A los 14 años me mudé a Puebla, una de las ciudades más conservadoras del país y entré a estudiar a una de las escuelas más conservadoras de la ciudad -vamos, el director se congratulaba con su parecido físico y mental con Vicente Fox, ya se darán una idea-, sólo que nadie me había informado. A esa edad también me asumí abiertamente homosexual y por alguna extraña idea mía -los que me conocen bien saben que a veces puedo pecar de muy ingenuo-, creí que en la preparatoria y en una ciudad más grande que mi anterior Mérida la gente sería mucho más abierta a las formas de expresión distintas a las tradicionales.Por una razón todavía más extraña, decidí contarles a mis compañeros nuevos de clase que era bisexual -como si la parte heterosexual de este binomio lo hiciese más accesible a los de mente más cerrada-. Gran idea, grave error.
Mi “comentario-para-hacer-amigos” desencadenó en una de las sensaciones más específicas que he desarrollado: la homofobia de la prepa. El primer año y medio de preparatoria algunos de mis compañeros se ensañaron en demostrarme que estaban absolutamente en contra de mi orientación sexual con detalles que ahora analizo y hasta me provocan gracia: comentarios en voz alta referidos a chippendales, strippers o desnudos masculinos públicos; ofrecimientos falsos -ya saben, para “calar al macho”-; discusiones frente a todo el salón acerca de lo que, a su parecer, era natural y lo que no; la feminización de todas mis acciones y expresiones y, mi gran favorita, la negación absoluta a tocar mi hombro a la hora de tomar distancias.
Curiosamente, ningún maestro ni directivo hizo nada ante esto.
Un coraje que en esos momentos me llenaba el estómago, tensaba mi quijada y me hacía temblar era mi respuesta automática. Afortunadamente para mí -y sé que, en esto, en verdad que he sido muy afortunado-, mis padres me apoyaron en todo momento: cada vez que llegaba a casa molesto por las muestras de intolerancia de mis compañeros, ellos me hacían dos comentarios que me servirían para el resto de los días. Por un lado, mi madre me decía que, además de no hacer caso, esto era una especie de prueba de tolerancia: “lamentablemente, en el mundo hay mucha gente que piensa lo mismo, tú tienes que ser más inteligente que ellos, tienes que saber cómo defenderte y cuidarte”. Por otro lado, mi padre siempre citaba al Quijote: “Si los perros ladran, Sancho, es porque estamos avanzando”.
Vaya que fue certera mi madre pues, en efecto, mis tres años de preparatoria fueron una prueba absoluta de tolerancia. Las muestras de homofobia de los compañeros disminuyeron el día que decidí enfrentarlos y decirles que en ningún momento pretendía esconder mi sexualidad, pero que si yo les respetaba, ellos debían hacer lo mismo. De nuevo en este aspecto fui bastante afortunado, pues en vez de aumentar, los desplantes de homofobia disminuyeron. Mis padres habían ofrecido cambiarme de escuela, pero yo decidí quedarme: necesitaba pasar esa prueba. Ya con año y medio de estar en el mismo salón, y ante la inminencia de los exámenes semestrales y las bajas calificaciones algunos -que resultaban ser, por cierto, los más homófobos-, llegó el momento en el que mis compañeros requirieron de mi asistencia para estudiar.
Así pues, durante varias semanas, tuvimos tiempos de convivencia fuera de clase en los que no podíamos estar a la defensiva: ellos necesitaban de alguien que les explicara ciertos temas, a mí me venía muy bien el dinero que les cobraba por las asesorías. Estas horas de estudio se convirtieron en un espacio neutral en el que ellos descubrieron que había una persona mucho más allá de la sexualidad, y yo también, comprendí que había gente con historias y problemas igualmente graves detrás de la homofobia. En pocas palabras, nos conocimos como éramos.
