sido que, sus padres no le dieron permiso para ir a Puebla este fin de semana pues no conocían a “Arturo” de quien les había estado hablando durante las últimas semanas.
- Me dijeron que no me pueden dejar ir con alguien a quien no conocen, que ¿Quién es Arturo?, que no me dejaran ir hasta que te conozcan.
Le dije que tenían razón, que finalmente, era esa la decisión que cualquier padre responsable hubiera tomado, a pesar de que su retoño tuviese ya 21 años. Traté de ser lo más racional posible. Cuando colgué, la furia del chico Iron se me había contagiado, sobre todo por aquella pregunta que había estado rondando en mi cabeza y a la que ni siquiera yo tenía respuesta: “¿Quién es Arturo?”
Pasado el coraje, me di cuenta de una cosa que había dejado pasar durante la llamada: los padres del chico Iron querían conocerme. ¿Lo decía en serio?, ¿En realidad querían conocerme?, ¿Estaban seguros de que querían conocerme?
Iron volvió a llamarme más calmado y lo confirmé: lo decían en serio. Sus padres querían conocerme. Por algún extraño motivo y debido a mucha honestidad, les había dicho de su amigo que vivía en Puebla, que era gay, que tenía un blog y que hacía música. Rogué a todas las deidades que sus padres no hubieran leído ya este blog. Si lo habían hecho, entonces tenía garantizado que no volvería a ver al chico Iron por el resto de mis días.
Por lo que tenía entendido hasta el momento, a pesar la aceptación hacia su hijo, los padres de Iron eran bastante conservadores y debido a un evento acontecido en la tarde en casa de Rosa Elena, yo no estaba del todo contento con el, como diría Buñuel, “discreto encanto de la burguesía”.
Nos tomó varias cervezas y martinis para concluirlo: aceptaría la invitación. Si ese era el método para que de una vez por todas los padres del chico Iron le dejaran verme o le prohibieran rotundamente encontrarse conmigo, entonces aceptaría.
Me pregunté entonces si quería conocerlos: yo, un gay de 22 años que había vivido de más, que hablaba de más, que bebía de más (eso sí, siempre con estilo), que tenía un show flamante en el que cantaba canciones en las que decía cosas como “tú me quieres porque yo soy joto” y que publicaba mis intimidades en una página web. Ellos, una pareja madura, de clase acomodada, que trataban de aceptar con la mayor racionalidad posible la sexualidad de su hijo, conservadores y seguramente con mucho de ese “discreto encanto” del que hablaba Buñuel.
- Mira, ya en últimas, si todo sale mal, te vienes con nosotros- concluyó el siempre sabio Toño.
Esta misma discusión, sería retomada el sábado, en la cena de Rosa Elena, en la que muchos mundos se juntaron. El inesperado regreso a su vida de sus amigas Elsa y Elisa, a quiénes yo había conocido por los meses en los que conocí a Rosa Elena y no volví a ver, condimentaba a la fiesta con ese toque de revival; la visita de su amiga Ana Mary, quién vivía en DF y de quien me había hablado ya mucho y a quien le había hablado ya mucho de mí le daba un toque explosivo, ya que Ana Mary y yo resultábamos estar interconectados por otro lado (ella había trabajado durante años junto a una tía muy querida mía que vive en DF y al parecer, ella también la quería mucho); Capu le daba el toque de familiaridad, tanto gay como de nuestra amistad a la cena, y los primos y primas de Rosa Elena le dieron ese sello característico de mi amiga: la presencia vital de su familia.
A pesar de que yo ya estaba decidido, necesitaba la opinión de otros, ya fuera para confirmar mi decisión o por simple curiosidad. Elsa, Elisa, Ana Mary y Capu, todos apoyaron mi decisión. Rosa Elena la suscribió junto con su “tulipán-hot-dog”.
Así que, para la mañana del domingo me encontraba, de repente, en un autobús rumbo a DF. Allain se había encargado de mi outfit: una camisa morada, que demostrase cierta formalidad pero que no dejara de ser flamboyant, mis tradicionales jeans para tener algo muy mío y mi viejo saco gris, para resaltar el espíritu bohemio.
