10 cosas inútiles e innecesarias que aprendimos esta semana
El mundo cambia, es un hecho. El tiempo se expande y se reduce por igual y ya no es cierto aquel axioma de que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio al mismo tiempo. El internet y todas las tecnologías derivadas de él (o ella) han hecho esto posible. Hoy día se puede estar en muchos sitios a la vez para tal vez descubrir que no estamos en realidad en ninguno de ellos. También es posible darnos cuenta de que la distancia no nos aleja de la gente que queremos o de que a pesar de que estemos cerca de alguien realmente no estemos con esa persona.
Lo anterior, es tan sólo una parte del replanteamiento de la realidad que en los últimos años la red nos ha oblidado a hacer. Pero como todo lo vivo, el Internet crece y evoluciona. Hace poco leí un tweet que citaba al Steve Jobs de 1982 diciendo que 640 Kbs deberían ser suficiente espacio para cualquier persona. Ese es el mismo hombre que hoy vende placas de hasta 32 Gbs que pretenden cambiar el formato en el que percibimos cosas tales como la lectura o el cine. Es también el hombre que me vendió la computadora desde la que les escribo y sin la que sería posible hacer el 70% de mi trabajo.
Los dispositivos, la interconexión y las redes sociales son una realidad que tenemos que aceptar y junto con la que tenemos que evolucionar. Pero esta evolución tiene que ser pareja, de lo contrario, algún día nuestros propios medios podrían tragarnos (Momento ¿No está ocurriendo ya eso?).
Esta semana aprendimos muchas cosas de la red y sus dispositivos; de su pasado, su presente y su futuro, que cada vez se siente más próximo y más acelerado.
Sin embargo, a pesar del trepidante ritmo al que la sociedad virtual evoluciona, es bueno ver que hay cosas que nunca cambian, como el valor, la ética, la inocencia y la ingenuidad de algunas personas, necesarios para combatir viejos males que, al parecer, nunca se irán. Males propios del poder viejo, corrompido, del poder por el poder, de ese que no piensa en la gente a la que supuestamente debe servir. Las nuevas tecnologías permiten hacer formas de insurgencia también evolucionadas, así como también permiten la creación de nuevos mecanismos de control. Para esto, surgen nuevas versiones de protesta o de análisis críticos.
Tampoco se pueden dejar de lado los viejos placeres mundanos que vienen con los nuevos tiempos. Esos que tampoco nos van a abandonar nunca y que siempre nos hacen mucho bien. Porque también hay que recordar la importancia del placer.
Lo más importante aquí es recordar, porque en efecto, el mundo cambia y lo hace muy rápido. Si no somos capaces de recordar lo que fuimos, corremos el riesgo de perdernos en tanto cambio. Por eso, van estas diez cosas inútiles que recordamos y aprendimos esta semana, armas necesarias para el cambio constante, el disfrute, el valor y la memoria.
1. “Vamos a ver quién tiene los güevos más grandes…”
Fue lo que seguramente pensó Alejandro Poiré, vocero del gabinete de seguridad del presidente Felipe Calderón, tras el “apoyo” que ofreció en rueda de prensa a El Diario de Ciudad Juárez.
El pasado domingo 19 de septiembre, el periódico de Chihuahua publicó la que ha sido quizás una de las editoriales más arriesgadas, comprometidas y congruentes que se haya visto en este país. Con el título ¿Qué quieren de nosotros? El diario hizo la pregunta que muchos mexicanos (gobierno incluido, me imagino), han querido hacer directamente al Narco y puso las cosas claras como nadie lo había hecho en lo que va de esta Guerra contra el Crimen Organizado (en palabras del Presidente).
Esta carta de denuncia vino tras la muerte de dos miembros del equipo editorial, asesinados por tratar de ejercer su profesión.
¿Cuál fue la posición del gobierno ante todo esto? Evidentemente, la que todos esperábamos y la que ya se siente como una clásica de estos muchachos: negarlo todo y echarle la culpa a los muertos.
According to Alejandro Poiré, si asesinaron a los periodistas fue por motivos personales y no por ejercer su profesión. Además, según Poiré también, el Diario de Juárez no debió haber publicado semejante texto pues no es tarea de ellos lidiar con los criminales.
En efecto, no es tarea de los periodistas lidiar con los criminales, sino informar sobre ellos. Pero ¿Qué haces cuando ves que están asesinando a tus compañeros por hacer su trabajo y cuando ves que a los que les corresponde “lidiar con los criminales” no han logrado mucho (y además, te echan la culpa)?
Ahora resulta que la congruencia y la racionalidad están mal vistas en tiempos desesperados. Se requiere tremenda cara para salir a dar declaraciones como las que Poiré hizo la semana pasada.
