Posted in mayo 2010

Ese aire de familia

Una de las cosas que mitigó la poderosa migraña que traía hoy, fue la columna Amelia Domínguez publicada en La Jornada de Puebla hoy. Para quienes no lo sepan, Amelia es una reconocida periodista cultural en Puebla que lleva años ejerciendo su profesión como pocos. Resulta ser también la madre de Ricardo, uno de los mejores amigos que uno pueda tener sobre la faz de este casi finito planeta. Conozco a Amelia desde que tengo quince años, la edad en que conocí a Ricardo y que juntos salimos del clóset, y cada vez Amelia me sorprende más.

Para el grupo de amigos que en el post pasado categoricé de “Stand by me” (o para los ya más metidos en la jerga de este blog, los Balodeza), ha sido fundamental la relación con nuestros respectivos padres desde que cada uno asumió abiertamente su sexualidad. Pero también, ha sido muy importante la relación con los padres de los otros, quienes de alguna manera u otra nos han adoptado con los años. Mi madre siempre lo ha dicho: “Llegué a Puebla con un hijo y salí con cinco”.

De hecho, ella fue la primera en adoptarnos como familia al haber sido yo el primero en salir del clóset. Nos esperaba siempre a las 3-4 am en la cocina de la casa, con cigarro en mano, para que le contáramos cómo nos había ido esa noche en el antro. Siempre que uno estrenaba novio, ella era presentada casi a manera de suegra; de igual forma que, a toda ruptura, ella siempre tenía algo que decir. De hecho, mi madre siempre tiene algo que decir.

Con los años, los accidentes y muchas otras vueltas, las madres de los otros se fueron integrando de una manera u otra. Al ver cómo evolucionaba la familia y la indirecta unión que teníamos, Ricardo había buscado la forma de juntar a nuestros padres y, como todo lo que hace Ricardo, sacarle alguna clase de provecho.

La idea y esfuerzos de Ricardo se vieron por fin materializados en algo que Amelia no comenta en su columna, pero que considero esencial mencionar: un grupo de Padres por la Diversidad Sexual. En este caso, Amelia y los padres de otros amigos conforman este grupo. La defensa por los derechos sexuales debe venir de voces tan diversas como la sexualidad misma, voces con las que otros puedan sentirse identificados.

Si este sábado 29 de mayo, que es la IX Marcha LGBTI de Puebla, la sociedad poblana ve que no sólo las lesbianas, homosexuales, bisexuales, transgéneros, transexuales e intersexuales son parte del Colectivo, sino también la gente que le quiere, entonces podrá comprender que, después de todo, tal vez no sea un asunto tan grave y alarmante esto de la sexualidad. Más aún si ve a un grupo de padres que no les importa la sexualidad de su hijo y están orgullosos de ellos, tal como son.

A toda la gente de Puebla, o incluso de otra parte que esté interesada en este grupo, mande un correo al autor de este blog (loria.arturo@gmail.com) para fortalecer esta gran idea.

Pero, sin más rodeos, les transcribo el texto:

VIOLENCIA O AMOR, CUESTIÓN DE PREFERENCIAS

por Amelia Domínguez

En México, y en Puebla particularmente, existen voces que pretenden que los homosexuales y lesbianas sigan en el closet, que no exijan o ejerzan sus derechos: a contraer matrimonio, a adoptar hijos, inclusive a besarse en público. “Es antinatural”, alegan unos; “no es normal”, señalan otros, negándoles con estas expresiones su naturaleza humana.

Es cierto, no es normal aún, pero es precisamente por lo que están luchando, si normal es lo que está establecido dentro de las normas o reglamentado; será normal, cuando las leyes les otorguen plenamente esos derechos. Cuando esto sea, la sociedad en general empezará a verlos como “normales”.

Ocultarse, como lo hicieron tantos años –o siglos–, encerrarse, guardar las apariencias, actuando de acuerdo a un género, masculino o femenino, cuando lo que sienten, piensan, desean, es lo contrario a lo que son externamente, sólo les creará conflictos, infelicidad, malestar, depresión e inclusive los conducirá, en muchos casos, al suicidio.

Generaciones anteriores –y recientes– de homosexuales, hombres y mujeres, para evitar el rechazo social, la homofobia, que antes se llamaba de otra manera, tuvieron que vivir una doble vida. Aunque algunos osados, desde la trinchera del arte, hayan mostrado abiertamente sus preferencias, enfrentando el rechazo, por ejemplo: Salvador Novo, Marguerite Yourcenar, Luis Zapata, Nahum B. Zenil, por citar unos cuantos.

Como lo pretenden los grupos conservadores y la iglesia, negarles la visibilidad, el ejercicio de sus derechos, no hará que los homosexuales y lesbianas desaparezcan, sino al contrario; por otro lado, las actitudes y declaraciones abiertas de “líderes de opinión”, en contra de estos grupos, incrementan el odio, la violencia, los asesinatos. Y esto es evidente: la Comisión Ciudadana contra Crímenes de Odio por Homofobia, documentó que el número de asesinatos por ese motivo, se  duplicó en los últimos años. De 28 asesinatos de personas homosexuales al año, entre 1995 y 2000, se registraron 59 a partir del 2001 a la fecha.

La organización y la lucha de la comunidad gay desde la década de los setenta, han logrado, por ejemplo, que el 17 de mayo de 1990, la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) suprimiera la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales y a partir de entonces, en esa fecha, se celebra cada año a nivel mundial la lucha contra la homofobia.

En Puebla, diversas organizaciones realizan en torno a esa fecha, actividades artísticas, culturales y académicas, que contribuya a informar y concientizar a la sociedad en torno a sus demandas. Este año, entre esas actividades, se incluyó un acto simbólico de celebración de matrimonios gays, en el zócalo de la ciudad, el propio lunes 17 de mayo, con el fin de que primero la ley de convivencia y después el de matrimonio se presenten como iniciativas en el Congreso del estado, y en un futuro, se aprueben, tal y como lo ha hecho la Asamblea de Representantes del DF.

A dicho acto, acudieron no sólo la comunidad homosexual, sino simpatizantes a su causa, como la diputada priista Rocío García Olmedo y el diputado José Manuel Benigno Pérez Vega, del Partido del Trabajo, así como padres, madres, familiares y amigos de los convocantes.

