Posted in diciembre 2010

Sencilla alegría

Debería estar dormido desde hace rato. Pero no puedo, estoy eufórico. Es algo simple, bastante sencillo y que en realidad no afecta el curso de las cosas o de la existencia (o tal vez sí, con algún efecto mariposa que desconozca). La cosa es que hoy por fin, tras días de trabajo, pude publicar mi primer mixtape en meses. He de confesar que de un tiempo para acá había estado bloqueado, como aislado de mí mismo y con miedo a acercarme a esta parte de mí, la que hace cosas, la que produce.

Siempre hay dentro de mí una voz que, cuando comienzo a hacer algo, me dice que no lo voy a lograr, que no soy ni músico, ni escritor, ni nada. Y entonces me detengo, me hago para atrás y le doy la razón a esa voz. Estos últimos días estuve trabajando, aislado como ermitaño, en esto; combatiendo o ignorando a esa voz que mientras más se acercaba el final más me decía que no iba a lograrlo. Y por un momento, estuve a punto de dejarlo, de aceptar que no podía y rendirme. Decidí no hacerlo y seguir, pero esto llevo a una confrontación aún más violenta con esa voz, una en la que seguro hubo sangre.

Con un poco de paciencia, constancia y mucho resignarse a tener una versión mía gritando en mi cabeza que no lo lograría, llegué hasta hoy, que descubrí que lo había conseguido, que había terminado. Ahora una emoción infantil me inunda. Siento como si hubiera aprobado un examen o como si hubiese terminado por fin un libro largo, de esos que cuestan mucho.

Sé que un mixtape no va a cambiar el mundo, y sé que esto tal vez no llegue muy lejos, pero sí que cambia mi mundo. Con el hecho de que pueda llegar a al menos una persona, hacerla sentir, hacerla disfrutar, hacerla bailar, entonces todo habrá valido la pena. Porque finalmente, de eso se trata la música ¿No?

Mañana daré más detalles de este proyecto que traigo entre manos, por ahora puedo decir que por pequeña que sea la acción, me invado una satisfacción enorme que tardará unos días en irse. Y no sólo eso, pareciera que esto me ha despertado de un letargo en el que llevaba sumergido bastante tiempo, y ahora, simplemente no puedo parar.

Pocas veces me he sentido tan indestructible por una alegría tan sencilla.

Se los dejo, para que puedan irlo escuchando y ya mañana entramos en detalles.

- Glitter & Glam!

La graduación de mi mejor amigo

Es curioso que en mi familia no somos dados a los eventos sociales. Son pocas las fotos de mis padres en bodas, bautizos y primeras comuniones. De mí habrá el mismo número, o si acaso, uno ligeramente más alto. De hecho, los eventos sociales más comunes para nosotros parecen ser los funerales, pero evidentemente, de esos no hay foto.

He de aclarar que por evento social me refiero a situaciones en las que una familia se junta para celebrar algo, se sirve un menú de sabores fuertes y pretenciosamente exóticos, casi cercanos a los de una cena navideña, se puede beber sólo tequila o whisky y hay un DJ que pone lo que, para usos de este post, denominaremos música de boda. Así que no, lamentablemente, mi familia y yo no solemos tener eventos de ese tipo: las bodas han sido escasas (que agradables, eso sí), el índice de natalidad se ha mantenido bajo en los últimos años y, por lo mismo, no hay muchos planes de bautizo o primera comunión.

Eso por un lado. Por el otro cabría redefinir el concepto de familia, al menos, para usos de este autor. Como ya mencioné una vez, para mi la familia es un parche de bichos raros en el que se mezcla la gente con la que uno se ha topado en la vida y la gente con la que nos une la genética y el afecto. Y este fin de semana fue la graduación de uno de mis bichos raros y parches más queridos: Gabo.

Así estallara un holocausto zombie y las ciudades se vieran invadidas por muertos vivientes infecciosos y hambrientos, yo tenía que estar este viernes, completamente trajeado, en un salón de -¿qué más?- eventos sociales viendo a mi amigo despedir sus días de universitario y festejar las horas que le quedaban antes de tener que salir a enfrentar al cruel cruel world.

