Posted in julio 2010

“Sonríe”, dijo el Pato

Un pato de peluche que seguro pertenece a 1988, colgado junto al espejo, me dice: “Sonríe”. Observa frente a una cama de la cual no puedo revelar su ubicación, o si no, vendrán por mí y por todo lo que he conseguido hasta ahora.  De seguro ese pato fue puesto ahí por ellos, que sabían que algún día y en algún momento de este viaje, llegaría aquí, a encarar al pato. Sí, “que encare al pato, que el pato le pregunte”. Hay cosas que al final no se pueden evitar.

En esta casa la estrategia del pato es de las más duras. Si estás simple, harás lo que dice el pato ¿Pero qué pasará cuando andas demasiado complejo y cuestionas al pato? Sonríe ¿Sonreír? ¿Para qué? ¿Hay un verdadero motivo o sólo es un reflejo, una reacción facial ante un impulso?

“Sonríe”, indica el pato y estoy el sábado a las 9:30 pm en la carretera hacia Mariano Escobedo, inundada de la clásica y ya comentada oscuridad siniestra de Guanajuato, mientras observo a un vulcanizador ebrio cambiar la llanta de un coche ajeno. Llueve y mi estómago grita: “¡Dame un W.C. en este instante, hijo de la chingada”.

“Sonríe”, dice el pato, el lunes, sentado en un café de franquicia, después de descubrir que le tengo miedo a los perros, que no puedo resolver nada a la distancia, que sí, tengo más miedo y que soy como un niño.

“Sonríe”, me indica el pato, tras escuchar hora y media a mi eufórica abuela hablar sin parar de una resolución que lleva cuarenta años esperando y tras sentir que llevo cuarenta años esperando tras veinte minutos esperando en un sofá, con ese tiempo tan relativo de Celaya que a veces parece detenerse.

“Sonríe”, pide el pato hoy por la tarde que busco un café donde instalarme mientras descubro que el tiempo no pasa por algunos lugares. No sé si eso me gusta o me angustia. Me siento en otro café de franquicia. “Sonríe”, pide una vez más el pato, tras una espera de tres horas por tres de las mujeres más importantes de mi vida.

“Sonríe”, me ruega el pato, al no manejar bien –aún- la distancia, la fe, la voluntad, la fuerza y la prudencia.

“Sonríe”, me suplica el pato, sentado frente a frente con mi madre en su habitación, mientras tenemos LA plática que desde hace meses debimos haber tenido. Incómoda, dolorosa y con litros de veneno saliendo por todos lados, se resuelve tranquila y con un guiño de confianza.

“Sonríe” se burla el pato, “aunque sean casi las cuatro de la mañana y sigas despierto”.

“Sonríe”, le digo al pato. “Yo me voy mañana y tú aquí te quedas”. Pienso en este viaje, en sus motivos y en los resultados, como siempre, tan inesperados. Del lado de aquí, del lado de allá, diría Cortázar.

“Sonríe” dice el pato, mientras escribo esto de madrugada y descubro a través de la pared a mi madre escuchando By your side, de Sade. Veo el espejo, al pato, al espejo otra vez, al pato una última y vuelvo al espejo. Creo que pasé la prueba.

Los fantasmas de Celaya

Anoche me enteré que conocí a mi tatarabuela. O mejor dicho, ella me conoció a mí. El encuentro se dio cuando yo tenía uno o dos años y ella cien. Aquél sería su último año.

Por supuesto, no tengo memoria alguna de ese encuentro, sólo lo que mi abuela me cuenta; tampoco tengo idea de su aspecto; sé que “tenía la piel blanquísima, el pelo negro y los ojos azules y profundos”, en palabras, también, de mi abuela.

A pesar de lo anterior,  su fantasma es uno de los muchos que me ronda cada vez que vengo. Y es que pese a todo mi escepticismo, Celaya es el único sitio en el que creo en fantasmas. Esta madrugada, mientras escuchaba esta historia en la cocina de mi abuela, podía sentirla sentada a la mesa, observando atenta, como todos los muertos de esta ciudad.