Llegaron también la prensa, curiosos y personas homofóbicas, de las cuales por lo menos dos se manifestaron abiertamente en contra de ese tipo de actos. El más peligroso, un varón de edad madura, bien vestido, que dirigiéndose a uno de los padres que repartía propaganda, le dijo en tono amenazante: “¡Si el próximo año ellos vienen y hacen otra vez un acto como éste, en el que piden se les reconozca el derecho a casarse, entonces yo tendré el “derecho” de venir con una pistola y matarlos!”.

Actitud similar adoptó al respecto el conductor de un programa de radio local, Ricardo Bojalil, quien reprobó también el que se haya escenificado en el zócalo de Puebla los matrimonios homosexuales y clamó porque este sector se quede en el closet, ocultando sus preferencias; llegó inclusive a insultar a ambos diputados por haber asistido en calidad de testigos de dicho acto. Uno de sus argumentos o preocupaciones, fue el de que cómo iba a exponer a sus hijos a que vieran como algo natural a dos hombres o dos mujeres besándose y qué explicación les podría dar al respecto.

Y es claro, el machismo que predomina en la sociedad actual, hace que personas como Bojalil y millones como él, vean y acepten como más “natural” los signos de violencia que motivan a que dos o más hombres se maten entre sí, con un odio exacerbado, como está ocurriendo con mayor frecuencia en México, a que dos hombres o dos mujeres, se besen, en franca manifestación del amor que se profesan. ¿Qué imagen de estas dos, preferiríamos que vieran nuestros hijos?

El próximo sábado 29 de mayo, la comunidad homosexual y simpatizantes, saldrán del Parque Juárez a las 11 de la mañana rumbo al zócalo en la denominada IX Marcha del Orgullo, la Dignidad y la Diversidad Sexual Puebla 2010, como conclusión de esta jornada contra la homofobia.

Quien esté interesado en consultar el texto original, puede hacerlo aquí.

Este texto es justo como todo lo que hace Ricardo: discreto, indirecto y poderoso ¿Qué está diciendo aquí Amelia entre líneas? Amo a mi hijo y estoy orgullosa de él. No nos damos cuenta, pero ya está dicho y, mejor aún, registrado. Es simplemente ese aire de familia que ninguno de los dos puede negar.

Velvet for Armani (Criaturas y creaturas)

El título no es para nada una broma o pretensión de mi parte. Al igual que una modelo brasileña o bielorrusa, a los 16 años posé para promocionar una loción de Armani. Sólo que a diferencia de ellas, yo no estaba at my best y el pago no fueron miles de dólares.

Con todo y mi obsesión por el lenguaje jamás he podido reconocer de forma específica la diferencia entre las palabras criatura y creatura. Según la gente que he conocido y consultado a lo largo de mi vida, una criatura es alguien (o algo) que ha sido criado por alguien. Es decir, yo sería la criatura de mis padres -suponiendo, claro, que ellos fueron los únicos responsables de mi crianza y no la comitiva que colaboró-. Por otro lado, esta misma gente -a la que no mencionaré por respeto a su privacidad y al Programa de Protección de Testigos-, ha mencionado que una creatura es un ser creado por, evidentemente ¡un creador!

Como suelo hacer en estos casos, consulté a mi amiga más fiable en cuanto a lenguaje. No, no hablo de Rosa Elena, que se encuentra tan sólo medio grado abajo de la amiga de la que hablo. Me refiero a la Real Academia de la Lengua Española, a quien -suponiendo que fuese una creatura o criatura- recurro cada vez que necesito guía y me encuentro en medio de la oscuridad y de la tempestad, como diría la Trevi.

De acuerdo a la RAE, una criatura es:

(Del lat. creatūra).

1. f. Niño recién nacido o de poco tiempo.

2. f. Feto antes de nacer.

3. f. hechura (‖ de otro a quien debe su posición social).

4. f. Rel. Cosa criada.

~ abortiva.

1. f. Der. La que no tiene la condición legal de nacida.

ser una ~.

1. loc. verb. coloq. Ser de muy poca edad.

2. loc. verb. coloq. Tener propiedades de niño.

Y, según la RAE también, una creatura es:

(Del lat. creatūra).

1. f. criatura.

¡Ajá! Así que de acuerdo a la RAE ambas cosas son lo mismo. De hecho, tienen la misma raíz latina. Eso quiere decir que toda la gente que me dio definiciones distintas o que se las quiso dar de grandilocuente tratando de explicar dos términos que eran lo mismo son una bola de ineptos. Pero no se preocupen amigos con aires de lingüistas, yo también me considero un pretencioso inepto pues consideraba a las palabras cosas distintas y cada vez que alguien mencionaba la palabra creatura venía a mi cabeza, por alguna extraña razón ochentera, esta imagen (sí, le tienen que dar click). Esperen, aquí se ven más claras.

Cuando digo que esa es la imagen que me viene a la cabeza cada vez que escucho la palabra creatura no me refiero sólo a los Critters (1986), sino a los cazarrecompensas con trajes espaciales que se dedican a matarlos.  Y es que para mí una creatura no es una mera creación, sino un ser cuya creación es digna de ser remarcada, ya sea por algo bueno o malo.

El post de hoy no es sólo porque quiera compartir mis obsesiones del lenguaje con ustedes, queridos lectores, sino porque criatura ha sido la palabra de los últimos dos días. El día de ayer, mi amigo C.A. subió a Facebook un álbum fotográfico llamado “Tiempos mejores (Siempre vendrán tiempos mejores)” con imágenes tomadas entre 2001 y 2002. Entre esas imágenes, hay tres que yo creí no volvería a ver jamás.

En algún punto en esos años, Allain y yo decidimos que traer el cabello rojo era LO cool. En mi caso era porque estaba completamente bañado de Bowie y Ziggy Stardust, en el de Allain no estoy seguro. El chiste es que conseguimos el tinte más rojamente noventero o más noventeramente rojo y nos lo pusimos. Sí señor, yo tenía 15 ó 16 años e iba a la preparatoria así. Cada semana me llamaban en la dirección de la preparatoria para rogarme que me cambiara el color del cabello y, de paso, que no malinfluenciara a mis compañeros. Nunca tuve malas calificaciones, pero en la escuela ultra conservadora a la que iba, de seguro pensaban que era un comunista ultra joto o un joto ultra comunista (por el tono del rojo, me refiero).