Como este tipo de festejos no son comunes en mi mundo, y con eso de que a mis celebraciones se va de lentejuela y tenis, decidí ir con mis padres y mi abuela a buscar algo un poco más adecuado. En nuestras exploraciones encontramos cosas de lo más interesantes. De hecho, si la graduación hubiera sido entre hombres gays de 50 años en Miami, seguramente habría usado algo así:

Lo peor, es que tuve que arrebatársela a un "actual" señor.

Afortunada o lamentablemente para mí, el público eran jóvenes queretanos recién graduados de arquitectura, por lo que creo, el estándar era otro. A pesar de que me quería ir caminando al salón, mi madre insistió en llevarme. Y es que tal vez no mencioné el hecho de que la fiesta happened to be a dos cuadras de la casa de mis abuelos (donde actalmente residen mis padres), y que tiene vistas tan maravillosas como ésta.

OK, admito que estoy desviándome del tema, pero quería insistir en la belleza de este lugar.

Para el lector será interesante (y citable en mi biografía) el hecho de que ésta fue la primera graduación a la que he asistido en toda mi vida. Vamos, ni siquiera fui a la mía. Por lo que todo lo que relataré a continuación fue visto con ojos de absoluto asombro.

Cuando llegué al lugar, me encontré a mi amigo repartiendo recuerdos en la entrada: “Entra”. Fue lo único que me dijo. Confieso que me impactó un poco la cantidad de familias, así como me agradó el hecho de ser un absoluto desconocido ahí. Este placer fue temporal, ya que al llegar a las mesas 13 y 14 encontré caras familiares. Me senté en la mesa 13.

Este tipo de eventos sacan a la luz muchas cosas. En primer lugar, nuestra inherente necesidad ritual: necesitamos de situaciones masivas, sociales, íntimas, personales, para darle sentido a nuestras vidas. Hay gente que requiere de una boda, por ejemplo, para demostrar y oficializar su amor. Hay quien no. Existen las personas que buscan que un hombre sabio vierta agua en la cabeza de un bebé para así considerarlo parte de la humanidad nominal. Hay niñas que sienten la necesidad de comprar vestidos enormes y ridículos para demostrar que pronto serán mujeres. Y eso sólo por mencionar algo.

En mi caso esta fiesta me sirvió para conocer la vida de mi amigo, ese fragmento que sé es parte de él pero que no había visto frente a mí. Muchos de los nombres que alguna vez fueron mencionados cobraron vida y forma. En pocas palabras, pude verlo desde otra perspectiva.

En algún momento de la noche pasaron un vídeo con imágenes de toda la carrera para después mostrar fotos de la infancia de todos los graduados mezcladas con algunas de su yo actual. Para ser sincero no sé qué tan bueno sea hacer este tipo de cosas, ya que en muchos casos, se expone cuánto se ha dañado la creatura. Lo que sí es un hecho, es que incurrí en una de las peores conductas en las que uno puede incurrir en este tipo de eventos: la proyección.

Confieso que en los pocos eventos sociales a los que asisto, este terrible comportamiento es algo repetitivo, al grado de que podría considerarlo un vicio. Oh sí, ahí está, ya lo dije: soy el tipo de persona que se imagina cómo sería su boda, el bautizo de sus hijos, el aniversario de bodas de mis padres y hasta mi maldito funeral (que para como soy, sería capaz de estar organizándolo aún muerto).

Y vaya que ésta es una conducta un tanto riesgosa.

En primer lugar, para alguien que ni siquiera sabe si le gustaría casarse, si es capaz de tener hijos y que no considera necesario incluirlos en la estructura de una religión a menos que ellos lo decidan. Son conductas también riesgosas porque, lamentablemente, nos han hecho creer que la vida es así y que se necesita de rituales, un tanto añejados ya, para ser quienes somos, para querernos o para demostrarle algo al mundo.

Nosotros, el amor y el mundo ahí están, ya cada quien decidirá cómo reafirmará cada una de estas partes. Por lo mismo tampoco está mal perder este ritualismo. De hecho, creo que lo ideal es poder mezclar las viejas costumbres con la individualidad en la expresión.

Y es que no hay nada mejor en este mundo que juntarse con amigos a emborracharse y bailar mala música, que fue lo que acabé haciendo con todas las palomas de abuela en bautizo que me llevaron y con el DJ que seguramente ganó en una noche lo que yo en tres meses por poner y cortar de golpe canciones detestables pero necesarias. Eso e imaginar junto con Ali C. la manera de escapar del Salón Fundadores si el holocausto zombie comenzara ahí (a todos los lectores, les recomiendo pedir consejo a Ali C. para posibles holocaustos zombies, es una experta).

