Posted in diciembre 2009

El Cristo de Tierras Negras

La señora Teresa, doña Tere, tendrá unos setenta años, tal vez más, tal vez menos. Ella me conoce desde antes que yo naciera. La historia de esta mujer se enreda con la de mi familia desde hace cincuenta años, tal vez más, tal vez menos.

Doña Tere trabajó en la fábrica de mi bisabuelo siendo bastante joven y estuvo ahí hasta que la cerraron. Como acto simbólico, mi bisabuelo le regaló el Cristo que tenían en la fábrica y que había sido bastante representativo para todos los que ahí trabajaron. Mi abuela incluida, llamada Teresa también.

Para cuando doña Tere había dejado la fábrica, ya tenía una familia hecha, y  una pequeña cenaduría llamada Tierras negras en la que prepararan enchiladas, gorditas, atole, tacos y, en ocasiones especiales, pozole.

Tiempo después, mi bisabuelo, la familia y prácticamente medio Celaya iban a cenar a Tierras negras. No fue sino hasta la noche del funeral de mi bisabuela, hace casi siete años que descubrí algo: al fondo del local, tenían la figura del Cristo que la señora Tere se había llevado. Recuerdo que aquella noche nos regalaron la cena.

Desde que vivo lejos de Querétaro, cada vez que vengo a Celaya pido ir a cenar enchiladas de Tierras negras, como si fuese mi última noche en la Tierra. De hecho, si fuese en realidad el último día de mi vida sería lo que pediría para cenar.

Tal es mi fascinación por estas enchiladas que anoche, a pesar de haber cenado ya, cuando Gabo me dijo que fuéramos no dudé un segundo en ir y cené por segunda vez.

Hoy, al ser mi última noche en Celaya y aprovechando la visita de mis padres, les pedí que me llevaran. Cené una orden de enchiladas, una gordita y un taco de barbacoa.

Justo cuando nos íbamos, mi madre le preguntó a Doña Tere –quien, por cierto, bajó radicalmente de peso tras una enfermedad- qué tan milagroso era el cristo de mi bisabuelo.

-       Mucho.- afirmo contundente la mujer.

Mi madre y mi abuela nos pidieron a mi padre y a mí que nos adelantáramos mientras ellas le pedían algo. Esperándolas en la calle, recordé que hay gente con fe, como ellas y que hay gente con pasado, como Doña Tere. Dos cosas que en ocasiones suelo olvidar.

Espero sea tan milagroso como dicen y espero mi madre y abuela hayan pedido algo por mí, que no me vendría nada mal un milagro para este próximo año.

Cosas de familia: Obsesiones (Segunda parte)

Siempre que vengo a mi tradicional ir y venir Querétaro-Celaya de fin de año me pongo vulnerable. Me canso más de lo que acostumbro, me irrito con una facilidad inaudita y me transformo en alguien a quien a veces no reconozco: intolerante, sin capacidad para comprender o escuchar y, a veces, grosero.

Me hace sentir fatal el hecho de que quienes tengan que soportar a esa persona que tanto me molesta sean mis padres. Y es que siempre me transformo en ese otro con ellos.

Mi transformación se debe también a los pequeños detalles de ellos que no soporto, a las obsesiones que los caracterizan y que me sacan de quicio. Lo que no entiendo es ¿Por qué sólo con ellos? ¿Acaso estas obsesiones nos afectan sólo con la gente que es más cercana a nosotros? ¿O acaso lo que ocurre es que nos da pavor saber que tenemos algo de ellos en nosotros?

Mis padres no son los únicos cuyas obsesiones me obsesionan. En sí, me ocurre con la familia en general. Y en un grado menor, con mis amigos más cercanos.

Pondré un par de ejemplos inocuos: mi padre gusta de guardar los vasos de unicel de cafés que ha comprado en el OXXO para luego lavarlos y en ellos prepararse su té nocturno. Dice que en ellos su bebida es más grande y se mantiene durante mucho más tiempo caliente. Mi madre, por su parte, tiene una particular forma de interrumpir las conversaciones y desplegar su sentido del humor con la demás gente.

Ambas situaciones, cuando vengo y las presencio, me sacan de quicio. Me molestan de una manera que pocas veces veo en mí. Pero ¿Por qué?

Apenas dejo la ciudad, mientras el autobús avanza y los veo despedirse, pienso en todos mis malos gestos, en mis miradas de desesperación, en las veces que alcé la voz o que dije algo hiriente y me dan ganas de bajar corriendo del autobús para decirles que los quiero.