Por aquellos días en los que, naturalmente, poca gente se fijaba en mí, nuestro querido C.A. nos pidió ser modelos para unas fotografías que necesitaba tomar como parte de una materia de su carrera. Evidentemente dijimos que sí, sobre todo por esa sensación de que alguien fijaba su mirada de forma no-despectiva en nosotros. A la semana, Allain y yo estábamos con nuestras cabezas de cerillo en otra escuela ultra conservadora (la UPAEP, sí) dispuestos a hacerle el amor a la cámara.

Para ser sincero, aquello no fue hacerle el amor a la cámara. Fue más bien ir a una cantina después de una ardua jornada como asistentes ejecutivas (que no secretarias), tomar las cinco cervezas adulteradas, rellenadas o quemadas que la cámara nos invitó, poner primero a Madonna, luego a Paulina y finalmente 17 años de los Ángeles Azules, bailar con la cámara, bailar aún más pegado con la cámara, que la cámara nos arrimara el lente, que la cámara nos hiciera zoom con su lente, que nos diéramos cuenta y le dijéramos: “Dios, cámara, qué lente tan grande tienes” y que la cámara nos dijera, con una seguridad masculina aplastante “lo sé”. Después de bailar unas ocho cumbias con la cámara, ésta nos llevaría a un motel de esos que abundan en Puebla y le haríamos el amor a la cámara, de manera que a la mañana siguiente encontrásemos un billete de doscientos pesos para cada uno, sin cámara y el vídeo de la noche en la Fayuca.

Cabe aclarar que la cámara era una de esas cosas que ya no se usan y que muchos de los lectores de este blog ni siquiera sabrán a qué me refiero. Se llamaban cámaras análogas y en vez de emplear una memoria digital requerían de un rollo con aluros de plata y otros químicos que reventaban conforme uno dejaba entrar la luz. Sí, sé que esto es la prehistoria para muchos, pero hubo una época en la que las imágenes tardaban una hora o más en revelarse.

En realidad no sé si hicimos bien o no nuestro trabajo como modelos, la calificación que C.A. habrá sacado en ese entonces determinará un poco de nuestra colaboración. Lo cierto es que C.A. fue muy valiente al pedirnos salir en sus fotos y creo que nosotros más al llevar el cabello así (cabe aclarar que mi cabello sufrió muchas mutaciones posteriores dignas de los Critters, pero eso es otra historia).

Lo curioso es que, ayer que C.A. subió las fotos, el primer comentario que hice fue: “Diosssss…tenía 15 añitooooos….”. A lo que C.A. contestó: “eras toda una criatura mijo….!”. A continuación, vinieron una serie de comentarios amables y positivos de parte de los amigos que vivieron esa época conmigo (y los nombro amigos porque creo que se requiere de mucho valor también para seguir a mi lado tras ese cabello) que reproduzco a continuación:


Apoyo moral vía Facebook de amigos "Stand by me".

Tras ver la forma en la que mis amigos apoyaban mi carrera como modelo, llegué a pensar que el “eras toda una criatura mijo….!” de mi querido C.A. se refería a que algún misterioso y despiadado dios había creado a un infame chico de 15 ó 16 años con cabello rojo y aspiraciones artísticas que venía al planeta Tierra a torturar a la humanidad con su música y su pantone capilar, y que un inocente estudiante de Comunicación Visual de la UPAEP había decidido documentar al lado de una frasco de perfume.

Sin embargo, hoy por la mañana, ocho años y mucho cabello decente e indecente después, mientras corría en el Parque México escuché algo que me hizo creer que el “eras toda una criatura mijo….!” del buen C.A. se refería a que, en efecto, sólo “…tenía 15 añitooooos….”, es decir, era inocente y no sabía lo que hacía.  Mientras hacía mis estiramientos y estaba completamente doblado (yes, i know), una criatura de unos 3 añitos le grito a su mamá, refiriéndose a mí: “¡Mira mamá! ¡Se parece a papá!”. La beata madre, en un tono que me hizo querer llamar al instante a la mía, le respondió: “Pero ese no es tu papá amor…¿Te acordaste de él por los pants?”.

Esto me hizo llegar a tres conclusiones: 1) Los pants del monopolio de ropa español que tengo fueron un éxito en ventas, porque al parecer todo mundo los tiene. 2) Ya estoy lo suficientemente viejo como para que una criatura de tres años me llame papá y 3) En verdad que es inocente esa criatura (una vez aprendido el significado de la palabra, insisto en usarlo).

A menos de que su padre sea un former travesti/rocker/experimento de estilista o todas las anteriores, no creo que hubiera lucido como yo en aquellas fotos. Para saciar morbos, y siguiendo la estrategia de Madonna cuando publicaron las fotos artísticas que le tomaron antes de ser famosa, y de paso adelantármele a Yahir con eso de “jajajaja vamos a subir esto a la página oficial de Velvet”, aquí está la prueba del delito:

¿Qué dirán mis padres al ver a su criatura o creatura?

Velvet avant Boy y aprés la furia de su estilista.

En verdad espero que el título del álbum fotográfico en el que vienen las imágenes y que referencia a Yuri sea porque después de esa época vinieron tiempos mejores y NO porque esos fueran tiempos mejores. Al menos para mi cabello, creo que fue mucho después que vinieron tiempos mejores. Y lo prometo, primera y última vez que poso para Armani.

UPDATE: Ayer por la noche me llamó mi madre. “¡¿Bar?! ¡¿Motel?! ¡¿Cerveza adulterada?! ¡¿Qué diablos estabas haciendo a los 16?!”. Mi madre no entendió que todo aquello era una metáfora. En realidad NADA DE ESO PASÓ CON NADIE. Y es un hecho fundamental que a los 16 estaba haciendo cosas peores.

Arturo Loría, Velvet Boy y los chicos del montón contra la quarter life crisis

A tres años, cinco meses y once meses de vida -sí, esta es la primera vez que este blog declara su verdadera edad-, he cambiado por fin el subtítulo con el que comencé. No más “Días intensos y noches más negras del chico de terciopelo”. Sí, este blog se sigue llamando y se llamará hasta su fin -que seguramente será el mío- Los días intensos, porque simplemente no hay otra forma de describir mi absurda cotidianidad. Y porque para ser sincero, no se me ocurre otra cosa más original o simplemente me da hueva pensar en algo más. Pero ya basta de aquello de días intensos y noches negras y bla bla bla.