La espera ocurrida entre mi partida de Puebla y el encuentro con los padres del chico Iron fue como la espera antes de un concierto: sólo te queda esperar e improvisar una serie de actividades que te distraigan antes del gran evento.
Yo traía listas todas mis armas y había pensado todos los posibles escenarios. Finalmente, como decía Toño, si algo salía mal, me iba con ellos.
- ¿Ya llegaste?- me llamó el chico Iron a mi arribo como si me estuviera observando por una cámara.- Nosotros ya estamos aquí.- perfecto, iba tarde.
- Voy en camino.
Estaban en un restaurante en Polanco al que tardamos alrededor de 45 minutos en llegar, tras una breve escala en casa de los padres de Toño para que dejase mi equipaje y me diera una arreglada. Mientras más me acercaba al momento, justo como en un concierto, mi corazón latía más y más rápido. ¿Y sí se me iba la voz en el escenario?, ¿El público sería el correcto?, ¿Fallaría algún instrumento? La aparición del “Happiness” de Goldfrapp en la radio le dio un aire muy especial al momento.
“How you get to the happiness? How you get to find love, real love?” me preguntaba Allison en la radio. “A buena persona le preguntas, bonita”, pensé. Los sintetizadores psicodélicos de la canción hacían que afuera del carro figuras de múltiples colores se movieran, era como estar en un viaje de LSD antes de la comida. Por un instante quise decirle a Toño que me dejara ahí e irme corriendo, pero ya habíamos llegado muy lejos y cuando decido algo, no hay nada que me haga dejarlo.
Respiré profundo y caminé hacia el restaurante italiano. A pesar de lo que fuera, no dejaría de ser yo, no dejaría de ser ni Arturo ni Velvet, nunca lo había dejado de hacer por nadie y no lo haría ahora. Apenas atravesar dos mesas en la terraza reconocí al padre del chico Iron: eran idénticos.
Muy a pesar de mis creencias, su padre era un hombre con un gesto amable y su madre una mujer bastante guapa y elegante con un gesto, también, amable. Y no, no era el “discreto encanto de la burguesía”, era simplemente encanto.
Saludé firme al señor y respetuoso a la señora. Me presenté, hablé acerca de dónde trabajaba y de las que eran mis actividades diarias, hablé de mi carrera, tanto universitaria como musical y les conté algunos de mis planes. Sin darme cuenta, no sólo les estaba respondiendo a ellos la pregunta de “¿Quién es Arturo?”, me la estaba respondiendo a mí también.
Aquello no fue sólo soportable, sino muy agradable. Apenas tuve la oportunidad de levantarme al baño, le llamé eufórico a Rosa Elena para contarle lo bien que iba todo. No sé como, acabamos hablando apasionadamente durante hora y media acerca de la hipermodernidad y otras cosas.
Para cuando acabó la comida, me había dado cuenta de que éste había sido un gran concierto, que se había logrado su cometido: había conectado con el público. Hubo un instante, antes de irnos, en el que el chico Iron se levantó al baño.
- Quiero agradecerles por esta comida- comencé diciéndole a los padres.- y por darse la oportunidad de conocer el mundo de su hijo. Considero que ese es un paso no sólo racional, sino de amor.- una extraña sinceridad se había posesionado de mí y hablaba a través de todo lo que estaba sintiendo en ese momento, continué- acepté esta invitación, no sólo para que me conocieran, sino que para que cuando su hijo les diga que sale o habla con Arturo, sepan quién es Arturo.
Y es que para ese instante, no sé como, yo tenía una idea más clara de quién era Arturo. Su padre, me miraba emotivamente, me tomó por el hombro y me dio unas palmadas de familiaridad que rompieron con un incierto hielo.
- Nosotros también queremos agradecerte a ti, Arturo, por permitirnos conocerte.
Usaba mi nombre. Qué importante sonó eso. Caminamos un rato con sus padres y nos despedimos. Teníamos la tarde (y la aprobación) sólo para nosotros. Una de las cosas que definitivamente haríamos, sería ir al cine, recordé el “Perfect day” de Lou Reed. Le pedí al chico Iron que pasáramos a una librería.
