Hoy es de esos días en los que siento que he trabajado 12 horas y tan sólo he avanzado un 1% de todo lo que quiero hacer. Momento, hoy es de esos días en los que trabajé 12 horas y tan sólo avancé un 1% de todo lo que quiero hacer.
Me había prometido a mí mismo que me cuidaría y me dormiría hoy a las 10 de la noche, 11 a más tardar; y sin embargo es casi la una de la mañana y aquí estoy, apenas terminando el día. Lo malo de que tu oficina quede cerca de casa, es que sientes que puedes extenderte un poquito más, finalmente puedes llegar a casa pronto. Lo malo de que tu oficina sea tu casa, es que pierdes la noción del tiempo y te quedas hasta que el estómago te dice que tiene que comer o hasta que te indica que tienes que expulsar lo que horas antes te había indicado comer.
Pero sí, a veces no es tan bueno eso de que la oficina esté cruzando el comedor. Porque, por ejemplo, ahora que estoy enfermo no puedo llamar y reportar que estoy enfermo ¿A quién le voy a llamar? ¿A mi roomie? ¿Cogeré el celular y marcaré al teléfono de la casa? Podría ser, pero creo que no me aceptarían el justificante médico.
El asunto es que desde el lunes estoy enfermo, tengo toneladas de trabajo y, como estoy en casa, creo que puedo trabajar al ritmo inhumano al que tengo acostumbrado a mi cuerpo ¿Finalmente estoy en mi casa, no?
Pero todo esto me ha hecho llegar a una reflexión interesante. Estos últimos días, enfermedad en garganta, me levanto, preparo el desayuno, voy al estudio a trabajar, trabajo ahí unas 6 o 7 horas, me voy a comer, regreso a mi estudio, trabajo otras 6 o 7 horas y luego me voy a mi cuarto a mal dormir. Porque sí, tengo problemas de sueño. Sin embargo la reflexión no es esa.
La cosa es que los últimos días me despierto preguntando que qué sentido tiene despertar si va a ser lo mismo. Diario me encierro como vampiro a consumir mi tiempo en textos, canciones y mezclas, siento que no llego a ningún lado.
Y es que claro, bonita idea esa que tuve a los 14 de que quiero ser el príncipe del glam y un buen amo de casa.
Así que hoy, como los últimos no sé cuántos días, me he vuelto a levantar con ese “para-qué-chingados-me-levanto” en la cabeza. Y además, enfermo de una gripa-infección de la garganta mal resuelta que no termina de reventar pero que tampoco se va. Así que duro todo el día incómodo.
No crea, querido lector, que estoy usando este espacio para la denuncia o la queja (que ultimadamente podría hacerlo, es mi blog y se chingan), a lo que voy es que, a pesar de que sea la una de la mañana, tenga la garganta con un critter atorado, una febrícula que me viene y se va y casi 12 horas de trabajo que no termino de ver claras, sigo necio con que quiero ser el príncipe del glam y un buen amo de casa.
Hace algún tiempo un conocido me dijo “¿Pero que no deberías de ser ya famoso? ¿A estas alturas no deberías estar a otro nivel?”. No lo sé, en verdad que no lo sé. Lo único que sé es que esa fue la última vez que vi a ese conocido, y de eso hace ya un par de años. Lo cierto es que yo creo que este asunto de ser famoso o no se reduce a dos cosas: constancia y contactos.
Hay gente que es muy pero muy constante, pero no tiene los contactos. Así como hay gente que conoce a todo el mundo, pero es más efímera que una bengala. Yo no sé en qué nivel estoy o incluso si debería estar en alguno. Lo que sé es que la mayor lección que debo de aprender está en eso: la constancia.
Mi padre tiene una frase que tengo pegada en un post it frente a mi escritorio: “Paciencia y constancia”. Y la tengo pegada ahí porque son justo esas dos cosas las que más me faltan. Yo no sé si eso me vaya a hacer famoso o no, y la verdad es que a estas alturas ya no me importa mucho. A los 21 sí que era una razón para pararse en un escenario, ahora, a los 25, es más bien el amor por la música y el poder hacer de ésta un oficio digno que me dé la vida que quiero.
Y la vida que quiero no es precisamente la de Lady Gaga, o la de Nicola Formichetti, el encargado de Haus of Gaga. Para los que no lo sepan, Haus of Gaga es todo el equipo creativo encargado de construir a ese ente-producto llamado Lady Gaga. Y sí, cuando digo “para los que no lo sepan” les estoy hablando a ustedes, Yahir y Ricardo.
En realidad, la única vida que quiero es poder tener un espacio propio, bonito, por supuesto, pero nada más allá de lo que necesite. Bien decía Sinead O’Connor: I do not want what I haven’t got. Y en este espacio entra la gente que quiero. Cuando digo la gente que quiero me refiero a aquellos que quiero en verdad, que me comprenden y me toman como soy.