Cuando comencé Los días intensos, tenía 21 años y estaba dejando la adolescencia. Dicho de otra manera, una más honesta, era demasiado azotado, prácticamente un emo sin indumentaria. Por si no me creen, recomiendo al lector consultar el primer post de este blog: Goodbye, Ruby Tuesday. En ese entonces la vida -de acuerdo a lo que narro- me trataba muy mal, traía el cabello más largo que nunca, trabajaba en Profética, vivía solo en un departamento en el centro de Puebla, hacía música, comenzaba a ser DJ y usaba ropa de segunda mano. Véase figura 1.

21 años, edad de la irresponsabilidad, en mi antigua oficina en Profética. Nótese el suéter “quiero-ser-Kurt-Cobain”.

Casualmente, la imagen fue tomada la misma semana que escribí el primer post de este blog (mi obsesión aristotélica de clasificación lo confirma). En ese entonces no tenía ni idea de lo que se vendría tres años, cinco meses y once días después. Por si le interesa saber todo lo que ocurrió en este lapso, le recomiendo que lea una y cada una de las entradas, que no pienso ponerme a escribirlo a la 1:25 am.

Esta semana pude salirme por un rato de mi vida e indirectamente repasarla. En la más grande de las ironías cuasi bíblicas, volví a vivir una semana en Puebla, a pesar de haber jurado no volver a esta ciudad por más de dos días -y de hecho, volver sólo si había dinero de por medio-. En este repaso, me percaté de los últimos posts en este blog y descubrí la cruda verdad: eran asquerosa, terrible e inevitablemente (aquí tienes Téllez-Pon, tres adverbios corriditos) emos. Sé que con el comentario anterior y tal vez por ser queretano pueda pensarse que tengo alguna especie de odio hacia este colectivo, pero no, simplemente concluí que estaba ahogándome dentro de mi propio vaso de agua, que vaya usté a saber si está medio lleno o medio vacío.

Lo anterior cobra mucho sentido al salir públicamente del clóset de mi Quarter life crisis. Lo pongo en inglés por dos simples razones: la primera es que considero que este término es intraducible al castellano y la segunda es que si en el habla soy bastante pocho puedo serlo también en mi escritura. Finalmente este es mi blog, goddammit!

Todo comenzó con un artículo que Rosa Elena me pasó el 18 de enero de este año (lo sé porque ese mismo día publiqué un post, de un asunto distinto). Básicamente la Quarter life crisis es la que le da a todos los jóvenes entre los 23 y 25 que acaban de terminar su carrera y de repente se encuentran frente al infinito mar de incertidumbre del que hablaba en el post de hace unos días.

Huevapedia Wikipedia enumera algunas de las principales características de los que nos encontramos inmersos en esta situación y que no podrían describir mejor mi situación actual:

· Darse cuenta de que los propósitos y metas personales no tienen sentido alguno.

· Confrontar la propia mortalidad.

· Inseguridad total respecto a los logros actuales.

· Reevaluación de las relaciones interpersonales cercanas.

· Decepción del trabajo propio.

· Nostalgia de la vida universitaria.

· Tendencia a tener opiniones más radicales.

· Aburrimiento en las interacciones sociales.

· Estrés financiero.

· Estrés financiero (¿Ya lo había escrito?).

· Estrés financiero (¿Seguros que no lo he mencionado ya?).

· Mis noches de los jueves Soledad, depresión y tendencias suicidas.

· Deseo de tener hijos (yo agregaría mascotas).

· La sensación de que todo el mundo está, de alguna manera, haciéndolo mejor que tú (¿Quién escribió esto? ¿Dios?).

· Frustración con las habilidades sociales.

Lo interesante del caso es que, si no estuviese metido en mis masturbaciones mentales flagelatorias, podría darme cuenta de que estoy en una de mis mejores etapas: tengo dos trabajos que disfruto como nada en el mundo (a pesar de que la QLC me haga creer lo contrario), viajo como mercader judío (cosa que me fascina), veo a mis amigos más seguido, veo a mi familia más seguido y, chisme para blogs del corazón y comentarios en Facebook, estoy iniciando uno de los romances más chidos que en mis 24 años de crisis he tenido.

Pero no, ahí va la burra al trigo, al monte o a donde sea que tenga que ir la burra. Insisto en martirizarme y escribir posts como los anteriores que deberían venir acompañados de una foto oscura mía con un poema escrito en tipografía desgarrada en color rosa encima, a la que sería bueno ponerle algún subtítulo como “las lágrimas del tiempo” o “la sangre incomprendida”. O ya de pérdida anexar una fotografía de Edward Cullen.

Me rehuso categóricamente a volver a eso, ya lo hice a los 21 (véase figura 1) y no pienso recaer en ello. Es comprensible también que sienta que vuelvo a los “Días más intensos y las noches más negras del chico de terciopelo” porque a mis 24 la vida me trata a veces bien, a veces mal; sigo, indirectamente, trabajando para Profética (aunque ahora trabajo para alguien más), traigo el cabello casi tan largo como a los 21, vivo con una roomie en un departamento en el DF (y en tres casas más), hago música, soy DJ y uso ropa de segunda mano. So, things haven’t changed that much, have they? Véase figura 2.

24 años, la edad de la crisis del cuarto de vida, en una de mis casas temporales en Puebla. Nótese el look ”quiero-ser-cuan-white-trash-me-sea-posible” y el gesto “quiero-verme-cool-noventeramente”.

A lo que voy: No más posts emos! No más posts emos! No más posts emos! Si los cuarentones se compran un carro último modelo y salen con chicas 20 años más chicas para afrontar sus mid-life crisis yo cambio mi blog, renuevo mis votos de escritor y salgo con alguien tres años menor que yo.

Bienvenidos a la era de “Arturo Loría, Velvet Boy y los chicos del montón contra la <i>quarter life crisis</i>” en la que asumimos nuestra QLC, tumbamos miedos adolescentes, nos asumimos sarcásticos y tratamos de disfrutar un poco más la vida, que por algo nos quemamos seis años el culo en la universidad.

A pesar de haber llegado tarde -y por ende hacer un coraje de niño de tres años- al concierto de Mono Blanco de hoy, me permito citar dos versos de los jarochos para concluir este post y comenzar la nueva era de este blog:

“Quién fuera como la palma, que siempre vive con calma” y “Dijo un sabio veterano con filosofía (…) para todo ser humano hay un chuchumbé en la vida”. Si hacemos caso al sabio veterano, yo ya encontré el mío.

NOTA 1: Agradezco las muestras de afecto de todos los desconocidos de Facebook que quieren “conocerme” o “saber quien soy” o que dicen “tengo una personalidad bien bonita” o que “pienso bien bonito”, espero pronto poder retribuir tanta bondad.