Pero para qué les digo más, si en el blog de Jenaro Villamil está el chisme resumido:
El Diario de Juárez y la derrota de Calderón.
2. Búnbury sale reptando del IPod
¿Recuerdan hace un par de años que los refritos del cine de terror asiático masticados y regurgitados por los gringos invadieron las salas de cines de todo el mundo? Pues bien, algo similar está ocurriendo hoy día con los “tributos”, que más bien, habrían de llamarse profanaciones.
Una de las primeras noticias que recibí esta mañana en mi Twitter era EMI anunciando con bombo y platillo el nuevo tributo a Caifanes y Jaguares. La carta de presentación era nada más y nada menos que Afuera en voz de la mismísima vaca sagrada y sobrevalorada de España del mismísimo Jim Morrison español: Enrique Búnbury (¿no que “n” y “b” no podían ir juntas?).
Así como en su momento los críticos de cine se preguntaron si la invasión gringo-nipona cinematográfica era simplemente una muestra más de la falta originalidad que atacaba (y ataca) a todos los sectores creativos, yo me pregunto si este arte del tributismo no nos está queriendo decir algo.
¿Acaso se nos han acabado las ideas? ¿Ya la música, o el arte en general, no puede aportar nada? ¿Tan buenos eran los viejos tiempos? Sinceramente Caifanes/Jaguares nunca fueron santos de mi devoción, mucho menos Héroes del Silencio (aunque sí, tengo un par de CDs) ¿Pero esto? ¿Cuántas décadas más tendremos que rumiar hasta producir algo propio?
Así como muchos sufrimos viendo a una Samara gringa salir tres veces de la pantalla hace unos pocos años (con el consecuente grito agónico de la originalidad cinematográfica), muchos verán sangrar sus bocinas con esto:
3. Las drogas duras y yo nos llevamos bien
Mis amigos y familiares han visto en silencio la transformación. Nadie ha dicho nada, sólo observan y respetan mi mutación. Ya sea por terror, por fascinación o por un simple anonadamiento, la gente que me rodea ha permanecido callada ante este cambio.
Los síntomas eran notorios, tal vez, desde la infancia. Pero ahora, a mis casi 25, el brote es innegable: me he convertido progresivamente en un geek infoadicto.
Día a día consumo cantidades aturdidoras de información que, la verdad, ya no sé si me benefician o me destruyen. Lo que es cierto es que no estoy solo, y así como en la primera media hora de la película vemos a algunos de los personajes más entrañables transformarse en zombies, descubro que estoy rodeado de seres iguales a mí, que han sufrido esta transformación, tal vez, con el cambio de década.
Como siempre he dicho, mi abuela es mi principal dealer, y la semana pasada me ayudó a conseguir lo que en términos junkies sería el ultimate shot de esta droga dulce e innegable que es la información: mi BlackBerry.
La conectividad, la interrelación, la mutación del tiempo y el espacio, la multiplicidad, la perenne conexión, la omnipresencia, pues, comenzaron a correr dulces por mi torrente informático-nervioso desde la semana pasada. Y no parece haber nada que pueda pararlo.
O casi nada. Si la fugacidad de la batería no fuera suficiente, ésta, como toda droga, tiene un precio con el que todo junkie está dispuesto a endeudarse a como dé lugar. Veamos, pues, cómo me va con este supuesto paso hacia la madurez que representa mi primer (sí, mi primer, leyeron bien) plan de telefonía móvil.
Ahora sí ando haciendo compromisos a dos años, o ellos, me hacen a mí.
4. Terapias para adictos
Otra que al parecer sufre de infoadicción es M.I.A. En su caso, su trastorno la ha llevado a hacer cosas graves, como una de las portadas más espantosas del Siglo XXI o, francamente, un disco menor a los anteriores.
Como buena infoadicta, la señora /\/\/\Y/\ siempre tiene que andar criticando algo. En esta ocasión, la británica decide irse en contra de las redes sociales y la forma en la que el gobierno puede tomar ventaja de ellas para controlar a la gente. Algunos hacemos una tesis en cuatro días de insomnio y con una infección en el pulgar en torno al tema, otros, como M.I.A. deciden sacar su más reciente vídeoclip:
5. Google y la respuesta a la pregunta de toda la vida
La adquisición de este nuevo utensilio me hizo descubrir algo aún más perturbador y, por ende, fascinante: Google Latitude.
Para todos aquellos que, como yo, estén tres pasos atrás en el desarrollo informático y virtual, les informo. Google, con toda la omnipotencia y arrogancia que le caracteriza (que eso de querer ser Dios no es novedad en la sociedad occidental), decidió que no era suficiente poseer toda nuestra información personal a través de cuentas de correos, noticias, oficinas virtuales y consumos culturales. Google quería más.