Evidentemente esto es imposible –no lo puedo hacer cada vez que vengo- y sinceramente creo que es una actitud muy cobarde de mi parte. Ya que si fuese más valiente, esas pequeñas obsesiones dejarían de molestarme en el momento y podría disfrutarlos más, en vez de obsesionarme por estúpidas nimiedades.

Y no sólo eso. Días después, cuando pienso en ellos, recuerdo esos detalles y no sólo no me molestan: me gustan o me hacen sentir orgulloso. Por parte de mi padre, me hacen pensar que es una buena actitud anti-sistema, en contra de las buenas costumbres y el buen gusto, además de una actitud bastante ecologista. En pocas palabras, es una comodidad muy personal y absolutamente respetable en la que un hijo ingrato no debería reparar. Por el lado de mi madre, cuando alguien me pregunta por ella, o cuando la siento lejos, extraño más que nunca su imprudencia.

Pero el ciclo empieza de nuevo y apenas vengo me olvido de todo lo anterior y vuelvo a obsesionarme. A convertirme en esa persona intolerante que tanto detesto. Yo, que escribo aquí tanto acerca de la tolerancia y el derecho a ser quien uno quiera ser, no soporto las particularidades de mis padres. Es ilógico ¿No?

¿Y qué hay del lado opuesto? Ellos nunca se ofuscan ante mis neurosis, aceptaron con una valentía brutal mi inestabilidad emocional y mi identidad sexual, en pocas palabras, ellos me toman sin más, sin decir nada. Aquí deja de ser ilógico para comenzar a ser injusto ¿No?

Querer a la gente no es nada fácil. Amarlos, es complicado, difícil y delicado. Pero creo que cuando se llega a ese punto, uno puede más que todo el clan de las obsesiones.

Lo curioso es que, consultándolo con otros amigos, resulta ser que las obsesiones de sus padres les producen algo muy similar a lo mío. ¿Cuál es el problema con las obsesiones de nuestros padres y nuestra renuencia a tomarlas sin decir más?

La verdad no lo sé, pero por eso que he decidido extender mi estancia acá. No quiero irme con la sensación de bajar del autobús y pedir perdón. Quiero hacerlo en su cara, con la valentía que se merecen. Y esto lo hago, porque no quiero que llegue el día en el que extrañe el maldito vaso de unicel del OXXO o la imprudencia de mi madre. Llegará, es un hecho, pero al menos quiero recibirlo con la tranquilidad de la nostalgia y no con el vacío de lo perdido.

Cosas de familia: Bichos raros (Primera parte)

-       Gracias por darme la mejor navidad de mi vida, ustedes son mi verdadera familia- dijo mi amigo Marcos E. Mientras Ricardo, Yahir, Andrés, otros amigos y yo lo acompañábamos tirados en la sala de su casa a las cuatro de la mañana del 24 de diciembre, viendo cómo las luces de su arbolito navideño parpadeaban en el techo y con Björk cantando All is full of love.

Marcos no es el tipo de gente que diga cosas a la ligera, y mucho menos frases que podrían ser interpretadas en otro contexto como el guión de un mal drama cinematográfico. Si Marcos dijo aquello era porque en aquel momento lo estaba sintiendo profundamente. Y no era el único.

Aún no sé si aquella cena con mis amigos fue la mejor navidad de mi vida, pero definitivamente, ha sido una de las más divertidas que he tenido. De hecho, toda esta temporada navideña ha sido una de las mejores en mucho tiempo.

Además de divertida, ha sido una de las más honestas: he logrado tener con gran parte de la gente que quiero un espacio para recordar por qué son parte del entramado de personas que le dan sentido a lo que soy.

Los primeros quince años de mi vida batallé por muchas cosas. Saber quién era, encontrar un lugar en el mundo y saber quién era mi familia son algunas de esas batallas. Y es que yo nunca terminé de entender del todo el concepto de familia que se me vendía.

Durante toda mi infancia me dieron a entender que la familia eran el padre, la madre y los hijos. Luego venían los tíos, los abuelitos y los primos. Ah, y el perro o el gato.

¿Pero qué era eso que yo tenía en casa? Sí, tenía papá y mamá. Pero no había más hijos ¿Por qué los libros de la SEP insistían en retratar a más niños en una casa? ¿Qué no había otras casas en el país en la que los papás hubieran tenido sólo un niño? No, ese no era yo y, por ende, mi familia no podía salir caricaturizada en un libro de la SEP (se hubiera visto un poco vacía la imagen ¿No?).