NOTA 2:  Si vuelven a ver un trazo de EMOidad en mis posts, mándenme ese vídeo de la Duquesa de Alba que tanto miedo me da.

NOTA 3: Sí, sí, sí, lo admito. Siento envidia del blog de Jenaro que recibe 1000 visitas diarias y yo sólo 7. Así que sí, queridos lectores, los uso para alimentar mi ego.

NOTA 4: Por todos los puntos anteriores, volveré a mi escritura frecuente, pésele a los budistas a los que les pese.

Cambio y fuera.

Libretas y cuadernos

Wittgenstein tenía dos cuadernos, uno azul y uno café. El primero, son las notas de los estudios realizados por el filósofo entre 1933 y 1934. El segundo, serían las bases para su libro Investigaciones Filosóficas (1953). El filósofo austríaco se caracterizaba por ser obsesivo, así que no dudo que las anotaciones en estas libretas fuesen compulsivas y detallasen hasta lo más mínimo e imperceptible.

Más allá de la curiosidad biográfica -que creo que refiriéndonos al buen Ludwig no es sólo una curiosidad-, llama la atención la importancia de las libretas y cuadernos en la vida creativa. Vuelvo a mis ejemplos infantiles y cito A series of unfortunate events, donde los hermanos Quagmire le enseñan a Klaus a tener un Commonplace Book, en donde se anoten todos los eventos que se consideren importantes, relevantes o que puedan servir a futuro. De hecho, a lo largo de la historia, son varias de las anotaciones del hermano intermedio de los Baudelaire las que los salvan de distintas situaciones.

Por lo que sí: creo fervientemente que las libretas nos salvan a diario. Si los libros o enciclopedias son el registro del conocimiento humano “general”, las libretas de anotación personales son el registro de nuestro conocimiento personal, de esa investigación propia y tal vez inconsciente que hacemos día a día en la vida cotidiana.

Saco a colación un tema tan simple como el de las libretas porque recientemente me he dado cuenta de muchas cosas. En primer lugar, descubro que tengo muy abandonadas a mis libretas, en las que escribo desde la letra de posibles canciones, cuentas, teléfonos, frases que me impactan o hasta fragmentos de un diario intermitente que desde los quince comencé. Curiosamente a esa edad mis libretas estaban llenas. Por supuesto, en ese entonces no me había invadido la virtualidad y tenía mucho más tiempo libre. Pero la ausencia de las libretas reflejan algo mucho más profundo que el cambio en el ritmo de vida: la falta de un hábito. Escribir nuestro impacto del mundo, nuestras ideas y nuestra percepción son un ejercicio, y uno muy necesario, si se me permite decirle (por supuesto que se me permite, es mi blog maldita sea).

Higiene mental. Es esa la razón fundamental del por qué escribir habitualmente nuestra percepción del mundo. Purgamos harto demonio y creamos un pequeño mapa de dónde estamos parados en la realidad.

En estos días he dejado de escribir tanto en este espacio como en mi libreta porque “siento que no tengo nada que decir”. Entrecomillo lo anterior porque era y ha sido una constante frase de mi amiga Elsa respecto a su no-escritura. De hecho, un intento de solución que Rosa Elena y yo hicimos para esto fue el reto bloguero, que consistía en escribir determinado número de posts en determinados días. Con mi usual falta de disciplina para los hábitos no salí muy exitoso en el reto autoimpuesto (creo que el del cereal o el yogurth sería más fácil).

Desde la primera vez que la escuché, no he parado de pensar en el “no tengo nada que decir” de Elsa, pues de un tiempo para acá me he sentido así. Por si el lector no identifica esta sensación, consiste en un vacío de palabras y frases congruentes y/o ingeniosas en el cerebro, en pocas palabras, uno se siente pendejo y poco interesante. Un blog es una especie de responsabilidad, sobre todo si se tienen lectores que consumen lo que uno dice. Por eso hay que decir cosas importantes, que valgan la pena, que si usted, estimado y apreciado lector, está invirtiendo cinco, diez o los minutos que sea en este espacio, encuentre algo que valga la pena. Pero ah, aquí nos topamos de nuevo con el factor budista que tanto ha influido a este sitio y su autor en últimas fechas.

Nash siempre remarca la importancia del silencio, consejo un tanto inútil para cualquier hijo de mi madre, nieto de mi abuela y bisnieto de mi bisabuela, que las palabras nos salen como cucarachas de una coladera chilanga. Visto desde esta perspectiva, está bien el no publicar cosas que no consideremos trascendentes ¿Pero dónde queda el ejercicio que mencioné con anterioridad? ¿Es más importante guardar silencio o decirlo? ¿Somos esclavos de lo que decimos y dueños de lo que callamos? ¿Occidente vs. Oriente? Tricky, very tricky indeed.

Aquí llegamos a la diferencia fundamental entre la escritura pública y la privada. Escribir en la intimidad, en lo personal es un hábito que debe ser constante, pues es a partir de esta escritura que saldrán las cosas importantes que decir en público. Y la escritura pública, bien hecha, es también esencial para la consciencia colectiva, para descubrir que estamos más conectados de lo que creemos. Cabe aclarar que hablo de la escritura personal, el periodismo y la academia son cosa aparte.

Esta escritura personal es la de la magia de lo cotidiano, que en este caso, curiosamente, mi cotidianidad se ha tambaleado mucho últimamente. No sé si está cambiando de piel o forma, pero me cuesta mucho ser cotidiano. Tal vez sea esa una de las razones por las que siento que no tengo mucho que decir. Pero luchemos contra ello.

Lo que queda, pues, querido lector, es pedirle que no deje de registrar su vida cotidiana, por mínima que la considere. No tener nada que decir es reducir la vida, y eso es tremenda injusticia tanto para usted como para la vida misma. Si su cotidianidad se tambalea como la mía, tome un respiro, dé un paseo, registre algo mínimo y vuelva a empezar. Vea en lo que se convirtieron las libretas de WIttgenstein. Ah, y por cierto, si algún día considera hacerme un regalo, que sea una libreta por favor, para como diría la querida Rosa Elena, ordenar el universo alrededor.

