Declaré hoy, en mi diario, el día en el oficialmente comencé a amar a Simon & Garfunkel. Muchas señales se habían ido juntando para este momento. La primera, hace muchísimos años, fue mi padre –que yo digo es hippie folkero de clóset- que los amaba y los escuchaba todas las tardes de sábado en el jardín o en los largos caminos de carretera. La segunda vino bastante años después, con la película Garden State que me hizo descubrir The only living boy in New York, una canción fundamental en el soundtrack de mi vida. Wacthmen este año me hizo apreciar de nuevo The sound of silence –en la escena del funeral de The Comedian-. Finalmente, por azares del shuffle, me encontré con la que creo es mi favorita: The Boxer, una balada que narra la lucha de un joven por vivir en la gran ciudad.
Poco después se daría el reencuentro con Danette y Tomás, quienes resultaban ser amantes de Simon & Garfunkel, tanto que le pusieron a su hijo Simon y que, en estos días en los que sus padres están de viaje, está a mi cargo.
Simon es una rana sensacional. Pequeña, albina, casi invisible. Su nombre en realidad es Simon II, ya que Simon I murió hace unos meses. Originalmente serían dos ranas, pero r cuando Danette introdujo a Simon II en la vida de Garfunkel –compañera original de Simon I-, el primero se comió vivo al segundo. Sí, Simon se comió a Garfunkel.
La llegada de Simon a mi vida hizo que me pusiera a revisar la música del dueto estadounidense, y con eso, The Boxer. Si antes me gustaba, ante los acontecimientos que han pasado en mi vida últimamente, he decidido incluirla en la música de 2009 y, por lo mismo, he declarado éste como el día en el que oficialmente comencé a amar a Simon & Garfunkel.
Toda esta reflexión ocurrió mientras estaba en un taxi varado en pleno Eje Central camino a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Ricardo me había citado pues hoy se discutiría la iniciativa que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo en el DF.
Estuve al menos cuarenta minutos atorado en el tráfico, tiempo suficiente como para llegar a la conclusión anterior. Llegué corriendo a la ALDF y, afortunadamente, la sesión aún no comenzaba. Sin embargo, Ricardo había tenido que esperarme un buen rato afuera del edificio.
La sesión duró unas dos horas, tal vez más. A pesar de que teníamos casi la seguridad de que se aprobaría el dictamen, no era un hecho. Y escuchamos todo tipo de argumentos. Según los diputados panistas que subieron al podio a expresarse en contra, la gente que tenemos una sexualidad diferente a la heterosexual no somos capaces de “dar amor” y debido a esto, el matrimonio –que, según ellos, es una institución natural y no legal, a pesar de que todos somos iguales ante la ley- no es algo que nos corresponda. Dejaron claro que ya teníamos suficiente con las Sociedades de Convivencia (¿Para que darnos el matrimonio si ya tenemos una figura legal que nos proteja?); y qué decir de la adopción, los del PVEM fueron muy firmes al decir que una pareja homosexual no es, de ningún modo, el ejemplo ideal para un niño.
Se dijeron cosas ciertamente hirientes para la gente que no somos heterosexuales. Lo más triste fue ver el cinismo con el que algunos lo hacían, la sorna con la que otros se expresaban –en verdad, había diputados riendo sarcásticamente mientras se hablaban los puntos a favor- y el olvido del verdadero tema para darle tintes más bien partidistas (y en esto incluyo tanto a los de izquierda como derecha). En pocas palabras, había momentos que quería levantarme de mi asiento, aventarme hacia donde estaban los diputados y golpearlos, escupirles o patearlos. Pero, evidentemente, no lo iba a hacer. Había que ser paciente, escuchar para poder ser escuchados. Como la leyenda del metro que Ricardo siempre me repite: “Antes de entrar, deje salir”.
Los comentarios claramente homófobos de muchos me hicieron recordar algo que no debí haber olvidado nunca: la intolerancia sigue existiendo, el odio, la gente con una mentalidad en la que algunos simplemente no cabemos están ahí, afuera, en los sitios donde se hacen nuestras leyes y en todos lados. Estoy de acuerdo con algunos argumentos de la bancada conservadora en torno a los huecos legales de esta propuesta, sin embargo, no estoy de acuerdo con los dardos de intolerancia que varios ahí lanzaron.
Todos brincamos de la emoción cuando, finalmente, se aprobó la propuesta de matrimonio. Y no sólo eso: también se aprobó la adopción.
Tal vez muchos lectores no lo sepan, pero uno de mis sueños es ser padre. Evidentemente no ahora, apenas y puedo con mis plantas. Pero algún día, más que casarme, me encantaría tener un hijo o hija ¿Pero qué se puede pensar cuando uno, no sólo escucha este tipo de reacciones de quienes hacen nuestras leyes, sino también, de la gente común? Apenas llegué a casa de Ricardo y Abel para comer, me conecté para ver algunos periódicos digitales. Los comentarios en las notas de muchos daban tristeza. No recordaba que nos odiaran tanto. No en el siglo XXI. No en un país que quiere estar a la vanguardia de muchas cosas. No en un país cuya esencia cultural es la diversidad.