Ya ahí, compré dos cosas: la primera, “Los tiempos hipermodernos” de Gilles Lipovetsky, la segunda, mi libreta para canciones. No tenía una libreta digna para escribir canciones y ese fin de semana ameritaba una. Pedí que me envolvieran para regalo el libro.
- Dale esto a tus padres y diles que es en agradecimiento de mi parte. Que es la continuación a la plática que tuvimos y que quizás con esto puedan ponerle nombre a muchas de las inquietudes que tienen y que no sabían como nombrar.
Fuimos a un café y posteriormente al cine. Por la noche vimos a Abel y Ricardo, les presenté al chico Iron y tomamos una botella de vino. El chico Iron había quedado de cenar
con su padre así que no quise interferir con lo ya ganado, por lo que me quedé con Abel y Ricardo.
Tras un rato con mis amigos, fui al encuentro con Toño y Gaviota.
Aquella noche, antes de dormir tomé mi cuaderno de canciones y escribí en la primera hoja, a manera de título una de las dos frases que el nuevo disco de Ladytron me dio: “My Little runaway”. Sí, ese cuaderno sería mi pequeño fugitivo a todo mal interior.
A la mañana siguiente el chico Iron me esperaba en la misma cafebrería donde había comprado “Los Tiempos Hipermodernos” la tarde anterior. Desayunaríamos ahí. Teníamos poco tiempo para vernos, ya que él tenía mucha tarea que hacer también para sus finales. Le enseñé algunas de las fotografías de mi pasado y del de mi cabello.
- Me alegra conocer al actual tú.
Las pláticas con alguien que te conoce y no te conoce son raras. Pues pareciera que ya toda la información está dada, pero aun falta mucho por saber. Sin embargo, hay momentos de silencio extraño, a veces incómodo otras familiar. Constantemente retaba al chico Iron a besarme en sitios públicos y a cada prueba, pasaba.
De hecho, yo no soy normalmente alguien que guste de exhibirse (al menos no de esa manera), sin embargo en esta nueva batalla que he desarrollado contra el closeterismo, ésta se ha convertido en una actividad interesante.
El chico Iron a su vez me enseñó algunas de sus imágenes. De su pasado, de su gente, de su mundo. En verdad que éramos distintos. Sentí miedo, mucho miedo.
Posteriormente nos fuimos a otro café a que cada uno pudiera trabajar en sus respectivos trabajos. Comenzaba a notar (o mejor dicho a comprobar) que él se estresaba con facilidad y eso no sólo no me agradaba, sino que me estresaba a mí también, haciendo que la situación me desagradase aún más.
Para cuando llegó la hora de la comida, él tuvo que partir pues había quedado de comer con sus padres. Yo me quedé en el mismo lugar a trabajar en mi ensayo acerca de “La insoportable levedad del ser”. Revisar durante cuatro horas el libro y analizarlo fue una de las cosas más peligrosas que pude hacer. Ahí estaba, accidentalmente quizás, la libromancia, o las sortes (como el lector guste en llamarle). Acordarme de Tomás, Teresa, Sabina, Franz y Karenin, del peso y la levedad, del cuerpo y el alma, del sombrero del abuelo de Sabina, la maleta de Teresa, los pájaros de la casualidad, la cubierta del cuerpo y los marineros del alma, el kitsch, el peligro de las metáforas, el vértigo, de todo. El estómago y el alma se me revolvieron.
Hubo en particular una frase que me hizo temblar hasta los huesos:
“No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís”.
¿Dónde estaban, en todo esto, los pájaros de la casualidad?
Mientras mi mente se revolvía con retorcidos pensamientos el chico Iron se apareció de repente a mi izquierda, con la respiración agitada y sudando.
- Tengo sólo dos minutos, pero no podía dejar pasar el momento. – dijo con la voz entrecortada.
Y entonces me plantó un beso.
- Mi beso de despedida.- y se fue corriendo.
Si Kundera hubiera llegado en ese momento al café a preguntarme acerca de los pájaros de la casualidad habrían ocurrido dos cosas: primero, me habría desmayado de ver al checo face to face; la segunda, yo habría estado speechless respecto a toda esta situación.