A ciegas

¿Cómo debe enfrentar uno el inmenso mar que está frente a nosotros? ¿Debo tenerle miedo, debo respetarlo o debo arriesgarme y sumergirme? Desde que terminé la universidad tengo una extraña sensación que hasta estos días he podido definir: siento que voy a ciegas, sin rumbo a ninguna parte, sin saber a dónde voy. Me siento como si estuviese parado frente a un mar, inmenso y con el horizonte por delante, con esa enorme masa de incertidumbre, que da miedo al igual que esperanza.

Esa sensación comenzó desde que llegué a esta ciudad, huyendo de una existencia que sabía tarde o temprano acabaría por ahogarme, pero cobró una forma clara al terminar la carrera. Ya lo decía Renton en Trainspotting: “Escoge una vida…” ¿Qué debo escoger cuando no sé cuáles son las posibilidades? ¿Qué debo ser cuándo no sé quién soy? A veces siento que soy el niño de la foto, a veces el que veo en el espejo. Pero muchas otras veces no reconozco ni a ese niño ni a ese del espejo. Es más, a veces ni siquiera sé quién escribe esto.

Me consuelo sólo con esa imagen del que creo que soy yo frente a ese mar de incertidumbre. Curiosamente, es lo más certero que tengo. Y entonces se pasan los días, la gente, las cosas y llegas tú. Un mar sobre el mar, una tormenta en la tormenta así como la paz que supone seguirle.

¿Y qué hacer en este momento? En los últimos tres meses me he sumergido en estas aguas que creo seguras; pero en este punto ya no sé ¿Podré aguantar otro naufragio o acabará siendo tormenta? Eso es lo que pasa cuando las puertas se abren por completo, el desierto se abre frente a nosotros y la luz se rompe. Porque así debe de ser, porque así lo hemos elegido.

Yo sólo quiero llegar a la mañana que pedí. Esa mañana en la que estamos tú, yo y todos los que conocemos. Esa mañana que no acaba nunca y en la que pueda ser yo. Una mañana con algo de certezas, algo de incertidumbres, fruta y café.

Pero esto es sólo una parte del mar de incertidumbre frente al que nos sentaremos esa mañana a platicar, tú me entiendas, yo te entienda y no caminemos más a ciegas.

Cuánta vida

¿Es posible estar cubierto de mierda de rana? ¿Es posible sentirte extraño a tu propia casa? ¿La misma que tú empezaste? En días como hoy las tres opciones anteriores parecen bastante posibles.

Creo que las tres situaciones están completamente relacionadas. Si estoy cubierto de mierda de rana, si me siento extraño en mi propia casa y si tengo los ánimos emos con los que Rosa Elena dice que me levanté -teoría que rebato-, es porque estoy rodeado de mucha vida. Plantas, ranas, amigos, amores, familia, gente querida y desconocida se encuentran en mi casa y en mi vida, las llenan.

Múltiples formas de vida llenan esta casa: 25 plantas, infinidad de amigos y gente que simplemente llega. De entre todas ellas, está Simon, mi rana sobrino adoptado temporalmente. Desde hace unos meses tomé prestada la rana albina de Danette y Tomás. Simon (que no Simón, recordemos que es la mitad de Garfunkel, q.e.p.d.) ha sabido ganarse poco a poco a todos los que vivimos en esta casa, que insisto, somos muchos. En un principio yo le tenía un amor simple, de amigo que ha aceptado cuidar temporalmente la mascota de otros amigos. Cuando llegó lo tenía en la sala, pero a la vuelta de Nash lo pasé a mi escritorio. Por esos días, siempre que trabajaba de noche en mi estudio, había un ruido que me relajaba. Ese sonido grave, bajo y parsimonioso, parecía no tener origen y no pude explicarlo sino hasta una madrugada, en la que sólo estábamos Simon y yo en casa: era su croar.

Jamás imaginé que una rana tan pequeña pudiese croar de esa manera. No lo hacía como normalmente tenemos entendido que croan las ranas. Aunque presente, el sonido de Simon puede pasar desapercibido. De hecho, tengo la teoría de que sólo se puede escuchar a Simon cuando estamos dispuestos a hacerlo. Y por esos días, yo estaba dispuesto a muchísimas cosas.

Aquello pasó de ser una mera curiosidad animal a un placer que hasta hoy confieso: de todos los sonidos del mundo he escuchado pocas cosas tan bellas como el sonido de Simon. Me animo a hacer esta confesión tras la hazaña que la rana hizo hoy. Después de todos estos meses de tenerla, por fin decidí limpiar bien su pecera, es decir, tallar sus paredes y las piedras que contiene. Como el lector imaginará, los departamentos chuecos del Distrito Federal no tienen espacio para limpiar peceras, especialmente de ranas albinas con sonidos excepcionales, así que tuve que hacerlo en la regadera.

No pienso detallar el proceso, sólo mencionaré que fue harto ingenioso y que, como imaginarán, acabé cubierto de pies a cabeza de todo lo que había dentro de esa pecera. Reconozco que fue lindo estar en cuclillas al borde de la regadera tallando piedras, como un anfibio, con ese olor de pantano casero. Un grito de Nash me hizo correr al estudio. El miedo que me invade cada vez que cambio el agua de esa pecera se había hecho real: Simon había saltado del pequeño recipiente en el que lo había colocado hacia el mundo exterior. Se veía tan pequeño y vulnerable en la madera del suelo, que sentí un hueco en el estómago.

Afortunadamente Nash se dio cuenta a tiempo de todo y consiguió devolverlo al pequeño recipiente hasta que terminé de limpiar la pecera. Volví a poner todos los elementos del hábitat marino y en cuestión de minutos Simon ya nadaba en agua limpia y en una casa remodelada.

Descubrí entonces que no sólo me había encariñado o enamorado de la rana, sino que ya no veo mi vida sin ella. Sé que es algo temporal y que si quiero puedo conseguir otro anfibio (que probablemente lo haré), pero esta vez me he entregado a él como hacía mucho tiempo no lo hacía. Porque Simon ha sacado muchas cosas que creía olvidadas o que no conocía de mí. Cosas en las que me sentía completamente experimentado y que me descubro absolutamente ignorante y vulnerable, miedos que creía domados, inseguridades profundas y volcánicas, paranoias y rencores.