De broma decidí twittear uno de los que leí en El Universal, pero leyendo otros, eran francamente decepcionantes y tristes.
Nos han amputado el amor y se han olvidado que eso es lo que más humanos nos hace, por ende, es lo más natural que tenemos. Regreso al argumento que toda la vida he utilizado ante la homofobia y los prejuicios ¿Desde cuando el amor se volvió anti natural?
Esta misma tarde, tuve que ir a un centro comercial para buscar regalos navideños e informarme acerca de un celular de plan (qué quieren, sigo firme en mi compromiso de hacer compromisos y cumplirlos). La espera para ser atendido, según la señorita del registro, era de al menos hora y media, así que en ese rato, empecé a rondar por la tienda/centro de atención. Mientras veía un IPhone –que tanto deseo- se acercó a mí un niño de ocho años.
- Mi papá se está comprando uno.- me dijo el chico.
- ¡Hey! Qué bien, yo me quiero comprar uno también.- le contesté.
- Están padrísimos, ¿No?
- Sí, son muy chidos…- le dije al niño.
Mientras él jugaba con el teléfono, recordé los comentarios que había escuchado y leído acerca de los homosexuales y los niños, tricky tricky. Me sentí mal, sentí como si las 200 personas que esperaban su turno me estuvieran viendo justo como esos asambleistas que aseguraron que los homosexuales somos un pésimo ejemplo para la infancia o, peor aún –como muchos lectores de El Universal en línea afirman y seguro muchos diputados y más gente piensa-, una especie enferma, con una condición que nos hace pederastas. Tenía una broma muy buena que hacerle al niño, en verdad, pero sentí pavor de que esos 200 ojos me malinterpretaran.
Como mi turno para ser atendido era el 225 y apenas iban en el 167, me fui a un café a hacer tiempo. La cola ahí era enorme también, como en todos lados. La cafeína actuó más rápido de lo que pensé y hube de correr al baño, donde me encontré con otra fila larga: tardé 15 minutos en poder entrar a un WC. Las cosas naturales no deberían de tardar tanto, o al menos todos deberíamos de poder tener un acceso normal a ellas.
Finalmente pude volver a la tienda y tras esperar un poco más me atendieron y resolvieron mis dudas. Tuve que caminar a casa porque la fila para el metrobús era infinita y el tráfico comenzaba a ser pesado.
A pesar de haber resuelto varios pendientes, no podía sacar de mi cabeza todo lo que había pasado hoy: había sido un día histórico, la primera ciudad de América Latina en legalizar el matrimonio y la adopción para parejas del mismo sexo, los comentarios homófobos, la furia, el miedo, el chico de ocho años y nuestra conversación interrumpida, el recuerdo de la intolerancia, las ganas de ser padre. Todo en el camino de Reforma a mi casa. Concluí que lo mejor para aligerar el paso y la cabeza, era poner a Simon & Garfunkel, The Boxer en concreto.
En el camino, llegué a la conclusión de que ésta es la ciudad de la paciencia. Se requiere tener una infinita paciencia para vivirla. Hay quienes la tienen, ha quienes no. Paciencia para el tráfico que parece nunca avanzar, para las eternas filas que están en todos lados y no sabemos a donde nos llevan. Paciencia para esperar a un amigo afuera de un edificio. Paciencia para una sesión de casi tres horas de debate. Paciencia para los que no oyen o los que no nos aceptan, que siguen siendo muchos. Paciencia para no dejar que la violencia se apodere de nosotros. Paciencia por nuestros deseos, que aunque comencemos a luchar por ellos, puede ser que tarden mucho más de lo que creemos en llegar (cuántos activistas, organizaciones y tiempo se requirieron para que llegara este día). Paciencia en el café. Paciencia para la fila del baño. Paciencia para el miedo, que nos ataca cuando menos lo esperamos. Paciencia para el metrobús, para la calle. Paciencia para las cosas buenas, que si son buenas en verdad, tardan en llegar. Y paciencia para escuchar una canción, que muchas veces, cuando menos lo esperamos, puede estarnos diciendo justo lo que necesitamos escuchar.
Insisto, hay quienes la tienen y quienes no. Y sólo por eso, declaro oficialmente hoy como el día en el que empecé a amar a Simon & Garfunkel, pero también, el día en el que nos convertimos en la primera ciudad de América Latina en legalizar el matrimonio y adopción para personas del mismo sexo. ¿Y saben qué es lo mejor del caso? RosaElena me hizo entenderlo: Vivo en ella.