Un pato de peluche que seguro pertenece a 1988, colgado junto al espejo, me dice: “Sonríe”. Observa frente a una cama de la cual no puedo revelar su ubicación, o si no, vendrán por mí y por todo lo que he conseguido hasta ahora. De seguro ese pato fue puesto ahí por ellos, que sabían que algún día y en algún momento de este viaje, llegaría aquí, a encarar al pato. Sí, “que encare al pato, que el pato le pregunte”. Hay cosas que al final no se pueden evitar.
En esta casa la estrategia del pato es de las más duras. Si estás simple, harás lo que dice el pato ¿Pero qué pasará cuando andas demasiado complejo y cuestionas al pato? Sonríe ¿Sonreír? ¿Para qué? ¿Hay un verdadero motivo o sólo es un reflejo, una reacción facial ante un impulso?
“Sonríe”, indica el pato y estoy el sábado a las 9:30 pm en la carretera hacia Mariano Escobedo, inundada de la clásica y ya comentada oscuridad siniestra de Guanajuato, mientras observo a un vulcanizador ebrio cambiar la llanta de un coche ajeno. Llueve y mi estómago grita: “¡Dame un W.C. en este instante, hijo de la chingada”.
“Sonríe”, dice el pato, el lunes, sentado en un café de franquicia, después de descubrir que le tengo miedo a los perros, que no puedo resolver nada a la distancia, que sí, tengo más miedo y que soy como un niño.
“Sonríe”, me indica el pato, tras escuchar hora y media a mi eufórica abuela hablar sin parar de una resolución que lleva cuarenta años esperando y tras sentir que llevo cuarenta años esperando tras veinte minutos esperando en un sofá, con ese tiempo tan relativo de Celaya que a veces parece detenerse.
“Sonríe”, pide el pato hoy por la tarde que busco un café donde instalarme mientras descubro que el tiempo no pasa por algunos lugares. No sé si eso me gusta o me angustia. Me siento en otro café de franquicia. “Sonríe”, pide una vez más el pato, tras una espera de tres horas por tres de las mujeres más importantes de mi vida.
“Sonríe”, me ruega el pato, al no manejar bien –aún- la distancia, la fe, la voluntad, la fuerza y la prudencia.
“Sonríe”, me suplica el pato, sentado frente a frente con mi madre en su habitación, mientras tenemos LA plática que desde hace meses debimos haber tenido. Incómoda, dolorosa y con litros de veneno saliendo por todos lados, se resuelve tranquila y con un guiño de confianza.
“Sonríe” se burla el pato, “aunque sean casi las cuatro de la mañana y sigas despierto”.
“Sonríe”, le digo al pato. “Yo me voy mañana y tú aquí te quedas”. Pienso en este viaje, en sus motivos y en los resultados, como siempre, tan inesperados. Del lado de aquí, del lado de allá, diría Cortázar.
“Sonríe” dice el pato, mientras escribo esto de madrugada y descubro a través de la pared a mi madre escuchando By your side, de Sade. Veo el espejo, al pato, al espejo otra vez, al pato una última y vuelvo al espejo. Creo que pasé la prueba.