Tras el breve episodio, recordé una discusión con Nash que tuvo lugar hace poco más de un mes. Yo tenía que hacer el segundo viaje a Puerto Escondido y, justo el día que me iba, tres horas antes de tomar el avión, recordé que Simon no tenía comida. Nash tenía el día lleno y no regresaría sino hasta en la noche y no había nadie que pudiera alimentarlo, nadie. Un tanto molesta, Nash me dijo: “¡Por eso no quería que tuvieras mascota! No es posible que se te olvide alimentarla, es una vida y la estás haciendo sufrir”. Sí, eso que sienten es la ola de budismo que impregna al comentario. Pero lo que sentí en ese momento fue una vergüenza terrible y una tristeza enorme. Además de una enorme pena con Simon y, de paso, con el resto del universo.

No, no era porque el comentario de mi roomie me hubiese ofendido, sino porque en lo más profundo de mí, sabía que tenía razón. La horrible e inevitable razón. Afortunadamente, algunas tiendas de mascotas tienen ya servicio de alimento a domicilio (bendito siglo XXI)y finalmente el asunto se resolvió con un par de llamadas. Pero el olvido ahí estaba, la postergación, la procrastinación y la dejadez flotaban junto con la mierda de Simon.

Otro motivo por el que me dolió el comentario de Nash fue porque, en ese fondo último del que estamos hechos todos, supe que no sólo se refería a la rana que empezó siendo un favor que le hacía a mis amigos y que acabó siendo un favor de ellos a mí. Ese comentario, iba dirigido a cada uno de los seres vivos que pasan por mi casa, o mejor dicho, por mi vida. A la casa misma.

Así como en uno y cada uno de ellos veo los cambios y cosas buenas, también descubro cuando les he olvidado o he hecho algo mal. La simple idea de equivocarme me aterra, al grado de que prefiero aislarme por completo, desaparecer y no depender de nada o que nada dependa de mí. Lamentablemente esto no es posible y cada mañana hay que levantarse y enfrentar la vida que nos rodea, con lo bueno y lo malo, con la flor nueva o los tallos secos. Hay que limpiar la pecera, regar las plantas, recoger la casa hoy, mañana y todos los días que le siguen. Todo el tiempo que sea necesario mientras esa vida nos rodee.

Creo que el principal miedo que le tenemos a la vida y todo lo que está permeado de ella, es perderla.

Sería bonito decir que escribo esto porque me he dado cuenta de todo lo que no he hecho y quiero enmendarlo. Pero tan sólo hace unos minutos Nash me recordó de todas las plantas que no he regado y el desastre que hay en la casa. Oh, viejo lobo de mar.

Por el momento hice la primera buena tarea: darle un hogar digno a una rana. Pero aún me falta mucho más. Demasiado, llego a creer. Porque a tanta vida hay que cuidarla y tratarla diario, para que se marchite lo menos posible o, al menos, cuando tenga que hacerlo. Y es que esto nunca se detiene, nunca.

Yo no soy budista, pero mis roomies y Salinger lo son (y era). Leyendo Franny & Zooey encontré una respuesta a qué hacer con tanta vida:

“ – However innumerable beings are, I vow to save them;

- However inexhaustible de passions are, I vow to extinguish them;

- However inmesurable the dharmas are, I vow to master them,

- However incomparable the Buddha truth is, I vow to attain it”.

Al igual que los Glass, tendré que rezar estos cuatro votos diario, para no olvidar nada, para tenerlos a todos en mente. A uno y cada uno. Mientras, que Simon cante como lo hace ahora, que es uno de los sonidos más hermosos del universo.

Días tóxicos

A pesar de que caigo de cansancio, me niego a dejar que pase un día más sin escribir aquí. Me prometí volver a la bonita costumbre y ejercicio de escribir en este espacio, que tan abandonado tengo, y no pienso defraudarme y mucho menos defraudarlos a ustedes, queridos lectores. Como cada determinado tiempo, decido retomar una promesa rota semanas o meses antes, con tal de recuperar cierta salud mental.

En este caso, el retomar la promesa de escribir aquí cada tercer día se debe a dos circunstancias: en primer lugar, descubro que salgo de una racha de días tóxicos, o para ser más exacto, de dos meses tóxicos. En segundo, reafirmo mi compromiso con el compromiso. Últimamente he hecho una serie de compromisos que, sin darme cuenta, he ido cumpliendo poco a poco. Este discreto cumplimiento me trae una sensación de seguridad que sólo los amigos o el rivotril consiguen.

Pero en un momento entramos en la sección química, me gustaría hablar un poco de los días tóxicos. De cuando en cuando, me dan días, semanas o meses en los que el insomnio y la angustia se prendan de mí como un chicle que pisamos en la calle: no nos damos cuenta que lo traemos ahí hasta unas cuadras más adelante, y aunque parece algo mínimo, resulta muy complicado quitarlo de la suela, por lo que cargamos con ese engorro un buen rato. Mis días tóxicos en ocasiones se parecen más a la goma de mascar en el cabello que en el zapato: es doloroso y parece imposible quitarlo; además, una vez que lo encontramos, es bastante visible.

Este tipo de épocas tienen mis nervios y estómago destrozados, sobre todo porque comienzo un ciclo vicioso en el que por alguna razón no puedo dormir, al día siguiente me levanto relativamente tarde, de malas y sin funcionar bien, ergo, no puedo dormir bien esa noche. Y entonces volvemos a empezar. Poco a poco este círculo vicioso se convierte en una espiral de decadencia, inactividad e imrpoductividad que, a la larga, se vuelve más y más dañina.

Los pensamientos que por estos días cruzan mi cabeza van de lo ridículo a lo preocupante, demostrando mi absoluta neurosis y mi poca tolerancia a la frustración.

En contraparte a esto, se encuentran dos meses en los que me han pasado algunas de las mejores cosas de mi año y, tal vez, de mi vida actual, del yo que ahora escribe, que es y no es el mismo de enero 2010, 2009, 08, 7, 6, etc. Entre esas cosas están los compromisos que cada mañana reafirmo y con los que a diario me entrego. Esos con los que con un orgullo infantil puedo decir que me estoy haciendo adulto -si es que es en realidad existe-.

Por ahora quiero hacer algo inusual en mí y en este blog: ser un poco más privado. Los que son parte de esos compromisos lo saben y lo experimentan. Para ser sincero no quiero hablar mucho de ellos y de mí. De hecho, éste es uno de los motivos de mi ausencia por acá: sentía que no tenía nada que decir, nada importante que hacerles leer. Pero entonces, el domingo pasado, pensé: “A la chingada, este blog comenzó como una autoterapia y crónica de mí mismo y así seguirá”. Verá, querido lector, cuando se tiene una memoria tan selectiva y tegflónica como la mía, se crean estos espacios en los que registramos cosas que algún día olvidaremos. La biblioteca de nosotros mismos.

