Libretas y cuadernos

Wittgenstein tenía dos cuadernos, uno azul y uno café. El primero, son las notas de los estudios realizados por el filósofo entre 1933 y 1934. El segundo, serían las bases para su libro Investigaciones Filosóficas (1953). El filósofo austríaco se caracterizaba por ser obsesivo, así que no dudo que las anotaciones en estas libretas fuesen compulsivas y detallasen hasta lo más mínimo e imperceptible.

Más allá de la curiosidad biográfica -que creo que refiriéndonos al buen Ludwig no es sólo una curiosidad-, llama la atención la importancia de las libretas y cuadernos en la vida creativa. Vuelvo a mis ejemplos infantiles y cito A series of unfortunate events, donde los hermanos Quagmire le enseñan a Klaus a tener un Commonplace Book, en donde se anoten todos los eventos que se consideren importantes, relevantes o que puedan servir a futuro. De hecho, a lo largo de la historia, son varias de las anotaciones del hermano intermedio de los Baudelaire las que los salvan de distintas situaciones.

Por lo que sí: creo fervientemente que las libretas nos salvan a diario. Si los libros o enciclopedias son el registro del conocimiento humano “general”, las libretas de anotación personales son el registro de nuestro conocimiento personal, de esa investigación propia y tal vez inconsciente que hacemos día a día en la vida cotidiana.

Saco a colación un tema tan simple como el de las libretas porque recientemente me he dado cuenta de muchas cosas. En primer lugar, descubro que tengo muy abandonadas a mis libretas, en las que escribo desde la letra de posibles canciones, cuentas, teléfonos, frases que me impactan o hasta fragmentos de un diario intermitente que desde los quince comencé. Curiosamente a esa edad mis libretas estaban llenas. Por supuesto, en ese entonces no me había invadido la virtualidad y tenía mucho más tiempo libre. Pero la ausencia de las libretas reflejan algo mucho más profundo que el cambio en el ritmo de vida: la falta de un hábito. Escribir nuestro impacto del mundo, nuestras ideas y nuestra percepción son un ejercicio, y uno muy necesario, si se me permite decirle (por supuesto que se me permite, es mi blog maldita sea).

Higiene mental. Es esa la razón fundamental del por qué escribir habitualmente nuestra percepción del mundo. Purgamos harto demonio y creamos un pequeño mapa de dónde estamos parados en la realidad.

En estos días he dejado de escribir tanto en este espacio como en mi libreta porque “siento que no tengo nada que decir”. Entrecomillo lo anterior porque era y ha sido una constante frase de mi amiga Elsa respecto a su no-escritura. De hecho, un intento de solución que Rosa Elena y yo hicimos para esto fue el reto bloguero, que consistía en escribir determinado número de posts en determinados días. Con mi usual falta de disciplina para los hábitos no salí muy exitoso en el reto autoimpuesto (creo que el del cereal o el yogurth sería más fácil).

Desde la primera vez que la escuché, no he parado de pensar en el “no tengo nada que decir” de Elsa, pues de un tiempo para acá me he sentido así. Por si el lector no identifica esta sensación, consiste en un vacío de palabras y frases congruentes y/o ingeniosas en el cerebro, en pocas palabras, uno se siente pendejo y poco interesante. Un blog es una especie de responsabilidad, sobre todo si se tienen lectores que consumen lo que uno dice. Por eso hay que decir cosas importantes, que valgan la pena, que si usted, estimado y apreciado lector, está invirtiendo cinco, diez o los minutos que sea en este espacio, encuentre algo que valga la pena. Pero ah, aquí nos topamos de nuevo con el factor budista que tanto ha influido a este sitio y su autor en últimas fechas.

Nash siempre remarca la importancia del silencio, consejo un tanto inútil para cualquier hijo de mi madre, nieto de mi abuela y bisnieto de mi bisabuela, que las palabras nos salen como cucarachas de una coladera chilanga. Visto desde esta perspectiva, está bien el no publicar cosas que no consideremos trascendentes ¿Pero dónde queda el ejercicio que mencioné con anterioridad? ¿Es más importante guardar silencio o decirlo? ¿Somos esclavos de lo que decimos y dueños de lo que callamos? ¿Occidente vs. Oriente? Tricky, very tricky indeed.

Aquí llegamos a la diferencia fundamental entre la escritura pública y la privada. Escribir en la intimidad, en lo personal es un hábito que debe ser constante, pues es a partir de esta escritura que saldrán las cosas importantes que decir en público. Y la escritura pública, bien hecha, es también esencial para la consciencia colectiva, para descubrir que estamos más conectados de lo que creemos. Cabe aclarar que hablo de la escritura personal, el periodismo y la academia son cosa aparte.

Esta escritura personal es la de la magia de lo cotidiano, que en este caso, curiosamente, mi cotidianidad se ha tambaleado mucho últimamente. No sé si está cambiando de piel o forma, pero me cuesta mucho ser cotidiano. Tal vez sea esa una de las razones por las que siento que no tengo mucho que decir. Pero luchemos contra ello.

Lo que queda, pues, querido lector, es pedirle que no deje de registrar su vida cotidiana, por mínima que la considere. No tener nada que decir es reducir la vida, y eso es tremenda injusticia tanto para usted como para la vida misma. Si su cotidianidad se tambalea como la mía, tome un respiro, dé un paseo, registre algo mínimo y vuelva a empezar. Vea en lo que se convirtieron las libretas de WIttgenstein. Ah, y por cierto, si algún día considera hacerme un regalo, que sea una libreta por favor, para como diría la querida Rosa Elena, ordenar el universo alrededor.

Un pensamiento en “Libretas y cuadernos

  1. Ethlinn dice:

    Yo también me llego a sentir perdido y desesperado cuando no escribo. Hace no tanto tiempo dejé de escribir y los resultados fueron poco prometedores:

    http://thecrystaltower.tumblr.com/page/2

    Aún tomo medicamentos y voy a terapia para eso, pero lo que más me ayuda es que he vuelto a escribir.

    Me gusta el silencio, la paz que queda en mi corazón una vez que he escrito todas las palabras que se acumularon en mí, empañando mi espíritu. A veces escribo cosas bonitas, y otras no tanto… pero siempre me siento mejor después de haberme deshecho de ellas.

    Voy al Templo Zen con quizá poca regularidad, pero sólo voy después de haber escrito. Así voy limpio y listo para verme en el espejo de la meditación, listo para respirar el aire sacro y escuchar las murmuraciones…

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