Posteriormente me enteré que mis padres, a diferencia de casi todos mis compañeros de la escuela y de mis primos, no estaban casados. Ni por la iglesia ni por el civil. ¿Entonces no eran padres? ¿No éramos una familia? Para un niño de siete años era muy complicado entender el hecho de que una familia era gente que daba amor y sustento, pero que, a la vez, debía tener cierta forma. Como los hijos extra o el matrimonio.

Sumado a esto, se encuentra el hecho de que durante esos primeros quince años de mi vida, me sentí un bicho extraño que no pertenecía a esa gran familia llena de otras familias pequeñas con padres casados y más de un hijo.

Cuando tenía diez años dejamos Querétaro y con él a las familias de mi padre y mi madre. Empezamos a andar solos. Y lo pasamos muy bien. Por el trabajo de mi padre, viajamos por todo el país y conocimos a todo tipo de personas. En este recorrido, se unieron amigos de mis padres yo sentía más cercanos que muchos tíos biológicos y, lo importante, empecé a hacer mis propios amigos.

En Mérida tuve al primer amigo con el que me empecé a sentir lo suficientemente cómodo como para ser yo: Guillermo. Tenía doce años y comencé a creer que tal vez no era un bicho tan raro o que, al menos, había más bichos raros ahí afuera. Ahí también se acabaron los libros de la SEP que retrataban a las familias que no eran la mía.

En Puebla, y a los quince años, conocí a la gente que me hizo sentir por primera vez como digno de ser retratado o caricaturizado para la definición de familia: los Balodeza. Un grupo de quinceañeros o diecisesañeros, bichos raros también, que necesitaban un lugar para poder ser ellos y una madre a la que contarle sus cosas. Mi departamento y mi madre parecieron ser los adecuados. Generamos así, pues, algo que para mí era lo más cercano a una familia: éramos nosotros mismos y experimentábamos entre nosotros toda la gama de emociones que el ser humano es capaz de experimentar, unos con otros.

La relación con esta gente llegó al grado de que, hoy día, ellos me conocen más que yo mismo. Pero lo interesante fue que, durante los ocho años que viví en Puebla, conocí a muchos bichos raros más a los que pude llamar familia. No pienso nombrarlos uno a uno porque los leen en las crónicas de este blog.

Poco a poco pude ir mezclando realidades, y mi familia construida se mezclo con la biológica al punto de que mi madre dice haber llegado a Puebla con un hijo y salido con cinco.

Para cuando me mudé a DF hace año y medio, la imagen de mi familia era la de un gigantesco parche manufacturado a partir de muchos otros parches, muy dispares todos, pero con el material necesario para unirlos.

Cuando yo creía tener perfectamente consolidada mi familia de bichos raros, llegó un curioso reencuentro con mi familia biológica extendida ¡Y descubrí que cada uno de ellos era un bicho raro también! Así pues, en vez de visualizarlos como un conjunto amorfo metido en el cajón “FAMILIA” me dediqué a conocerlos uno a uno, con todas las rarezas que los componen.

Como seguramente a muchos lectores les habrá pasado, actualmente me conoce mucho mejor mi familia parche que mi familia biológica, pero en estos últimos años, estoy intentando encontrar en los genéticos el material o el trozo de tela a partir del cual los podré coser a mi gigantesco parche de bichos raros. En unos ya lo encontré, en otros sigo trabajando duro. Pero lo curioso es que ya no me interesa en lo más mínimo salir en un libro de la SEP, y si me pidieran retratar a mi familia, se requeriría de muchas páginas o de un enorme mapa para explicar mi concepto de familia.

A nosotros no hay instituciones o sacramentos que nos unan. Legalmente, sólo unos papeles me ligan a mis padres y a ellos una especie de constancia que sacaron cuando yo tenía siete años que explica que viven en unión libre y que tienen un hijo. Pero sé que son mis padres, créanme: mi nariz, mi neurosis, mi despiste y mi obsesión por los datos inútiles lo confirman contundentemente.

Hoy, mi familia biológica extendida son una serie de individuos que estoy reconociendo y entendiendo. Si nos salen bien las cosas, los podré coser a ese parche. Si no, habremos sido dos personas con un cierto vínculo genético.

Ayer, después de una reunión familiar, mi madre me dijo: “Antes tenía mucho miedo del día en que tu padre y yo muriéramos”, refiriéndose al hecho de que me quedaría solo. Su comentario siguiente fue: “Ahora veo que te armaste de tus propios hermanos y esposas”.

Por todo lo anterior y una serie de cosas que requerirían de muchas, muchas páginas más, no comprendo como mucha gente se empeña en decir que la familia es solamente la que surge a partir del matrimonio entre un hombre y una mujer, con los hijos que Dios les da ¿En verdad todas las familias de este país son así? Estoy seguro que la mayoría de los lectores de esta página tendrán su propio parche de bichos raros, imposible de retratar en libro de la SEP.

