Posted in marzo 2011

Un lugar en el mundo

Hoy es de esos días en los que siento que he trabajado 12 horas y tan sólo he avanzado un 1% de todo lo que quiero hacer. Momento, hoy es de esos días en los que trabajé 12 horas y tan sólo avancé un 1% de todo lo que quiero hacer.

Me había prometido a mí mismo que me cuidaría y me dormiría hoy a las 10 de la noche, 11 a más tardar; y sin embargo es casi la una de la mañana y aquí estoy, apenas terminando el día. Lo malo de que tu oficina quede cerca de casa, es que sientes que puedes extenderte un poquito más, finalmente puedes llegar a casa pronto. Lo malo de que tu oficina sea tu casa, es que pierdes la noción del tiempo y te quedas hasta que el estómago te dice que tiene que comer o hasta que te indica que tienes que expulsar lo que horas antes te había indicado comer.

Pero sí, a veces no es tan bueno eso de que la oficina esté cruzando el comedor. Porque, por ejemplo, ahora que estoy enfermo no puedo llamar y reportar que estoy enfermo ¿A quién le voy a llamar? ¿A mi roomie? ¿Cogeré el celular y marcaré al teléfono de la casa? Podría ser, pero creo que no me aceptarían el justificante médico.

El asunto es que desde el lunes estoy enfermo, tengo toneladas de trabajo y, como estoy en casa, creo que puedo trabajar al ritmo inhumano al que tengo acostumbrado a mi cuerpo ¿Finalmente estoy en mi casa, no?

Pero todo esto me ha hecho llegar a una reflexión interesante. Estos últimos días, enfermedad en garganta, me levanto, preparo el desayuno, voy al estudio a trabajar, trabajo ahí unas 6 o 7 horas, me voy a comer, regreso a mi estudio, trabajo otras 6 o 7 horas y luego me voy a mi cuarto a mal dormir. Porque sí, tengo problemas de sueño. Sin embargo la reflexión no es esa.

La cosa es que los últimos días me despierto preguntando que qué sentido tiene despertar si va a ser lo mismo. Diario me encierro como vampiro a consumir mi tiempo en textos, canciones y mezclas, siento que no llego a ningún lado.

Y es que claro, bonita idea esa que tuve a los 14 de que quiero ser el príncipe del glam y un buen amo de casa.

Así que hoy, como los últimos no sé cuántos días, me he vuelto a levantar con ese “para-qué-chingados-me-levanto” en la cabeza. Y además, enfermo de una gripa-infección de la garganta mal resuelta que no termina de reventar pero que tampoco se va. Así que duro todo el día incómodo.

No crea, querido lector, que estoy usando este espacio para la denuncia o la queja (que ultimadamente podría hacerlo, es mi blog y se chingan), a lo que voy es que, a pesar de que sea la una de la mañana, tenga la garganta con un critter atorado, una febrícula que me viene y se va y casi 12 horas de trabajo que no termino de ver claras, sigo necio con que quiero ser el príncipe del glam y un buen amo de casa.

Hace algún tiempo un conocido me dijo “¿Pero que no deberías de ser ya famoso? ¿A estas alturas no deberías estar a otro nivel?”. No lo sé, en verdad que no lo sé. Lo único que sé es que esa fue la última vez que vi a ese conocido, y de eso hace ya un par de años. Lo cierto es que yo creo que este asunto de ser famoso o no se reduce a dos cosas: constancia y contactos.

Hay gente que es muy pero muy constante, pero no tiene los contactos. Así como hay gente que conoce a todo el mundo, pero es más efímera que una bengala. Yo no sé en qué nivel estoy o incluso si debería estar en alguno. Lo que sé es que la mayor lección que debo de aprender está en eso: la constancia.

Mi padre tiene una frase que tengo pegada en un post it frente a mi escritorio: “Paciencia y constancia”. Y la tengo pegada ahí porque son justo esas dos cosas las que más me faltan. Yo no sé si eso me vaya a hacer famoso o no, y la verdad es que a estas alturas ya no me importa mucho. A los 21 sí que era una razón para pararse en un escenario, ahora, a los 25, es más bien el amor por la música y el poder hacer de ésta un oficio digno que me dé la vida que quiero.

