Anoche me enteré que conocí a mi tatarabuela. O mejor dicho, ella me conoció a mí. El encuentro se dio cuando yo tenía uno o dos años y ella cien. Aquél sería su último año.
Por supuesto, no tengo memoria alguna de ese encuentro, sólo lo que mi abuela me cuenta; tampoco tengo idea de su aspecto; sé que “tenía la piel blanquísima, el pelo negro y los ojos azules y profundos”, en palabras, también, de mi abuela.
A pesar de lo anterior, su fantasma es uno de los muchos que me ronda cada vez que vengo. Y es que pese a todo mi escepticismo, Celaya es el único sitio en el que creo en fantasmas. Esta madrugada, mientras escuchaba esta historia en la cocina de mi abuela, podía sentirla sentada a la mesa, observando atenta, como todos los muertos de esta ciudad.
La tatarabuela, la bisabuela, el bisabuelo, los tíos, los gemelos suicidas, el doctor sin ojos, la amante, el hombre que embarazó a la hermana y recibió un tiro, el hijo psicópata, la monja del colegio, la amiga que murió de cáncer y el niño de tres años con el lunar en el rostro. Todos están aquí, todos me observan cada vez que vengo y no dicen nada. A algunos los conocí, a otros no y con los años muchos se han anexado a esa lista. Pero siempre que vengo están y siempre se sienten.
Es curioso, pero Celaya siempre me ha resultado igual de siniestra que luminosa. Siempre que vengo un miedo infantil y de los días previos a la conciencia se apodera de mí. Me vuelvo pequeño y el mundo es otra vez un lugar enorme e impresionante.
Pero al igual que estos sitios oscuros, donde siempre he dicho, sólo hay polvo y muerte, están también aquellos llenos de luz. El departamento de mi abuela es el único lugar en el planeta en el que me siento completamente seguro y es para mí, el sitio luminoso por excelencia. Es esa chispa dentro de toda esta oscuridad donde los fantasmas, como yo, encuentran refugio. Andan en los pasillos, en los álbumes fotográficos, el café y la papaya de las mañanas y, por supuesto, en mi abuela y todo lo que cuenta.
Es aquí donde me convierto de nuevo en un niño que tiene mucho miedo pero que también cree en imposibles. Y es aquí donde vengo a confrontar los miedos nuevos con soluciones todavía más imposibles, increíbles sobre todo, para el escéptico en el que me he convertido.
Los años y las ansias de ciudad han hecho que centros comerciales e intentos de éxito se vayan tragando poco a poco los lugares que habitaban los fantasmas. Ahora, por ejemplo, que escribo esto, lo hago desde una de las casas que rodea la Alameda y que solía ser de una de las familias más viejas de esta ciudad. Hoy es un café, parte de una franquicia, con smoothies e Internet inalámbrico.
A este paso no quedará lugar para mis fantasmas y puede que llegue el día en que ya no haya sitio para volverse niño, temerle a lo desconocido y encontrar la solución en lo imposible.
Excelente Post.
Yo siempre pensè que el lugar donde existìan todos los muertos era en una comunidad pegada a Orizaba llamada Nogales.
Caramba, todos tenemos nuestro Comala.
SALUDOS