La tatarabuela, la bisabuela, el bisabuelo, los tíos, los gemelos suicidas, el doctor sin ojos, la amante, el hombre que embarazó a la hermana y recibió un tiro, el hijo psicópata, la monja del colegio, la amiga que murió de cáncer y el niño de tres años con el lunar en el rostro. Todos están aquí, todos me observan cada vez que vengo y no dicen nada. A algunos los conocí, a otros no y con los años muchos se han anexado a esa lista. Pero siempre que vengo están y siempre se sienten.

Es curioso, pero Celaya siempre me ha resultado igual de siniestra que luminosa.  Siempre que vengo un miedo infantil y de los días previos a la conciencia se apodera de mí. Me vuelvo pequeño y el mundo es otra vez un lugar enorme e impresionante.

Pero al igual que estos sitios oscuros, donde siempre he dicho, sólo hay polvo y muerte,  están también aquellos llenos de luz. El departamento de mi abuela es el único lugar en el planeta en el que me siento completamente seguro y es para mí, el sitio luminoso por excelencia. Es esa chispa dentro de toda esta oscuridad donde los fantasmas, como yo, encuentran refugio. Andan en los pasillos, en los álbumes fotográficos, el café y la papaya de las mañanas y, por supuesto, en mi abuela y todo lo que cuenta.

Es aquí donde me convierto de nuevo en un niño que tiene mucho miedo pero que también cree en imposibles. Y es aquí donde vengo a confrontar los miedos nuevos con soluciones todavía más imposibles, increíbles sobre todo, para el escéptico en el que me he convertido.

Los años y las ansias de ciudad han hecho que centros comerciales e intentos de éxito se vayan tragando poco a poco los lugares que habitaban los fantasmas.  Ahora, por ejemplo, que escribo esto, lo hago desde una de las casas que rodea la Alameda y que solía ser de una de las familias más viejas de esta ciudad. Hoy es un café, parte de una franquicia, con smoothies e Internet inalámbrico.

A este paso no quedará lugar para mis fantasmas y puede que llegue el día en que ya no haya sitio para volverse niño, temerle a lo desconocido y encontrar la solución en lo imposible.

Hay mucha gente por quien luchar.

A pesar de que me encanta analizar tanto los sueños propios como los de la gente que quiero, no me gusta ponerlos aquí. Por un lado, siento que son historias demasiado íntimas y delicadas como para hacerlas públicas. Por el otro, creo que andar poniendo sueños en un blog es algo demasiado cliché, a menos de que sea un espacio especializado en el tema (y aún así tengo mis reservas). Sin embargo, considero que el sueño que tuve de domingo a lunes es digno de ser contado aquí. Es más, creo que es necesario. Sobre todo, porque a su manera, fue un sueño muy público.

En mi sueño, una organización secreta buscaba destruirme a mí, a la organización para la que yo trabajaba y, de paso, al mundo (¿Así o más ego?). No recuerdo con claridad la odisea, pero puedo asegurar que toda la primera parte del sueño era algo épico. Recorriendo el mundo y escondiéndome, encontrando pistas y a otros agentes secretos, como yo. La simple idea de encontrar a otras personas que estuviesen en esa misión secreto y peligrosa, al igual que yo, era suficientemente esperanzadora como para seguir. No sabía si lo lograría o no, pero sabía que había que hacerlo, porque no había nadie más que pudiera.

A lo largo del sueño iban apareciendo personas de todas las épocas de mi vida. Y no sólo gente que quedó claramente marcada, sino esos personajes secundarios en los que no había reparado en años. Viejos compañeros de la primaria en Querétaro, vecinos de Toluca, maestros de la secundaria en Mérida, gente que vi un par de veces en Puebla y personas que no acostumbro en México. Pero era un hecho, estaban todos.