Me da más tristeza aún el hecho de que algunas de las personas que piensan esto hacen nuestras leyes. Para ellos, mi parche de bichos raros no es una familia. Lo aseguraron parándose el pasado 21 de diciembre en la Asamblea Legislativa del DF, diciendo que la gente como yo no podemos dar amor, somos el peor ejemplo para la infancia y no podemos generar matrimonios ni familias. Si me atengo a sus definiciones, entonces soy una especie de huérfano sin capacidad de dar ni recibir amor. Pero es muy contradictorio, porque en los últimos diez años de mi vida es lo que menos he sentido. Contradictorio para un chico de siete años o un tipo de 24.

Pero claro, qué puedo decirle yo a todos ellos que lamentablemente no son bichos raros y, por ende, no pueden armarse un parche tan grande y tan bonito como el mío. Pobres de ellos.

Lista de regalos recibidos esta navidad

1. Un karaoke.

2. Calcetas.

3. Un sweater.

4. Más calcetas.

5. Loción noventera.

6. Chingos -sí, chingos- de kisses.

7. Un reloj para mi cocina.

8. Un frasco para guardar algo, lo que sea, para mi cocina.

9. Dos playeras.

10. Un chico guapo con inauditos conocimientos musicales y cinematográficos que anoche me pidió mi teléfono a las 4 am mientras me dejaba en casa de mi abuela y al que decidí no besar por, como diría Yhali, hacer algo diferente, aunque sea sólo por una vez en la vida.

11. Ah, y el hecho de que entre mi familia, Gabo, mis amigos y todas las anteriores me siento en una extraña mezcla de Love actually y la película indie que usted escoja.

Feliz navidad.

Imágenes de Lionheart @ Pasaje América

Lasserette, Fausto Bahía & Velvet Boy

Aquí algunas imágenes de la pasada tocada de Lionheart en el Pasaje América el viernes 18 de diciembre. Agradecemos a Mario Morales por las fotografías. También el blog Punkxis publicaron un post muy lindo de nuestra presentación, mismo que pueden checar aquí.

Lasser en el Pasaje...

Lasserette Fausto y Velvet...

La ciudad de la paciencia

Declaré hoy, en mi diario, el día en el oficialmente comencé a amar a Simon & Garfunkel. Muchas señales se habían ido juntando para este momento.  La primera, hace muchísimos años, fue mi padre –que yo digo es hippie folkero de clóset- que los amaba y los escuchaba todas las tardes de sábado en el jardín o en los largos caminos de carretera. La segunda vino bastante años después, con la película Garden State que me hizo descubrir The only living boy in New York, una canción fundamental en el soundtrack de mi vida. Wacthmen este año me hizo apreciar de nuevo The sound of silence –en la escena del funeral de The Comedian-. Finalmente, por azares del shuffle, me encontré con la que creo es mi favorita: The Boxer, una balada que narra la lucha de un joven por vivir en la gran ciudad.

Poco después se daría el reencuentro con Danette y Tomás, quienes resultaban ser amantes de Simon & Garfunkel, tanto que le pusieron a su hijo Simon y que, en estos días en los que sus padres están de viaje, está a mi cargo.

Simon es una rana sensacional. Pequeña, albina, casi invisible. Su nombre en realidad es Simon II, ya que Simon I murió hace unos meses. Originalmente serían dos ranas, pero r cuando Danette introdujo a Simon II en la vida de Garfunkel –compañera original de Simon I-, el primero se comió vivo al segundo. Sí, Simon se comió a Garfunkel.

La llegada de Simon a mi vida hizo que me pusiera a revisar la música del dueto estadounidense, y con eso, The Boxer. Si antes me gustaba, ante los acontecimientos que han pasado en mi vida últimamente, he decidido incluirla en la música de 2009 y, por lo mismo, he declarado éste como el día en el que oficialmente comencé a amar a Simon & Garfunkel.

Toda esta reflexión ocurrió mientras estaba en un taxi varado en pleno Eje Central camino a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Ricardo me había citado pues hoy se discutiría la iniciativa que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo en el DF.

Estuve al menos cuarenta minutos atorado en el tráfico, tiempo suficiente como para llegar a la conclusión anterior. Llegué corriendo a la ALDF y, afortunadamente, la sesión aún no comenzaba. Sin embargo, Ricardo había tenido que esperarme un buen rato afuera del edificio.

