Es curioso que en mi familia no somos dados a los eventos sociales. Son pocas las fotos de mis padres en bodas, bautizos y primeras comuniones. De mí habrá el mismo número, o si acaso, uno ligeramente más alto. De hecho, los eventos sociales más comunes para nosotros parecen ser los funerales, pero evidentemente, de esos no hay foto.
He de aclarar que por evento social me refiero a situaciones en las que una familia se junta para celebrar algo, se sirve un menú de sabores fuertes y pretenciosamente exóticos, casi cercanos a los de una cena navideña, se puede beber sólo tequila o whisky y hay un DJ que pone lo que, para usos de este post, denominaremos música de boda. Así que no, lamentablemente, mi familia y yo no solemos tener eventos de ese tipo: las bodas han sido escasas (que agradables, eso sí), el índice de natalidad se ha mantenido bajo en los últimos años y, por lo mismo, no hay muchos planes de bautizo o primera comunión.
Eso por un lado. Por el otro cabría redefinir el concepto de familia, al menos, para usos de este autor. Como ya mencioné una vez, para mi la familia es un parche de bichos raros en el que se mezcla la gente con la que uno se ha topado en la vida y la gente con la que nos une la genética y el afecto. Y este fin de semana fue la graduación de uno de mis bichos raros y parches más queridos: Gabo.
Así estallara un holocausto zombie y las ciudades se vieran invadidas por muertos vivientes infecciosos y hambrientos, yo tenía que estar este viernes, completamente trajeado, en un salón de -¿qué más?- eventos sociales viendo a mi amigo despedir sus días de universitario y festejar las horas que le quedaban antes de tener que salir a enfrentar al cruel cruel world.
Como este tipo de festejos no son comunes en mi mundo, y con eso de que a mis celebraciones se va de lentejuela y tenis, decidí ir con mis padres y mi abuela a buscar algo un poco más adecuado. En nuestras exploraciones encontramos cosas de lo más interesantes. De hecho, si la graduación hubiera sido entre hombres gays de 50 años en Miami, seguramente habría usado algo así:

Lo peor, es que tuve que arrebatársela a un "actual" señor.
Afortunada o lamentablemente para mí, el público eran jóvenes queretanos recién graduados de arquitectura, por lo que creo, el estándar era otro. A pesar de que me quería ir caminando al salón, mi madre insistió en llevarme. Y es que tal vez no mencioné el hecho de que la fiesta happened to be a dos cuadras de la casa de mis abuelos (donde actalmente residen mis padres), y que tiene vistas tan maravillosas como ésta.

OK, admito que estoy desviándome del tema, pero quería insistir en la belleza de este lugar.
Para el lector será interesante (y citable en mi biografía) el hecho de que ésta fue la primera graduación a la que he asistido en toda mi vida. Vamos, ni siquiera fui a la mía. Por lo que todo lo que relataré a continuación fue visto con ojos de absoluto asombro.
Cuando llegué al lugar, me encontré a mi amigo repartiendo recuerdos en la entrada: “Entra”. Fue lo único que me dijo. Confieso que me impactó un poco la cantidad de familias, así como me agradó el hecho de ser un absoluto desconocido ahí. Este placer fue temporal, ya que al llegar a las mesas 13 y 14 encontré caras familiares. Me senté en la mesa 13.
Este tipo de eventos sacan a la luz muchas cosas. En primer lugar, nuestra inherente necesidad ritual: necesitamos de situaciones masivas, sociales, íntimas, personales, para darle sentido a nuestras vidas. Hay gente que requiere de una boda, por ejemplo, para demostrar y oficializar su amor. Hay quien no. Existen las personas que buscan que un hombre sabio vierta agua en la cabeza de un bebé para así considerarlo parte de la humanidad nominal. Hay niñas que sienten la necesidad de comprar vestidos enormes y ridículos para demostrar que pronto serán mujeres. Y eso sólo por mencionar algo.
En mi caso esta fiesta me sirvió para conocer la vida de mi amigo, ese fragmento que sé es parte de él pero que no había visto frente a mí. Muchos de los nombres que alguna vez fueron mencionados cobraron vida y forma. En pocas palabras, pude verlo desde otra perspectiva.
En algún momento de la noche pasaron un vídeo con imágenes de toda la carrera para después mostrar fotos de la infancia de todos los graduados mezcladas con algunas de su yo actual. Para ser sincero no sé qué tan bueno sea hacer este tipo de cosas, ya que en muchos casos, se expone cuánto se ha dañado la creatura. Lo que sí es un hecho, es que incurrí en una de las peores conductas en las que uno puede incurrir en este tipo de eventos: la proyección.
Confieso que en los pocos eventos sociales a los que asisto, este terrible comportamiento es algo repetitivo, al grado de que podría considerarlo un vicio. Oh sí, ahí está, ya lo dije: soy el tipo de persona que se imagina cómo sería su boda, el bautizo de sus hijos, el aniversario de bodas de mis padres y hasta mi maldito funeral (que para como soy, sería capaz de estar organizándolo aún muerto).
Y vaya que ésta es una conducta un tanto riesgosa.
En primer lugar, para alguien que ni siquiera sabe si le gustaría casarse, si es capaz de tener hijos y que no considera necesario incluirlos en la estructura de una religión a menos que ellos lo decidan. Son conductas también riesgosas porque, lamentablemente, nos han hecho creer que la vida es así y que se necesita de rituales, un tanto añejados ya, para ser quienes somos, para querernos o para demostrarle algo al mundo.
Nosotros, el amor y el mundo ahí están, ya cada quien decidirá cómo reafirmará cada una de estas partes. Por lo mismo tampoco está mal perder este ritualismo. De hecho, creo que lo ideal es poder mezclar las viejas costumbres con la individualidad en la expresión.
Y es que no hay nada mejor en este mundo que juntarse con amigos a emborracharse y bailar mala música, que fue lo que acabé haciendo con todas las palomas de abuela en bautizo que me llevaron y con el DJ que seguramente ganó en una noche lo que yo en tres meses por poner y cortar de golpe canciones detestables pero necesarias. Eso e imaginar junto con Ali C. la manera de escapar del Salón Fundadores si el holocausto zombie comenzara ahí (a todos los lectores, les recomiendo pedir consejo a Ali C. para posibles holocaustos zombies, es una experta).
Si algo he aprendido en estas semanas de cumpleaños y festejos, es que no hay nada mejor que juntarse con la gente que uno quiere y celebrar. Lo que sea, pero simplemente celebrar. Y es que de esa manera podremos darnos cuenta de todo el amor que nos rodea y que fluye entre nosotros. Yo sé que esto suena a mierda de best seller de superación personal, pero hay algo de cierto en ello. De lo contrario, no venderían tantos pinches libros.
Por eso, mis queridos lectores, vayan mucho más allá del espíritu navideño que ahoga este mes y dense cuenta de que el amor que nos rodea y que fluye entre nosotros debe ser celebrado, festejado, porque es la vida misma y simplemente no nos queda otra cosa.
Como pueden ver, yo no sé mucho de eventos sociales y tampoco los acostumbro, pero de haber ido a mi graduación, ésta es la imagen que hubiera elegido para el vídeo lacrimógeno. La encontré en este viaje, en casa de mis abuelos, entre muchas otras cosas que me han hecho sentir como el atardecer que les mostré antes:

Al final, y mientras escribía esto, me di cuenta de que no hay una sola foto de Gabo y de mí en su graduación. Pero no importa, no la necesitamos, porque la imagen ahí está, y porque como dice ese nuevo mantra que me he agarrado: Nada puede ser mejor que vivir al día y con amor.