En un punto me encontraba a mis padres, a quienes no he visto en casi tres meses, en una calle frente a un túnel. Tras decirles cuánto ansiaba verlos, mi madre me decía que simplemente no se podía, que no era posible. Con una cara de tristeza infinita, mi padre se limitaba a decir que lo sentía, lo sentía mucho. Y entonces la gente de la organización que quería destruirme me atrapaba: mis padres me habían vendido a ellos.

Esposado, los miembros de esta organización me llevaban por el túnel hacia el otro lado. En el camino, uno de ellos me dijo: “Ya no hay nada más que hacer”. Aquello era como si toda la tristeza del mundo se me colara en el estómago. Y entonces, un instante antes de cruzar el umbral que nos llevaba al otro lado, tuve un momento de franca cursilería y heroísmo: “Pero si aún hay mucha gente por quien luchar”, dije.

Apenas terminé mi frase, cruzamos el túnel y salimos a una especie de coliseo. Uno de ellos me tenía agarrado por la cabeza, mirando hacia el piso. Me iban a matar, yo lo sabía. Lo sabía con la certeza de los sueños, esa que no necesitamos el significante para tener absolutamente claro el significado. Sentí (y aún puedo sentirlo) el metal frío de la pistola en mi nuca. Me iban a matar y no había nada que se pudiera hacer. Comencé a llorar como desesperado, jamás había sentido tanta falta de posibilidad como en aquel instante. “Aún hay mucha gente por quien luchar”, repetí con la voz entrecortada, mientras mis futuros asesinos se reían.

Justo en ese momento, alcé la mirada y vi a mi alrededor. En las gradas del coliseo estaba toda la gente involucrada en mi vida. Toda. Desde la gente con la que apenas crucé alguna palabra alguna vez hasta los que considero mis esenciales. Uno y cada uno me miraba en pie desde las gradas, en silencio y con ojos inexpresivos. Yo sabía que me iban a matar, así como sabía que esa era toda la gente de mi vida, aunque no hubiera visto la cara de todos. No había necesidad, simplemente lo sabía.

Los otros seguían riendo y entonces uno de ellos dijo “Aquí termina todo”. Apretó el gatillo y el ruido de la bala reventando en su camino hacia mi cerebro fue lo último que escuché. Desperté llorando y sin aliento.

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La serpiente de coral.

La noche en que todos estábamos poniéndonos de acuerdo para nuestra salida la madrugada siguiente de vuelta a Puebla, Andrés llegó diciendo que acababa de ver una serpiente coralillo en una de las jardineras junto a la entrada de la casa. Como mencioné en el post anterior, la casa de playa a la que fuimos estaba en el medio de una nada selvática en la que, a ciertas horas, sólo era posible escuchar el sonido del mar, los habitantes de la selva y la propia voz, que nos habla.

Esa fue la misma voz que me dijo que no entrara muy profundo en el mar del Pacífico, mar abierto, suelto y demasiado libre, como algunas de las personas que iban con nosotros en la expedición. Cada vez que entrábamos en él nos golpeaba con olas que parecían dirigidas específicamente, era como si a ratos se enojara con unos, a ratos con otros. Sin embargo reconozco que el mar nunca se enojó demasiado conmigo. Alguna vez leí que, en los sueños, el mar suele representar la vida, la muerte o la sexualidad. Supongo que tiene que ver con la idea de infinito y enormidad que a simple vista uno reconoce. Pero si la casa fuese, como lo intenté expresar en el post anterior, una representación de nuestra mente, yo lo equipararía a la conciencia, el deseo o la voluntad. Enorme, intempestivo, claro pero pesado. Muy pesado, nos lleva, nos estrella y nos revuelca.

Apegándome a mi idea de que la casa es la mente, la selva que rodea a la casa es justo como esa parte que desconocemos de nosotros mismos: tenemos indicios de ella, escuchamos las cosas que la habitan, incluso puede ser que hayamos leído algo al respecto, pero ¿Realmente queremos adentrarnos en todo eso? ¿Estamos tan dispuestos a lo desconocido? Y como en esta selva, en mi cerebro hay monstruos de los que tengo noción pero que prefiero evitar o pretender que puedo con ellos. Apenas alguien menciona que vio a la bestia en la puerta de la casa me hago pequeño y vuelvo a sentir ese miedo de niño que me paraliza y que me hace pesado.