La sesión duró unas dos horas, tal vez más. A pesar de que teníamos casi la seguridad de que se aprobaría el dictamen, no era un hecho. Y escuchamos todo tipo de argumentos. Según los diputados panistas que subieron al podio a expresarse en contra, la gente que tenemos una sexualidad diferente a la heterosexual no somos capaces de “dar amor” y debido a esto, el matrimonio –que, según ellos, es una institución natural y no legal, a pesar de que todos somos iguales ante la ley- no es algo que nos corresponda. Dejaron claro que ya teníamos suficiente con las Sociedades de Convivencia (¿Para que darnos el matrimonio si ya tenemos una figura legal que nos proteja?); y qué decir de la adopción, los del PVEM fueron muy firmes al decir que una pareja homosexual no es, de ningún modo, el ejemplo ideal para un niño.

Se dijeron cosas ciertamente hirientes para la gente que no somos heterosexuales. Lo más triste fue ver el cinismo con el que algunos lo hacían, la sorna con la que otros se expresaban –en verdad, había diputados riendo sarcásticamente mientras se hablaban los puntos a favor- y el olvido del verdadero tema para darle tintes más bien partidistas (y en esto incluyo tanto a los de izquierda como derecha). En pocas palabras, había momentos que quería levantarme de mi asiento, aventarme hacia donde estaban los diputados y golpearlos, escupirles o patearlos. Pero, evidentemente, no lo iba a hacer. Había que ser paciente, escuchar para poder ser escuchados. Como la leyenda del metro que Ricardo siempre me repite: “Antes de entrar, deje salir”.

Los comentarios claramente homófobos de muchos me hicieron recordar algo que no debí haber olvidado nunca: la intolerancia sigue existiendo, el odio, la gente con una mentalidad en la que algunos simplemente no cabemos están ahí, afuera, en los sitios donde se hacen nuestras leyes y en todos lados. Estoy de acuerdo con algunos argumentos de la bancada conservadora en torno a los huecos legales de esta propuesta, sin embargo, no estoy de acuerdo con los dardos de intolerancia que varios ahí lanzaron.

Todos brincamos de la emoción cuando, finalmente, se aprobó la propuesta de matrimonio. Y no sólo eso: también se aprobó la adopción.

Tal vez muchos lectores no lo sepan, pero uno de mis sueños es ser padre. Evidentemente no ahora, apenas y puedo con mis plantas. Pero algún día, más que casarme, me encantaría tener un hijo o hija ¿Pero qué se puede pensar cuando uno, no sólo escucha este tipo de reacciones de quienes hacen nuestras leyes, sino también, de la gente común? Apenas llegué a casa de Ricardo y Abel para comer, me conecté para ver algunos periódicos digitales. Los comentarios en las notas de muchos daban tristeza. No recordaba que nos odiaran tanto. No en el siglo XXI. No en un país que quiere estar a la vanguardia de muchas cosas. No en un país cuya esencia cultural es la diversidad.

De broma decidí twittear uno de los que leí en El Universal, pero leyendo otros, eran francamente decepcionantes y tristes.

Nos han amputado el amor y se han olvidado que eso es lo que más humanos nos hace, por ende, es lo más natural que tenemos. Regreso al argumento que toda la vida he utilizado ante la homofobia y los prejuicios ¿Desde cuando el amor se volvió anti natural?

Esta misma tarde, tuve que ir a un centro comercial para buscar regalos navideños e informarme acerca de un celular de plan (qué quieren, sigo firme en mi compromiso de hacer compromisos y cumplirlos). La espera para ser atendido, según la señorita del registro, era de al menos hora y media, así que en ese rato, empecé a rondar por la tienda/centro de atención. Mientras veía un IPhone –que tanto deseo- se acercó a mí un niño de ocho años.

-       Mi papá se está comprando uno.- me dijo el chico.

-       ¡Hey! Qué bien, yo me quiero comprar uno también.- le contesté.

-       Están padrísimos, ¿No?

-       Sí, son muy chidos…- le dije al niño.

Mientras él jugaba con el teléfono, recordé los comentarios que había escuchado y leído acerca de los homosexuales y los niños, tricky tricky. Me sentí mal, sentí como si las 200 personas que esperaban su turno me estuvieran viendo justo como esos asambleistas que aseguraron que los homosexuales somos un pésimo ejemplo para la infancia o, peor aún –como muchos lectores de El Universal en línea afirman y seguro muchos diputados y más gente piensa-, una especie enferma, con una condición que nos hace pederastas. Tenía una broma muy buena que hacerle al niño, en verdad, pero sentí pavor de que esos 200 ojos me malinterpretaran.