Y la vida que quiero no es precisamente la de Lady Gaga, o la de Nicola Formichetti, el encargado de Haus of Gaga. Para los que no lo sepan, Haus of Gaga es todo el equipo creativo encargado de construir a ese ente-producto llamado Lady Gaga. Y sí, cuando digo “para los que no lo sepan” les estoy hablando a ustedes, Yahir y Ricardo.

En realidad, la única vida que quiero es poder tener un espacio propio, bonito, por supuesto, pero nada más allá de lo que necesite. Bien decía Sinead O’ConnorI do not want what I haven’t got. Y en este espacio entra la gente que quiero. Cuando digo la gente que quiero me refiero a aquellos que quiero en verdad, que me comprenden y me toman como soy.

Juro que intento ir a fiestas y socializar con gente, pero en verdad no puedo conectar con aquellos que no tienen sustancia, que son puro personaje todo el tiempo, así como tampoco puedo ser hipócrita. Así que por eso muchas veces prefiero estar encerrado en mi caverna, haciendo mis cosas.

Y es que a veces creo que si la gente que conoce sólo a Velvet Boy viera en realidad a Arturo, se daría cuenta de que a veces es más lo que se dice que lo que en realidad es.

Mencionaba antes a Gaga y a Formichetti porque hace poco escuché una entrevista de la primera y leí una del segundo. En la entrevista a Gaga, se ve que se acababa de despertar cuando le llamaron, era un lunes por la mañana y el entrevistados le preguntó “¿Qué trae puesto y qué está haciendo en este momento Gaga?”, a lo que ella respondió que estaba en ropa interior y tenía una taza de café entre las manos. En ese momento me puse a pensar que Gaga y yo teníamos algo en común (además de ser idénticos): los dos no podemos comenzar el día sin una taza de café en las manos (como, supongo, gran parte del resto de la humanidad). Pero también me puse a pensar en la forma en la que Gaga duerme: ropa interior, de seguro de aquella que tan sólo un bra vale lo que un mes de renta de mi departamento, pero nada más. Ropita interior.

Volteé a verme en ese instante y descubrí que mi atuendo para dormir es uno de los menos sexies del planeta: uso un pantalón de pijama que me regaló una de las personas que más quiero en este mundo, llevo una playera que él también me regaló y una sudadera que me dio mi madre. Además de calcetas, porque jamás he podido dormir descalzo, no sé por qué (ahí va otro dato freudiano). Así que no, no puedo dormir igual de sexy que la poderosa y famosa Gaga, a pesar de ser físicamente idénticos.

Y luego está también Formichetti, quien en otra entrevista, además de expresar cómo él fue de esas personas que se hicieron a sí mismas sin la ayuda de nadie y que fue despedido de Dolce & Gabbana porque hizo un desfile a su manera y no les gustó, pero que esto no le importó y él siguió y, y, y…De toda esa lista de autoelogios, el más impactante y risible fue el último. El entrevistador le preguntó si tenía novio, y él dijo que muchos power gays le han pedido su teléfono, pero que no sabe si es por Gaga, o por la fama o por qué, a lo que concluyó diciendo que, si llegara a tener novio, tendría que ser alguien igual de famoso que él, como James Franco.

Después de la risa me dio algo de tristeza. Es triste pensar que la gente se acerque a ti por el nombre que puedas ostentar y no realmente por quien eres (que seguramente es lo que le pasa a Nicola), pero es más triste aún rendirse a eso y vertir todas tus expectativas en una cuestión de status.

Así pues, volvemos a la reflexión y punto central de este post ¿Para qué levantarse todos los días? ¿Por qué hacer lo que hacemos? Es hasta ahora, tras poco más de doce horas de trabajo, que concluyo que sí, me levanto todos los días porque en verdad quiero ser el príncipe del glam y un buen amo de casa.

Pero quiero ser príncipe o rey de sólo aquello que pueda reinar. No quiero aquello que no tengo. Lo único que quiero es, en verdad, poder hacer de mi amor por la música algo que me dé un espacio para mí y para los que quiero. Y que esos que me quieran en verdad, me quieran como Velvet o como Arturo, en la cama, con el pijama gastado pero entregado con mucho amor y la sudadera que me dio mi madre, también con mucho amor, supongo.