Juro que intento ir a fiestas y socializar con gente, pero en verdad no puedo conectar con aquellos que no tienen sustancia, que son puro personaje todo el tiempo, así como tampoco puedo ser hipócrita. Así que por eso muchas veces prefiero estar encerrado en mi caverna, haciendo mis cosas.
Y es que a veces creo que si la gente que conoce sólo a Velvet Boy viera en realidad a Arturo, se daría cuenta de que a veces es más lo que se dice que lo que en realidad es.
Mencionaba antes a Gaga y a Formichetti porque hace poco escuché una entrevista de la primera y leí una del segundo. En la entrevista a Gaga, se ve que se acababa de despertar cuando le llamaron, era un lunes por la mañana y el entrevistados le preguntó “¿Qué trae puesto y qué está haciendo en este momento Gaga?”, a lo que ella respondió que estaba en ropa interior y tenía una taza de café entre las manos. En ese momento me puse a pensar que Gaga y yo teníamos algo en común (además de ser idénticos): los dos no podemos comenzar el día sin una taza de café en las manos (como, supongo, gran parte del resto de la humanidad). Pero también me puse a pensar en la forma en la que Gaga duerme: ropa interior, de seguro de aquella que tan sólo un bra vale lo que un mes de renta de mi departamento, pero nada más. Ropita interior.
Volteé a verme en ese instante y descubrí que mi atuendo para dormir es uno de los menos sexies del planeta: uso un pantalón de pijama que me regaló una de las personas que más quiero en este mundo, llevo una playera que él también me regaló y una sudadera que me dio mi madre. Además de calcetas, porque jamás he podido dormir descalzo, no sé por qué (ahí va otro dato freudiano). Así que no, no puedo dormir igual de sexy que la poderosa y famosa Gaga, a pesar de ser físicamente idénticos.
Y luego está también Formichetti, quien en otra entrevista, además de expresar cómo él fue de esas personas que se hicieron a sí mismas sin la ayuda de nadie y que fue despedido de Dolce & Gabbana porque hizo un desfile a su manera y no les gustó, pero que esto no le importó y él siguió y, y, y…De toda esa lista de autoelogios, el más impactante y risible fue el último. El entrevistador le preguntó si tenía novio, y él dijo que muchos power gays le han pedido su teléfono, pero que no sabe si es por Gaga, o por la fama o por qué, a lo que concluyó diciendo que, si llegara a tener novio, tendría que ser alguien igual de famoso que él, como James Franco.
Después de la risa me dio algo de tristeza. Es triste pensar que la gente se acerque a ti por el nombre que puedas ostentar y no realmente por quien eres (que seguramente es lo que le pasa a Nicola), pero es más triste aún rendirse a eso y vertir todas tus expectativas en una cuestión de status.
Así pues, volvemos a la reflexión y punto central de este post ¿Para qué levantarse todos los días? ¿Por qué hacer lo que hacemos? Es hasta ahora, tras poco más de doce horas de trabajo, que concluyo que sí, me levanto todos los días porque en verdad quiero ser el príncipe del glam y un buen amo de casa.
Pero quiero ser príncipe o rey de sólo aquello que pueda reinar. No quiero aquello que no tengo. Lo único que quiero es, en verdad, poder hacer de mi amor por la música algo que me dé un espacio para mí y para los que quiero. Y que esos que me quieran en verdad, me quieran como Velvet o como Arturo, en la cama, con el pijama gastado pero entregado con mucho amor y la sudadera que me dio mi madre, también con mucho amor, supongo.
Porque al final somos la misma persona y al final del día todos queremos lo mismo, incluidos Gaga y Formichetti, estoy casi seguro.
Cada quién tendrá sus motivos para levantarse todos los días, para seguir a pesar de tener un critter en la garganta o hundirse en la depresión cotidiana. Muchos, Gaga, Rosa Elena y yo incluidos, necesitamos de esa taza de café para el arranque.
Porque creo que, en realidad, lo que nos une a todos cada mañana cuando nos despertamos, es que sólo buscamos un lugar en el mundo. Y es que si hay algo más difícil que hacer de la música un modo de vida, que ser famoso o que comprarse la ropa interior de Lady Gaga, es encontrar un lugar en el mundo.
Pero eso, como todas las cosas buenas, llegan sólo con esa frase de mi padre que tengo en el post it del estudio: “Paciencia y constancia”.
Paciencia y constancia, queridos amigos y lectores, es la única forma de que nosotros, y Lady Gaga, encontremos nuestro lugar en el mundo.
P.D.: Si de pura casualidad leíste esto, llegaste hasta aquí and you are still watching my back, manda un mensaje. Ya conoces la palabra.