Si algo he aprendido en estas semanas de cumpleaños y festejos, es que no hay nada mejor que juntarse con la gente que uno quiere y celebrar. Lo que sea, pero simplemente celebrar. Y es que de esa manera podremos darnos cuenta de todo el amor que nos rodea y que fluye entre nosotros. Yo sé que esto suena a mierda de best seller de superación personal, pero hay algo de cierto en ello. De lo contrario, no venderían tantos pinches libros.

Por eso, mis queridos lectores, vayan mucho más allá del espíritu navideño que ahoga este mes y dense cuenta de que el amor que nos rodea y que fluye entre nosotros debe ser celebrado, festejado, porque es la vida misma y simplemente no nos queda otra cosa.

Como pueden ver, yo no sé mucho de eventos sociales y tampoco los acostumbro, pero de haber ido a mi graduación, ésta es la imagen que hubiera elegido para el vídeo lacrimógeno. La encontré en este viaje, en casa de mis abuelos, entre muchas otras cosas que me han hecho sentir como el atardecer que les mostré antes:

Al final, y mientras escribía esto, me di cuenta de que no hay una sola foto de Gabo y de mí en su graduación. Pero no importa, no la necesitamos, porque la imagen ahí está, y porque como dice ese nuevo mantra que me he agarrado: Nada puede ser mejor que vivir al día y con amor.

Un cuento lleno de ventajas

No paro de escuchar Sólo tienes lo que das de La Buena Vida. Últimamente, es la única canción con la que puedo escribir en estas madrugadas en camas ajenas que son muy mías. Llevo casi hora y media planeando cómo escribir esto porque hay mucho que quiero decir, y esto es lo mejor que he encontrado. Hace casi dos  semanas me enojé conmigo mismo por no poder ver con el mismo asombro de un adolescente Lucía y el sexo. Era una función especial en la que estuvo Julio Medem, el director.

Durante las casi dos horas de película quise conmoverme como solía hacerlo cuando en ese entonces la veía, cuando en aquella época, hace casi diez años, cambió mi vida y mi forma de ser en el mundo. Porque yo a los 14, cuando la vi por primera vez, creía por completo en los cuentos llenos de ventajas, en las casualidades y en la gente que se moría de tanto amor. Esa noche, a una semana de cumplir los 25, quería volver a sentir todo eso, quería volver a creerlo. Pero no pude.

Me dio bastante ternura cómo en la ronda de preguntas y respuestas un chico que acababa de cumplir los 18 le preguntó a Medem que qué consejo podía darle a él, que quería ser director de cine y que quería hacer muchas cosas. De seguro cambiar al mundo. Porque a esa edad no hay otra cosa que uno más quiera que cambiar el mundo, que ser alguien que haga algo por los demás y que, con ello, le demos sentido a nuestra existencia. La mayor parte del público, que seguro habíamos dejado los 18 hace rato (algunos más que otros) se rió porque de seguro sintió la misma ternura que yo ante algo que no sé si denominar ingenuidad o valentía. Una valentía que en los años venideros de ese chico será muy útil.

Han pasado casi diez años de que yo quería cambiar el mundo; diez años en los que, de haberme encontrado a Medem cuando vi por primera vez su película, de seguro le habría preguntado lo mismo. Pero ahora que por fin estuvimos cara a cara, Medem se adelantó a decirme en lo que pasa después. Decidí hacer lo propio y le hice dos preguntas. La primera, era que alguna vez había leído que Lucía era su personaje favorito, ahora, a diez años de ella, me interesaba saber si seguía siéndolo.

- “¿Yo escribí eso?”- fue lo primero que me dijo, antes de comenzar a contar una historia bastante inconexa acerca de sus personajes que, por si tienen curiosidad, no respondió nunca lo que le pregunté.

Medem se había olvidado por completo de que Lucía le salvó la vida, de que era su personaje favorito, de que él mismo había escrito un ensayo cómo gracias a Lucía pudo salir de un profundo agujero en el que se encontraba metido. Medem parecía haberse olvidado también de las historias llenas de ventajas, de las casualidades y de la gente que se muere de tanto amor.