Como mi turno para ser atendido era el 225 y apenas iban en el 167, me fui a un café a hacer tiempo. La cola ahí era enorme también, como en todos lados. La cafeína actuó más rápido de lo que pensé y hube de correr al baño, donde me encontré con otra fila larga: tardé 15 minutos en poder entrar a un WC. Las cosas naturales no deberían de tardar tanto, o al menos todos deberíamos de poder tener un acceso normal a ellas.

Finalmente pude volver a la tienda y tras esperar un poco más me atendieron y resolvieron mis dudas. Tuve que caminar a casa porque la fila para el metrobús era infinita y el tráfico comenzaba a ser pesado.

A pesar de haber resuelto varios pendientes, no podía sacar de mi cabeza todo lo que había pasado hoy: había sido un día histórico, la primera ciudad de América Latina en legalizar el matrimonio y la adopción para parejas del mismo sexo, los comentarios homófobos, la furia, el miedo, el chico de ocho años y nuestra conversación interrumpida, el recuerdo de la intolerancia, las ganas de ser padre. Todo en el camino de Reforma a mi casa. Concluí que lo mejor para aligerar el paso y la cabeza, era poner a Simon & Garfunkel, The Boxer en concreto.

En el camino, llegué a la conclusión de que ésta es la ciudad de la paciencia. Se requiere tener una infinita paciencia para vivirla. Hay quienes la tienen, ha quienes no. Paciencia para el tráfico que parece nunca avanzar, para las eternas filas que están en todos lados y no sabemos a donde nos llevan. Paciencia para esperar a un amigo afuera de un edificio. Paciencia para una sesión de casi tres horas de debate. Paciencia para los que no oyen o los que no nos aceptan, que siguen siendo muchos. Paciencia para no dejar que la violencia se apodere de nosotros. Paciencia por nuestros deseos, que aunque comencemos a luchar por ellos, puede ser que tarden mucho más de lo que creemos en llegar (cuántos activistas, organizaciones y tiempo se requirieron para que llegara este día).  Paciencia en el café. Paciencia para la fila del baño.  Paciencia para el miedo, que nos ataca cuando menos lo esperamos. Paciencia para el metrobús, para la calle. Paciencia para las cosas buenas, que si son buenas en verdad, tardan en llegar. Y paciencia para escuchar una canción, que muchas veces, cuando menos lo esperamos, puede estarnos diciendo justo lo que necesitamos escuchar.

Insisto, hay quienes la tienen y quienes no. Y sólo por eso, declaro oficialmente hoy como el día en el que empecé a amar a Simon & Garfunkel, pero también, el día en el que nos convertimos en la primera ciudad de América Latina en legalizar el matrimonio y adopción para personas del mismo sexo. ¿Y saben qué es lo mejor del caso? RosaElena me hizo entenderlo: Vivo en ella.

Lluvia en Diciembre

A mí me encantan las cosas inusuales e inesperadas. No sorpresas tontas, sino verdaderos eventos que uno jamás imaginaría que iban a pasar o que, de repente, llegan y lo sorprenden a uno. Es como cuando ponen en la radio una canción que te fascina y que habías olvidado o como cuando te encuentras en la calle a alguien de tu vida pasada. O, tal vez, como en el día de hoy, la lluvia de diciembre.

Estoy casi seguro que el ver las calles húmedas es más un resultado del cambio climático que de bonitas casualidades, pero qué quieren, soy un romántico irredento: me es inevitable pensar que es lindo encontrar lluvia, porque a mí me encanta. No me percaté de la lluvia porque estaba tomando cerveza y platicando con un viejo amigo de RosaElena, que anda estos días de visita en el DF. Cuando el amigo salió a despedirnos a la puerta, había un par de charcos y una leve capa de humedad. Ciertamente estaba fuera de cuadro.

Este amigo, es uno que RosaElena no había visto en, al menos, cuatro años y por fin hoy se reencontraron. Hablaron de todas esas cosas que formaron parte de la vida de ambos en cierto tiempo muy específico de la vida de mi amiga, y muy ajeno a mí, conocido tal vez sólo por pláticas de Ro, del que yo no fui parte porque aún no nos conocíamos. Había ahí, pues, una nostalgia comprendida pero no compartida, pues yo no viví eso.

En algún momento de la conversación salió mi apellido, y entonces la pareja de este amigo me preguntó:

- ¿Eras algo de Cecilia Loría?

- Sí, su sobrino- contesté, como a toda la gente que a lo largo de este año me ha hecho esa pregunta.

Entonces sentí como si toda la lluvia de diciembre me cayese encima. Fría, helada y absolutamente inesperada e inusual. Y ese que ha pasado poco más de una año en que me hacen esa pregunta en tiempo pasado.