Las invitaciones comenzaron a llegar a espacios fuera de la escuela y la asistencia post clases: fiestas, salidas al antro, cafés, etc. La cosa es que para cuando llegó el momento de decidir quién daría el discurso de despedida de la preparatoria, los compañeros votaron por mí en una mayoría bastante considerable, incluidos aquellos que en fila se negaban a tocar mi hombro en el primer año.
La prueba había sido superada y cuando entré a la universidad me topé con un ambiente más cercano al que imaginé al llegar a Puebla. Aunque en los años consecutivos me enfrenté a muestras de odio, creo que no fueron tan directas como las de la preparatoria, en la que sentía miedo a un odio mucho más poderoso que yo, sembrado por siglos de ideas absurdas e inhumanas.
Acabé la preparatoria hace seis añosy medio, y es hasta estos días que vuelve a mí la sensación de la homofobia de la prepa. El pasado 21 de diciembre escuché en la Asamblea Legislativa del DF comentarios muy parecidos a los que muchos de mis compañeros hacían cuando decidían expresar deliberadamente su homofobia, con argumentos que se antojan arcaicos para el siglo XXI. A partir de la decisión que se tomó ahí, la homosexualidad vuelve a ser protagonista de debates públicos, notas y discusiones acaloradas en foros.
Me sorprendió la cantidad y la calidad de comentarios de odio que se han expresado en cada nota que los periódicos en línea publican respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo y la posibilidad de adopción para estas parejas. Al parecer, son bastante altos los niveles de odio o incluso asco que parecen tener muchos mexicanos. Podrá sonar ingenuo -les digo que a veces puedo serlo y mucho-, pero ya me había olvidado del repudio irracional que algunas personas pueden llegar a sentir por nosotros.
Más sorprendido me quedé, cuando vi la discusión que recientemente sostuvo Esteban Arce con su sexóloga invitada a la hora de hablar acerca de la diferencia entre preferencia sexual y orientación sexual. Para quien no lo sepa aún, y a pesar de no venir mucho al caso, Arce decidió que aquel era el momento indicado para definir lo que según él era natural y lo que no, en una postura francamente homófoba. No me sorprendió tanto el hecho de que fuese Arce quien los hiciera -finalmente, es cierto, cada quien es libre de pensar lo que quiera-, sino el aspecto público de la declaración. Si bien, es un hecho que el corte de la emisión es informal, considero que por muy relajada que sea su conducción, una persona del ámbito público no puede ser tan tendenciosa.
La reacción posterior a este evento fue interesante: gente del colectivo LGBT y medios de información se movieron y se metió una queja en la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). Pero de nuevo, los comentarios emitidos en los foros de las notas publicadas respecto a este tema demostraron un conciso odio por parte de muchos.
Emilio Azcárraga dijo en su Twitter estar atento a lo que sucedía con Arce, el conductor (a través de su microblog también) agradeció al “60% de la población” que estuvo de acuerdo con él y, en su programa, ratificó su postura de lo que era natural y lo que no, pero dijo no estar en contra de los homosexuales (a pesar de que comentarios de este tipo parecen demostrar lo opuesto). En fin, que el hombre no se disculpó. En Twitter -again- se publicó una encuesta en la que a los usuarios se les preguntaba lo que debía hacerse con Arce: si sacarlo del aire o felicitarlo y darle un premio. Increíble pero cierto, 14, 702 personas (el 58%) votó por la segunda.
¿En verdad se merece alguien un premio por demostrar el odio? Vaya que no. Estoy de acuerdo con que ninguna de las dos opciones que ofrecía la encuesta eran las mejores, así como también opino que Twitter no es el mejor barómetro de opinión y menos fuente confiable. Pero sí habla de algo importante que ocurre con determinado sector de la población. Sacar a Arce del aire no es la opción, pero tampoco premiarle.