Sin darme cuenta, había pasado cinco horas inmerso en el insoportable ensayo y mi estómago, al igual que el de Teresa, hacía ruidos para demostrar que estaba vivo. De hecho, creo que estaba gritando y exigiendo comida. Sin saber exactamente dónde ir, terminé en el mismo restaurante al que había ido con los padres del chico Iron y el chico Iron la tarde anterior. Pedí lo mismo que había pedido la tarde anterior. Todo era igual, sólo que ahora no habían tumultos, ni música, ni nervios, estaba sólo yo. Hablé con mi madre y le dije: “Mamá, ésta es la vida que quiero”.
Ya tan sólo me quedaba esperar a Toño y Gaviota para después irnos a Puebla. En el tiempo que restó, pensé en ir a un café, así que empecé a caminar. Yo creía haber creado bien el mapa mental de la zona, pero al meterme entre calles me perdí.
El cielo había comenzado a nublarse y un tranquilo viento soplaba. De repente llegué a un parque.
La luz atravesaba el cielo nublado y se filtraba a través de los árboles. Tras pasar íntima por entre las hojas, rebotaba con el lago esmeralda y acariciaba mi rostro. Cerré los ojos. De repente tuve una sensación extraña, como si lloviese a la inversa, de abajo hacia arriba, como si todo a mi alrededor flotase. Y todo era verde. Un par de gansos que jugaban en el agua, aletearon y salpicaron el rectángulo lleno de agua verde azulosa, las ondas que se formaron ahí, parecían ser el reflejo de lo que estaba pasando dentro de mí. Ultrasonidos de alguna olvidada parte de mi interior salían y detenían el tiempo, decían cosas, cosas que olvidé. Y todo seguía siendo verde.
Alguna vez había soñado con esta imagen. Alguna vez había visto todo esto, pero yo estaba y no estaba aquí. Quise escribir del momento en mi “little runaway” pero preferí guardarme esa imagen.
Julio Cortázar me reveló algo que no sé si había olvidado o simplemente desconocía: eso eran las ondas en el agua, los ultrasonidos que salían desde una parte muy profunda de mí. La revelación era que había encontrado el Paraiso Perdido, el que siempre había buscado.
Por primera vez en toda mi vida la máxima que cargo escondida en mi cartera era saciada: “Never stop searching for what you love or you will end up loving what you happen to find”.
El paraíso no era el chico Iron, no eran sus padres, no eran mis amigos, la película del día anterior, la pasta que comimos o los múltiples cafés. El Paraiso se escondía detrás de todo eso, aguardaba, rondaba.
Esa tarde de lunes se abrió frente a mis ojos y lo vi entero. No era el “
El desesperado reino del amor” tampoco, ni la familiaridad que siempre había buscado. No era la sorpresa que aguarda o la infinita posibilidad. Era lo que contenía a todo eso.
Esa tarde de lunes, como una flor se estalló un luminoso y verde paraíso frente a mis ojos y en cada uno de sus infinitos pétalos una imagen, una de las tantas que he escrito, que he vivido todo este tiempo que he buscado. Ahí estaban: los ojos aguamarina, la pasión de los faunos, el “¿cómo me encontraste?”, los encuentros, los chicos, el amor, la traición, el vértigo, el sexo, el amor otra vez y la muerte. Ahí estaban todos. Y todos llovían de abajo hacia arriba y de vuelta. Me observaban. Me sonreían.
Cada uno de esos pétalos, de esas imágenes comenzó a hacer una sinfonía que sólo yo conozco y que nadie, mas que la anciana, los gansos, los árboles y yo podremos recordar.
Me quedé sentado en mi banca. Cerré los ojos, la sinfonía cortó a la imagen y todo se volvió verde.
Subi a escada de papelão
Imaginada
Invocação
Não leva a nada
Não leva não
É só uma escada de papelão
Há outra entrada no
Paraíso
Mais apertada
Mais sim senhor
Foi inventada
Por um anão
E está guardada
Por um dragão
Eu só conheço
Esse caminho
Do Paraíso
Madredeus, O Paraíso