No recuerdo qué otras cosas se hablaron tras esa pregunta y mi automática respuesta, pues apenas balbucear algunas palabras me acordé de ella, llevándome a comer con mi tío Carlos esperando a recoger a mis primos, de ella en la carretera a Querétato en la navidad de hace unos años contándome acerca del trabajo de mucha gente, de ella en la cama sonriéndome con ese gesto tan suyo y del que ya he hablado, de toda ella. Y me di cuenta de que, de repente, se había pasado un año. Un año tan pesado, tan cruel, pero a la vez tan necesario.

El beso, las flores, los domingos y todo lo que venía con eso y que ya no volverá vino a mi cabeza. Y simplemente ya no volverá porque jamás podré volver a ser nuevo en esta ciudad y porque hay cosas que no vuelven.

Salí de mi ensoñación y le pregunté a la pareja del amigo si la había conocido:

- No, pero he oído mucho de ella.- me contestó

- Es curioso, yo también.- le dije.

Ro notó mi ausencia y me ayudó a cambiar el tema; tuve que pararme al baño y respirar un poco. El extrañamiento y las memorias me duraron un buen rato, hasta que nos fuimos creo, y descubrimos que había lluvia de diciembre. Algo inusual, que te llega de repente y te moja, como una canción vieja en la radio, un amigo en la calle o alguien a quien extrañas y que sale en la conversación más inesperada.

El centro del universo

Son las 4:52 de la mañana y apenas estoy agarrando algo del sueño. Vengo de un día infamemente caótico, Tengo tres heridas en las manos, el cuello torcido y una posible infección. Bonita forma de acabar el año ¿No? Insisto en una pregunta que he hecho en repetidas ocasiones: ¿Qué necesidad tiene un ser humano de estar llevando una vida de vampiro con el cuerpo tan jodido? Escucho los automóviles que caminan sobre Álvaro Obregón y pienso que en tan sólo dos horas habrá gente levantándose para su “vida normal”.

Hoy por fin fue el concierto de Lionheart en el Pasaje América -sí, ese que anuncié hasta el cansancio y al que no todos los que prometieron fueron-. Todo lo jodidamente posible y jodido que podría jodidamente pasar, ocurrió. La concurrencia fue poca, sin embargo, se divirtieron. Al menos, espero que tanto como yo. El equipo nos falló de último momento. Gasté un buen dinero en cosas que al final no utilizamos. Nos equivocamos en el escenario. Nos peleamos con los de la entrada del lugar, con meseros, con taxistas y, casi, con nosotros mismos. Hice todo esto con el cuello absolutamente jodido por dormir placidamente mal -en una posición ciertamente muy pendeja-. Me duele todo ¿Vale la pena? ¿Por qué hacerlo? En serio. Creo que podría tener una existencia más simple siendo contador o similares -sin ánimos de ofender a nadie-.

La explicación que tengo es ésta: el miércoles pasado fui a ver Taking Wodstock de Ang Lee con Abel y Ricardo. Un profundo sentimiento de felicidad me inundó durante las casi dos horas de película, uno muy particular que sólo con otras dos películas me había llenado. Almost famous de Cameron Crowe y Diarios de Motocicleta, de Walter Salles. La primera, relata los avatares y problemas de una banda de rock de mediano éxito vista con los ojos de un cronista del rock. La segunda, trata de la historia de quien se convertiría en el Che Guevara y la búsqueda de su vocación.

Hay dos conceptos que me gustaría retomar de ambos filmes: el rock y revolución. Woodstock reunió esos dos aspectos. Y hubo algo que, viendo Taking Woodstock me llegó directo: la enorme cantidad de gente tratando de organizar algo para cientos de miles de personas. Si se dan cuenta, sí hay una relación, ¿No? ¿Es el rock una forma de ayudar a la gente? Pero el rock, como siempre me refiero a él, como una actitud más que como un género.

Yo creo que sí. Yo creo que el rock le trae a la gente un sentimiento de vida que muy pocas cosas logran. Por eso siento que Woodstock ha de haber sido maravilloso: le dio vida, a través de la música, a más de medio millón de personas.Es triste que ahora los festivales y conciertos los organicen empresas trasnacionales y gigantescas; pero a pesar de esto, el rock ahí sigue, en algún lado.

En algún momento del filme, Vilma, la travesti que el protagonista contrata como su equipo de seguridad, le dice a Elliot: “Ve y diviértete…ve al festival y admira el centro del universo”. En el viaje, se encuentra con un pareja de hippies que le dan LSD y, con esto, le ayudan a ver el centro del universo en proporciones cósmicas.