Es un verdadero morbo esto de leer los comentarios que se publican en las noticias de los medios electrónicos, pero ya comienza a ser cansado y hasta molesto. Créanme, no es agradable ver pilas y pilas de usuarios que, según su lógica, todos los que tenemos una preferencia sexual distinta a la heterosexual somos anormales, aberraciones, males de la sociedad, pésimos ejemplos para los niños, pedófilos, pervertidos, etc. Sí, parece ser que la anormalidad es una exclusiva nuestra, como si algunas de las cosas más funestas no se dieran en familias tradicionales o en gente heterosexual.
Lamentablemente, y a diferencia de la homofobia de la prepa, con ésta es mucho más complicado llegar a los espacios neutrales en los que podemos llegar a ver que la sexualidad es sólo una característica más -y una muy importante, claro está- de las personas. Espacios en los que no nos aferramos de ideologías y pensamos más en la gente.
El coraje en el estómago, la tensión en la quijada y el temblor vuelven al ver algunas de estas expresiones de odio, y vuelven con más fuerza, en una medida, por decir de alguna manera, proporcional. Pero ante ello, sí que caben los consejos de mis padres: tomar esto como una prueba ante la intolerancia, que ha de ser resuelta de manera inteligente, serena; y recordar al buen Quijote: “Si los perros ladran, Sancho, es porque estamos avanzando”.
Amigo, no sabes el gusto que me da ver plasmada la ironía de la vida que a muchos nos aplica, qué orgullo me da que seas parte de mi vida y que escribas una reseña que enseña un poco de tolerancia que se necesita en la sociedad. Felicidades!
Mi hermano: Estas muestras difícilmente pueden ser combatidas… Es algo así como cuando de pequeño, manifesté mi deseo de acabar con los malos y los feos. Ya con los años, por suerte entendí que siempre los va a haber, pero que esas características no son determinantes.
Así, la homofobia va a seguir existiendo, no importa lo mucho que se diga en los medios o los blogs. Aún así, como el cigarro o el alcohol para quienes decidieron dejarlo, la batalla se libra una vez cada ocasión. Es más fácil lidiar con un oponente a la vez, jeje (como en las películas de Karate, jajajaj).
En este caso, será nuestra actitud la que determine en las personas que conocemos, la aceptación que puedan llegar a tener a las personas con orientaciones sexuales distintas. Incluso, un heterosexual con quien salí del clóset en un “bar con-table”, (jaja) me dijo que detestaba a los gays por ser exagerados, y excesivamente lanzados, pero sólo una vez que comprobó que tales características no eran mías. Le concedo el punto en ocasiones. Si queremos respeto, hay que ganarlo. No somos bichos raros, anormales ni perversos, así que debemos actuar en consecuencia, para ganarnos ese respeto que tanto exigimos. Pero que quede claro, si dos un chico camina de la mano con una chica por la calle; dos chicos o dos chicas también pueden hacerlo… ¿Quién lo prohibe? (ahí va mi único dejo de radicalidad)
Si bien hay homófobos, también hay heterófobos… Así que en esta batalla, prefiero no tomar un partido, ya que los extremos no son saludables. (Aunque convertir a un homófobo en persona “homófila”, sin duda es digno de celebrarse, jejeje.)
Saludos, abrazos y besos desde Puebla ;)
–Arminius, Abogado de la Locura.
Bravo para ti, Arturo, y para tu papá y tu mamá.
Por cierto, es EL Conapred: Consejo Nacional de Prevención a la Discriminación.
Arturin, me encanto la claridad y lucidez con que puedes ver las cosas. Tu ensayo me conmovío, algunas partes las sentí como mías (yo también estudie en Puebla en un ambiente intolerantemente homofóbo). Gracias.
Es triste, pero creo que no podemos perder la esperanza. Algún día este país y este mundo nuestros cambiarán; serán el espacio en el que cada ser humano podrá realizar, con libertad y respeto a la libertad de los demás, sus sueños.
Tu blog me ha encantado.