Y así fue. Primero retrazaron las rutas del planeta entero a través de Google Maps, dejando en la calle a un buen número de cartógrafos. Luego, dijeron “¿Por qué no aprovechamos que durante la Guerra Fría la gente puso hartos satélites en el espacio?” y nos enseñaron cómo era el Planeta according to them con Google Earth. Ahora, nos dicen dónde estamos exactamente a través de esta herramienta que convierte nuestro ordenador o teléfono móvil en un GPS que les permite rastrearnos y marcar nuestra ubicación casi exacta (y digo casi, porque hoy revelaron que una amiga estaba exactamente en el medio del Lago de Chapultepec, algo que, considerando a la amiga en cuestión, tampoco es imposible).
Esto pareciera resolver parte del conflicto místico/religioso que el hombre ha tenido por siglos. Si bien, Google aún no es capaz de contestar al ¿Quiénes somos? O el ¿Qué hacemos aquí?, si es capaz de decirnos dónde estamos. Con vista satelital, mapa de las calles y hasta la estación de metro más cercana.
6. De por qué no es bueno ir a ver películas sólo por las canciones con las que las promocionan
Definitivamente, Google Latitude debió haber sido uno de los patrocinadores de la más reciente película de Julia Roberts y Ryan Murphy (sí, el culpable de los dramas sangrientos Glee y Nip/Tuck ).
Eat, pray, love narra la historia de Elizabeth Gilbert (vertida en el Best Seller homónimo), una mujer que se ve sumida en tremenda crisis existencial y que hace lo que cualquiera de nosotros haría cuando perdemos el rumbo: un viaje internacional de precios inalcanzables a tres países con I (en verdad, qué simpática la Gilbert): Italia, India e Indonesia.
El personaje de Roberts primero se atiborra de la comida más exquisita en Roma, luego tiene los insights más posiblemente profundos para una mujer de su especie en un truly indian ashram y finalmente se sana en una relación digna de comadres con un chamán en Bali.
Es, en pocas palabras, como si alguien hubiera decidido hacer la tercera parte de las películas de Sex and the City. Y no, eso no es precisamente algo bueno.
Basta leer las críticas de sitios como Rotten Tomatoes o IMDB para entender que a no muchos les simpatizó el guiño femenino de Gilbert, Roberts, Bardem (a quien retratan como un absurdo brasileño, que en realidad es como el absurdo español que Woody Allen retrató en Vicky, Cristina, Barcelona) y Murphy.
¿Lo peor del caso, mis queridos lectores? La disfruté y mucho. No sé si es mi incondicional amor por la Roberts o el que ya había leído las críticas que las destrozaban, pero yo iba dispuesto a ver una película simple que me dijera que la vida puede ser bella y ligera, aunque todos sepamos que no es así, o aunque todos sepamos que tendría que trabajar cuarenta años para hacer un viaje como el que Liz Gilbert realizó para su pequeño bache existencial o para comprarme uno de los vestidos con los que Julia aparece en su vida neoyorquina.
La verdad es que fui a ver la película sólo porque la promocionaron con Dog days are over, de mi amada Florence + the Machine (así como hay gente que va al cine sólo por el póster, yo voy por la canción promocional). En el fondo, creo que no está tan mal que de vez en cuando nos recuerden que la vida puede y debe disfrutarse.
7. De por qué por mucho que uno intente evitar rendirse ante los trailers, no sólo por las canciones que usen, es simplemente inevitable caer en la tentación (así como es inevitable caer en la tentación de escribir un subtítulo así de largo, que sea casi igual o hasta más extenso que el texto mismo que intenta reseñar)
Si con Eat, pray, love bastó que pusieran Dog days are over en el trailer para que fuera a verla, si ya sabe usted, estimado lector, que soy oficialmente geek y que mi vida es mucho más aburrida de lo que usted piensa, si RosaElena me hizo también adicto a esto y si aun siente la emoción de un(a) quinceañero(a) correr por sus gastadas y tristes venas, como yo, entonces no podrá resistirse ante todo este show y esta pose, como dirían algunas chilangas:
8. Lo perturbador no tiene límites
Hace un par de semanas @chuchoamezcua me pasó uno de los vídeos más perturbadores que he visto: una japonesa entrada en años enfundada en un vestido bastante inapropiado para una mujer de su edad haciendo una alegoría de lo que ocurriría si Caperucita roja se comiera una tacha. Basta escuchar el bajo producido por el maestro Jürgen Paape.