Y es eso: la manera en la que el rock une, da vida, alma a las cosas.

El rock tienen un sentido de colectividad y otro de individualidad bien marcados. Pero también está el otro elemento: la efimeridad: sabemos que el festival, la canción o el concierto, en algún momento terminarán ¿Y qué pasa después?

Anoche soñé que era director de un filme y tenía un crew gigantesco. En mi sueño, cuando acabábamos la película me invadió el mismo sentimiento que comenté con anterioridad y, como Elliot cuando ve el centro del universo en LSD, me solté a llorar. Cuando desperté -con el cuello torcido- descubrí que mis lágrimas eran reales.

Caigo de sueño y me encantaría detallar la magia de los mundos de actividades colectivas que llevan a algo, eso lo haré luego. A lo que voy con todo esto es que, si mezclo con mis manos destrozadas, el cuello completamente jodido, la posible infección y muchas cosas mas, es porque creo en ese mundo y porque quiero ver el centro del universo, con toda su belleza.

Noticia informativa

Como podrán ver mis queridos lectores, me he atrasado en el reto con la Felisbertiana. Por lo mismo, estos días tendrás dos o tres posts en un mismo día para que este humilde escritor se ponga al corriente y corriente con su amiga, quién vendrá a visitarlo prontamente.

En otras noticias informativas -género periodístico desarrollado profundamente por la Felisbertiana- queremos hacer de su conocimiento que, el Lázaro que trae Gaviota dentro, ha resucitado como por octava vez y su blog ha vuelto a la vida, pueden checarlo aquí: Ratón de biblioteca con patente de corzo.

De la misma manera, queremos informarles a través de esta noticia informativa, que hoy es el gran día y Lionheart tocará en el Pasaje América, para después armar una gran batalla de DJ’s (hasta ahora llevamos contados cinco). No falten.

DJ Set/Live act este viernes en Pasaje América

El primer día en el kinder

¿Alguien recuerda su primer día en el kinder? Probablemente yo no recuerde mi primer día de mi primer año, pero sí que recuerdo de manera muy clara el del tercero. Mis padres y yo, acabábamos de mudarnos a Querétaro. Yo tenía cuatro años y de repente descubrí que tenía una familia además de mis padres y mi abuela materna.

Recuerdo que apenas terminaba el discurso de bienvenida que daba mi tía –quien resultaba ser la directora de la escuela-, los padres comenzaban a retirarse y varios niños empezaban a llorar de esa manera tan particular que tienen los niños de esa edad: a gritos, con mucha saliva y las mejillas demasiado rojas.

Yo no tenía motivos para el llanto, pues a pesar de que mis padres se iban, esa gente que me habían dicho era mi familia –y que con los años descubrí que, en efecto, lo eran- estaba en la escuela, por lo que no me encontraba del todo solo; sin embargo, al ver a todos esos niños de mi edad ponerse así sentía que algo enorme, más allá de mí, estaba ocurriendo. Y entonces me entraban unas ganas terribles de llorar.

Ese fenómeno se repitió cuando entré a la primaria y, al menos, durante los tres primeros años de ésta. Después, cuando ya casi nadie lloraba, descubrí que siempre al empezar un nuevo año escolar volvía a mí esa sensación de que algo mucho más grande que yo estaba ocurriendo y que el abandono podía rondar los pasillos de la escuela.

Durante la secundaria y la preparatoria fue igual, incluso cuando entré a la Universidad sentía ganas de llorar.

Puedo asegurar que en ninguno de estos momentos solté lágrima; sin embargo, la sensación del abandono del primer día se me quedó grabada, y ahora, cada vez que voy a hacer algo importante por primera vez, me entran estas extrañas ganas de llorar. Y digo extrañas porque, a pesar de los años, aún no logro entender a qué se deban, pero como en mi primer día en el kinder, a pesar de tener ciertas cosas seguras hay una sensación que está siempre presente.

Este próximo viernes toco por primera vez en el Pasaje América. A estas alturas, como músico, no sé qué tan importante se considere tocar ahí. No sé si sea una escuela muy estricta o un lugar para hacer amigos. Lo que sé es que tengo miedo y estoy nervioso, no me pregunten por qué, pues a pesar de las certezas que tengo, hay una incertidumbre con la que no puedo y que me ataca siempre que voy a tocar por primera vez en un lugar que considero importante. Sé que muchos otros niños han tocado ahí y no han llorado. De hecho no sé si haya habido niños que lloren cuando sus padres los dejan ahí después de la ceremonia de bienvenida, pero sé que mi miedo es el mismo que aquel del primer día en el kinder.

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