Mi molestia se transformó en una especie de desilusión y de nostalgia. Era como si toda la sala le estuviéramos diciendo al chico: “mira, en esto acabarás por convertirte y todo eso se irá a la mierda”. Y entonces pasarán los diez años que nos ha tomado llegar hasta aquí, y vendrán con ellos todos los golpes, las desilusiones y las realidades que nos hagan ver que al mundo no se lo cambia tan fácil.

Pero entonces Medem, con el más elegante de los desplantes de humildad, decidió responder a mi segunda pregunta.

- ¿Y las casualidades? Pareciera ser que es uno de los temas que conecta a toda tu filmografía ¿Aún crees en ellas? ¿Qué significan para ti?

Curiosamente, Medem me agradeció que le hiciera esta otra pregunta y yo agradezco que la haya contestado, porque entonces encontré mi primera ventaja de esa noche y mi primer regalo de cumpleaños. “Cada quien puede creer lo que quiera y cada quien se arma sus historias…para mí las casualidades existen, aunque no sea así, pero existen, porque finalmente creo que cada quien nos inventamos el mundo y cada quien debemos de verlo como queremos, porque nadie más nos va a enseñar cómo”. Entonces, en ese momento, todos en la sala volvimos a tener 18 años.

Éste fue tan sólo el primero de una serie de regalos importantes que recibí durante toda esta semana, que cumplí los 25. Gracias a lo ocurrido aquella noche, decidí que en este cumpleaños volvería a tener 18, 14, 21, 12 u 8 años, la edad que fuera, pero que buscaría a cada una de esas personas, me sentaría con ellos para pasar una tarde hablando de nosotros y ver por qué diablos a partir de la semana pasada me siento el chico más afortunado del planeta.

Buscando a toda esa gente es que esta semana pude reencontrarme con muchas de las personas que componen mi vida y, por ende, a mí. Tal vez ninguno de ellos se dio cuenta, pero me estaba espiando desde fuera a mí mismo, para comprobar que todo fuera verdad. Me encontré con muchas cosas, me reencontré con otras y me llevó alguna que otra decepción, pero en definitiva puedo decir que éste ha sido uno de los mejores cumpleaños en años.

Fueron ellos, las personas que toda esta semana estuvieron conmigo de alguna manera u otra, los que me hicieron ver que Medem tenía razón: cada quien debe ver el mundo como quiere o como puede. Gracias a ellos, a la gente que compone mi vida y que compone a mí, he vuelto a creer en las historias llenas de ventajas, en las casualidades, en la gente que se muere de tanto amor y en muchas cosas más.

Porque sí, la gente puede morirse de tanto amor, tan bueno, como el que todas estas personas me han dado. Ha sido una semana en la que he sido testigo de mi propia vida y no puedo sino concluir que soy, en verdad muy afortunado. Ha sido una semana en la que no paro de escuchar Sólo tienes lo que das, de La Buena Vida porque ahí está el mejor regalo y la mejor lección que se puede aprender a los 25: el mundo, nuestro mundo, ese sitio tan grande y tan pequeño al mismo tiempo, puede cambiar y puede revolucionarse, porque como ellos mismo dicen: “Nada puede ser mejor, que vivir al día y con amor”.

Y es que ésta es la primera ventaja de este cuento: saber que lo anterior es lo único que tenemos en las manos y que es lo mejor que podemos tener. Mejor dejo de escribir por ahora, que ya comienzo a decir incoherencias, además de que mi día ya acabó y aun me espera allá afuera, mañana, ayer, al rato, en una cama caliente y siempre, mucho amor. Porque insisto,  nada puede ser mejor, que vivir al día y con amor. Y aquí adentro y allá afuera, hay mucho amor.

Felices 25.

Mi fiesta de cumpleaños…

En caso de que el frecuente lector de este blog no lo sepa, tengo la firme consigna de que cada año el festejo de mi cumpleaños dure más días. El año pasado, por ejemplo, duró de jueves a domingo. Este año, al haber llegado al cuarto de siglo, el autor de este espacio está decidido a hacer que el festejo dure una semana. Así pues, mi cumpleaños que empezó el domingo pasado (un día antes del día oficial, que fue el lunes 29 de noviembre) terminará de celebrarse el próximo domingo.

Entre los eventos que son parte de este festejo, se encuentra el convite para los poblano-cholultecas y anexos del que le dejamos la cordial invitación y esperamos, pueda asistir.

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