Aquella noche me moví con cuidado: las puertas del dormitorio general habían estado abiertas, el monstruo y su veneno podrían haber reptado dentro. Revisé cada rincón, esperando el encuentro repentino, el terror. La voz me decía que aparecería seguro detrás de las puertas, abajo de la cama, entre la ropa revuelta. La ropa revuelta ¿Por qué dejé un montón de maldita ropa revuelta? Pese a estar aterrorizado busqué en cada rincón, y nada. Eso no fue suficiente, yo sabía que la serpiente seguía ahí, fuera, en algún sitio cercano a la casa. O en la casa misma.

Como muchas otras cosas de este viaje, descubrí que el miedo no era exclusivamente mío. De alguna manera, esta idea me hizo sentir mejor.

Nos fuimos todos a dormir y, con las luces apagadas, la veía reptar por las paredes, entrar por la ventana, salir por detrás de mi almohada. La voz me indicaba que estaba en la bufanda que se quedó revuelta, en la toalla en el piso, en la rama del árbol. La voz dijo que estaba en todos lados.

No fue sino hasta que cayó una lluvia torrencial que acompañaba a las olas chocando con violencia que llegó el silencio. Entonces la dejé de ver en todos los sitios donde no estaba. Desapareció al callarse la voz. Dejé que ese sonido me calmara hasta poder caer dormido en algún momento.

A la mañana siguiente, entre las prisas del regreso y el despite del desvelo, me olvidé de la coralillo. No fue sino hasta hoy, que vi cómo un miedo que creía exclusivo de mi interior, privado, hacerse realidad, que la recordé. Sólo que aquí sí hubo una pequeña cantidad de veneno involucrada. Como las pocas veces que me he topado cara a cara con una serpiente, el susto tardó varias horas en bajarse. Pero al igual que aquellas veces, traté de comprender este miedo mío tan profundo, tan infantil, tan terrorífico.

En esas ocasiones, al poco tiempo del encuentro, hacía algo para enfrentarlas a la distancia. La última vez entré a una tienda de mascotas y estuve viendo a una directo a los ojos durante cinco minutos. No pude más. Era como si algo, que aún no sé explicar, se revolcara dentro de mí. Alguna vez escuché  que el miedo a las serpientes está relacionado con un profundo miedo al yo, por lo que creo que esa parte mía se revuelca y se violenta dentro de mí cada vez que sabe de la presencia de alguna cerca. Quizás porque sabe que dentro de sí ronda una de ellas.

El miedo funciona de formas curiosas, ni siquiera el veneno paraliza tanto o es tan tóxico. Aquel día y hoy lo comprobé. Pero como todos los miedos, debe llegar el momento de enfrentarlos para entenderlos, para hacernos más fuertes.

La selva, el mar y la voz.

Rosa Elena decidió que era buena idea sacar de nuevo el reto bloguero. De aquí a que acabe el año, debemos hacer al menos cincuenta posts. La idea me parece simplemente magnífica, pues como generalmente ocurre conmigo, necesito de presiones externas para avanzar y vencer las depresiones internas. Así pues, me reporto con ésta, mi primera entrada al reto bloguero versión 2.0 y las primeras luces desde mi desaparición.

Desaparecí el lunes 12 de este mes para un viaje que se había planeado desde hace poco más de dos meses. El motivo era despedir a mi amigo Mikel en una casa en la playa. La casa, tiene la cualidad de estar en medio de la nada en alguna playa perdida (con la pequeña gracia de que hay señal de internet) a algunos kilómetros de Ixtapa-Zihuatanejo. Pero aquí se está tan en medio de la nada que por la noche sólo es posible ver los límites de la casa misma, como si la nada se hubiese tragado al resto del mundo.