Así pues, los días intensos y las noches más negras siguen y seguirán, por el simple hecho de que escribir aquí me trae la paz existencial que ni Cortázar, el jazz, los chick flicks, Moon River, el Rivotril, En tus tierras bailaré u otras sustancias han conseguido darme.

Mientras más escribo menos tóxico me vuelvo, más ácido sí, pero con mucho menos veneno autodestructivo que de costumbre.

Y sí, que se note que hoy empecé a correr en el Parque México de  nuevo.

“Ese eres tú viéndome a mí”.

“Ese eres tú viéndome a mí”, pienso al ver la fotografía, una imagen del fin de semana que acaba de pasar. En realidad no es tan buena: está borrosa y llena de elementos que la desequilibran; sin embargo, hay en ella dos cosas que me fascinan.  La primera son los colores, que son tan alucinantes como la noche en que fue tomada. La segunda es una sonrisa que no es tan fácil de explicar.

En este momento, mientras escribo esto, mi maleta sostiene la puerta de mi habitación. Hasta donde tengo entendido las maletas no fueron hechas para detener puertas, pero si se vive en un departamento tan chueco como el mío, entonces puede ser que una maleta sí sea útil. Y he de reconocer que ésta lo hace muy bien: choncha y firme, se encuentra entregada al detenimiento de la puerta.

La veo y no puedo sino concluir que es una excelente maleta: me ha acompañado incansable los últimos dos meses.  Remarco el incansable. Ella tiene mucho mejor aspecto que yo y no pienso restarle crédito en su labor: tras estar veinte años al servicio de mi abuela, aguantó el viaje a Puerto Escondido, la escapada a Querétaro, la visita a mi madre en Celaya y los viajes semanales que llevo dos meses haciendo a Puebla.

Su constante presencia a los pies de mi cama me demuestra lo poco que he estado en mi propia casa, que últimamente –y siempre- ha sido casa de muchos. A estas alturas llego a creer que en realidad mi casa está en esa maleta y en el lugar al que vaya, y es que es curioso llegar al departamento en el que vivo y de repente sentirme ajeno a él, a la gente que lo habita y a mi vida misma antes del viaje que comencé hace casi tres meses.

Este viaje ha sido un constante chocar contra mí mismo: una ansiedad ajena y desconocida se ha atado a mi estómago en los meses que mi vida se acerca a una inusual estabilidad.

La ansiedad llegó hoy a uno de sus puntos máximos. Tras mi vuelta a DF pude finalmente ver The Road (2009), el filme de John Hillcoat basado en la novela de Cormac McCarthy. Es la historia de un padre y su hijo que hacen una travesía por un mundo post-apocalíptico en el que no hay comida, no hay agua, ni animales. El ser humano se ha convertido en su mayor peligro, pues una de las pocas formas de mantenerse alimentado es el canibalismo.

La película per se es bastante perturbadora y me mantuvo aferrado al asiento como pocas. Pero la ansiedad tocaría uno de sus puntos máximos gracias a la mujer que a mi derecha se encargaría de narrar todo lo que ocurría o todo lo que ella creía que ocurriría. No hay cosa que más me saque de quicio que la gente que piensa que las escenas silenciosas y contemplativas en el cine son para dialogar con sus acompañantes.

Así pues, pasé las más de dos horas que dura la película con un nudo en el estómago. Cuando salí del cine, la sensación de desolación seguía y fue inevitable caer en la clásica reflexión de las películas post apocalípticas: ¿Qué haría yo? ¿Qué pasaría si mi mundo de repente se agitara o se perdiera como ese que me muestran? ¿Sobreviviría o me comerían a la primera partida? ¿Sería capaz de llevar mi vida entera en mis manos?

Una vez superada la ronda de cuestionamientos base de toda película/libro de este tipo, llegué a un núcleo aún más perturbador: las cosas que importan ¿Realmente importa que haya una mujer a mi izquierda narrando la película en el tono fresa más pedante? ¿El cine importa? ¿Las calles, los anuncios de restaurantes, los automóviles, los edificios chuecos? Porque cuando la civilización entera se acabe ¿De qué nos va a servir todo eso?

En realidad, la conclusión anterior es tan sólo otro cuestionamiento cliché más al que este tipo de cine lleva, que es tan sólo una metáfora de la sociedad actual. Lo interesante es llegar a ese punto en el que uno se da cuenta de que tal vez no necesitamos tanto de las cosas que nos rodean, de que tenemos que ser capaces de llegar a donde sea con lo esencial, con la vida en una maleta.

Es así como regresamos a la escena del principio: la fotografía y la maleta. Esa imagen incidental de colores alucinantes tomada a las cinco de la mañana del sábado, llena de elementos que quitan el equilibrio. De entre todos, el más armónico o tal vez el más desconcertante es mi sonrisa. También llegamos a la maleta que sostiene la puerta ¿Es la sonrisa que muestro un resultado de esa maleta? ¿De la película? ¿De los últimos tres meses? Si estoy tan ansioso ¿Cómo puedo sonreír tanto?

Pienso en el insomnio que ha vuelto a mi vida, en los días de vómito en cama, en las pocas ganas de pararme muchas mañanas, en mi poca voluntad para enfrentar al mundo, en la renovada vulnerabilidad y en la constante fragilidad. Y no, no comprendo la sonrisa en la fotografía y me molesta la maleta que sostiene la puerta.

Pero llego de nuevo a la pregunta de las cosas que importan, al cuestionamiento de si sobreviviría en mi mundo acabado o en si sería capaz de cargar con mi propia vida. No sé. No sé si pudiese sobrevivir a zombies asesinos y a humanos caníbales, todos hambrientos de sangre y carne.  Hay noches en las que no me siento capaz de sobrevivir a mi propia voracidad, así como hay mañanas en las que me siento absolutamente capaz de enfrentar al mundo, de que nada puede conmigo.

Entonces veo esta imagen, en la que no había reparado, esta fotografía que me mandaste hoy en la que sonrío con bastante descaro y tranquilidad, y pienso: “Ese eres tú viéndome a mí”. Si sonrío, creo que es porque sé que estás ahí, viéndome, capturándome, aunque yo no te observe.

Cargar con una maleta nada más y sonreír, tal vez así sea como se sobreviva. No sé. Mientras tanto, por ahora, éste soy yo viéndote a ti, aunque no te des cuenta.

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