Incumpliendo con nuestro papel de melómanos irredentos, tardamos un rato en descubrir que el canto casi pedófilo de Hanayo era, en realidad, resultado de la pedofilia natural de los franceses. A los 14 años la Alizée de los ochenta la insuperable Vanessa Paradis se hizo famosa con este tema, original de Franck Langolff y Étienne Roda-Gil en una versión más ad hoc a los franceses (es decir, con la sabrosura y la nostalgia ya incluidas y mil veces probadas por Serge Gainsbourg).
Más perturbador que una mujer japonesa entrada en años cantando en francés y con vestido de niña, o que una niña francesa queriendo ser entrada en años con sudadera de señora, resulta esta versión de Angélica Vale. La traducción fue claramente hecha por Vale misma, quien simplemente tradujo el francés a lo que le sonaba en español.
Lo más perturbador de todo esto, queridos lectores, es que a pesar de considerarnos tremendos melómanos y yo en particular amante de los años ochenta, nunca supimos de la existencia de esta belleza que ha sido tan covereada como Yesterday o Can’t take my eyes of you.
ADVERTENCIA: A todos los que amablemente asisten a mis sets, les garantizo que escucharán muy seguido esta canción. En cualquiera de sus versiones.
9. Hay que salvar a las especies en peligro de extinción
La semana pasada –por fin, por fin ¡por fin!- fui a cortarme el cabello. Mientras mi estilista me contaba de los avatares de su profesión (que, en realidad, son bastante similares a los de la mía), me quedé helado al oír en el fondo de la estética el canto de una especie en peligro de extinción: el Megamix.
Para todos aquellos que en 1995 apenas estaban adquiriendo consciencia del mundo les explico: durante los años noventa se llevó al extremo una bonita costumbre economizadora musical: el popurrí.
José José o Juan Gabriel hacían épicos sus conciertos al incorporar en una sola pieza sus grandes éxitos. Veinte años después, y con el boom del Dance, los productores decidieron subirle el tempo a los popurrís y hacer que de lo inbailable una verdadera experiencia de la pista de baile. Sí, eso eran los megamixes.
Eso y que no había mejor manera para ahorrar dinero a la hora de sacar singles.
Las canciones eran tantas y la velocidad era tal, que ni siquiera un prodigio vocal como Montserrat Caballé habría sido capaz de echarse un Megamix dance noventero sin ese otro grandioso invento llamado Playback.
Esta semana me reencontré también con mis discos de Dance en tu idioma (sí, existen) que contenían sus propios Megamixes. En los últimos años, los únicos que han conservado esta costumbre como si fuesen reservas naturales son los productores de discos fayuqueros y DJ Aztek. Aquí algunos favoritos:
10. La inocencia del primer e-mail
El lunes pasado Microsoft me sacó uno de los sustos más grandes que he tenido en lo que va del año. Al intentar acceder a mi cuenta de correo electrónico o a mi Messenger, me marcaba que el password que ingresaba era incorrecto. Tras varios intentos, descubrí que la compañía estaba corriendo un proceso de seguridad que obligaba a muchos usuarios a cambiar su contraseña.
Por un buen rato, pensé que mi cuenta había sido hackeada. Sentí pánico al pensar que jamás podría volver a acceder a ese correo y es que fue la primera que tuve.
Antes de ser Arturo Loría o de ser Velvet Boy, era aquel nick con el que nombré a esa cuenta. Tenía trece años, era 1998 y en ese entonces creía que el correo era un sitio para inventarse una personalidad, ser alguien más, crear un personaje como el que inventé en esa cuenta.
En los últimos años que he tenido que revisar listas de correos me he dado cuenta que no era el único que pensaba que el usuario del correo electrónico es un espacio en el que uno vierte su creatividad conceptual, generando las ideas e imágenes más ingeniosas. Características, adjetivos, elementos, verbos, adverbios y hasta interjecciones forman parte de muchas cuentas de correo primigenias.
Con los años, el trabajo y la formalidad me han obligado a volver a ser yo y usar mi aburrido nombre en mi correo. Sin embargo, para los contactos más personales, guardo ese espacio que creó aquel niño de trece años.
Afortunadamente todo quedó en susto y sólo tuve que cambiar mi contraseña. Cosa que es también una pena porque mi correo era tan viejo, que aún era posible acceder con una contraseña de cinco dígitos. Hoy, esa ingenua confianza en los passwords ha quedado atrás y cada vez el mundo virtual se hace igual de complejo que el real.
Lo que sí no dejé pasar, es el hecho de que el autor de esa cuenta quedó doce años atrás y muchas, muchas cosas han cambiado desde aquel histórico 1998.