El pueblo en el que se encuentra está a diez minutos en camioneta. Entre ellos y nosotros, la selva (y una serie de terrenos que pertenecen a un afamado artista plástico británico), así que de noche, el único sonido que se percibe es el del mar y el de todos los habitantes de ese mundo que compone la nada entre la casa y el pueblo.

Se pensaría que ante tanta calma dormir sería una de las acciones más fáciles de ejecutar en este pequeño paraíso, pero no ha sido así. Cada noche, cuando voy a dormir, en mi cabeza resuenan el mar, los bichos y esa voz, que no para. A pesar de los amigos, es inevitable que llegue un momento del día en el que, además del mar y la selva, el único sonido que se escucha es el de la cabeza. La voz propia, hablándonos todo el tiempo. La noche que llegué, ese sonido no paraba y tuve que vomitarlo en un ataque nocturno de verborrea y confesión amorosa.

Por el lado de la convivencia ha sido un ejercicio interesante también: convivir y estar con el otro y nadie más. Con el otro no me refiero a nadie en específico, sino a esa condición que tiene el no ser yo, y que en este caso me rodea en ocho personas, cada una tan distinta y tan parecida a mí que hablar con ellos es como pasar la noche aquí: la selva, el mar, la voz.

Hoy es el último día y, casualmente, mientras escribo esto, lo único que escucho es el mar y las cigarras, la voz está aquí, escribiéndoles esto.

La duda acerca de perros y gatos

¿Por qué tengo temporadas en las que me ausento de este espacio y no escribo así como tengo periodos en los que no hay quien me calle? No sé. Sólo tengo cierta certeza de que ese fenómeno está relacionado con cosas tales como tener desde la semana pasada una película que debía entregar el viernes y seguir con ella o el nombre de un amigo en un post it, a quien quedé en escribirle y no lo he hecho. Otra posibilidad del por qué no escribo es que hay veces en las que simplemente no siento que tenga algo que decir. O al menos eso creo.

Tras poco más de tres meses de no vernos, hoy fui a tomar algo con mi adorada AM. Ella es de esa poca gente que tengo con quien puedo pasar meses sin vernos y, cuando lo hacemos, es como si la noche anterior hubiésemos platicado, o como si llevásemos una semana viéndonos. Ana me conoce de una forma tan particular, que incluso cuando me olvido de quién soy, ella está ahí para recordármelo. Y así lo hizo hoy.

Desde hace algún tiempo tengo la teoría de que soy un gato, que me muevo por los bordes de las azoteas, que no necesito comer en casa o que la noche no me da miedo. Per según Ana, hoy, no soy nada gato, sino perro. De hecho, dice que soy demasiado perro ¿Sería esto verdad? ¿Soy en realidad un perro que le gusta disfrazarse de gato? ¿Soy un perro al que le avergüenza reconocerse como tal? ¿O simplemente no tengo claro qué soy?

Toda esta conversación me hizo recordar una columna de Elvira Lindo que hace meses leí en la que ella se reconocía a sí misma como perro. Es más, se autodenominaba una perrilla que se iba con cualquiera que apenas le mostrase un poco de cariño. Yo no sé si ese sea mi caso, pero me agrada el orgullo con el que Elvira reconoce ser alguien perro, o perra, en su caso. No le da miedo, no le avergüenza, como es mi caso.

¿Cuál es el problema de ser perro? ¿Cuál es la desgracia de ser gato? Aún no sé. Lo que sí sé es que no hay problema en no saber qué es uno, incluso no es necesario saberlo. Mucho menos ahora, que hay días en los que ladro y días en los que maullo. Así como hay ocasiones en las que necesito sacar una bola de pelo de la garganta. Otra cosa que no sé es que no hay que avergonzarse, porque aún siendo gato es posible que le acepten a uno entre los perros y hasta nos permitan disfrazarnos, o viceversa.

Puede que Ana tenga razón o que simplemente hay días en los que me levanto de un ánimo y días en los que estoy de otro. La verdad, es que aún no sé qué soy o quién soy. Lo mejor, es que hay por delante todo un proceso para descubrirlo ¿Hay alguien que desee venir?

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