Porque al final somos la misma persona y al final del día todos queremos lo mismo, incluidos Gaga y Formichetti, estoy casi seguro.

Cada quién tendrá sus motivos para levantarse todos los días, para seguir a pesar de tener un critter en la garganta o hundirse en la depresión cotidiana. Muchos, Gaga, Rosa Elena y yo incluidos, necesitamos de esa taza de café para el arranque.

Porque creo que, en realidad, lo que nos une a todos cada mañana cuando nos despertamos, es que sólo buscamos un lugar en el mundo. Y es que si hay algo más difícil que hacer de la música un modo de vida, que ser famoso o que comprarse la ropa interior de Lady Gaga, es encontrar un lugar en el mundo.

Pero eso, como todas las cosas buenas, llegan sólo con esa frase de mi padre que tengo en el post it del estudio: “Paciencia y constancia”.

Paciencia y constancia, queridos amigos y lectores, es la única forma de que nosotros, y Lady Gaga, encontremos nuestro lugar en el mundo.

P.D.: Si de pura casualidad leíste esto, llegaste hasta aquí and you are still watching my back, manda un mensaje. Ya conoces la palabra.

Drop the Bomb: Velvet Boy DJ Set @ DF

Amigos chilangos y no chilangos, este viernes estaré tocando en Drop the Bomb, a continuación les paso la información de la fiesta, espero verlos por ahí.

$50 entrada ::

::Descorche a partir de las 10… ::
::$30::

::SEGURIDAD::
::BaÑos::

::N.R.D.A::

::BARRA ::
.:Cerveza $25:.
.:Vodka $30litro:.
.:Tequila $30litro:.
.:Ron $30 litro:.
& sorpresas… MUY buenas sorpesas ;)

Line up::

*Warm up DJ´S (revelacion)
Auby & Whachimachi Sound DJ SET

* MAJESTIC
http://soundcloud.com/lemajesti
http://www.facebook.com/pages/Majestic/113580168717778

*Le Mariachi
http://soundcloud.com/vegas-3 http://www.facebook.com/pages/Le-Mariachi/151440268210499

*ZOMBIE aka Manuel Rodriguez (Global Tech / Electrictone)
- Fidget House
http://soundcloud.com/zombiee

*VELVET BOY

*FouMæ`S
-WASTED HOUSE
http://foumaes.bandcamp.com/

*Le Atomic Crocodiles
http://www.facebook.com/pages/Le-atomic-crocodiles/121869431214522?ref=ts

De por qué este DJ se sube a bailar a la barra de un bar

Tengo cinco años en la música, presentándome en escenarios o tocando detrás de una barra o una cabina. De esos cinco, llevo dos siendo residente del Barfly, en Cholula, y en ese tiempo, he descubierto que el simple hecho de subirse a una barra provoca todo tipo de reacciones en la gente. Desde el apasionamiento de quienes están bailando en la pista y deciden unirse al sentimiento colectivo, hasta aquellos a los que realmente les molesta, e incluso, parece insultarles.

El por qué me subo a bailar a la barra del Fly cada viernes (o donde esté tocando, siempre me trepo a donde pueda, de hecho es una advertencia que hago siempre que me contratan), no es ningún secreto. Lo hago, en primer lugar, porque amo cualquier escenario, sea la forma que éste tenga, es uno de los sitios donde me siento más natural, más yo. En segundo lugar, considero que el DJ no debe estar recluido en un rincón, casi escondido ¡Por Dios! Es la persona que está haciéndote la noche, y es parte de una experiencia colectiva que requiere de conexión: esconder al DJ sería como si un músico tocara/cantara de espaldas a su público: hay que conectar. Y en tercer lugar, no es ningún secreto que la idea de treparme a la barra o al sitio en el que esté tocando, me surgió tras ir con mi querido Dave a ver el documental de Soulwax Part of the weekend never dies.

Esto al parecer se ha vuelto tradición, y por esa barra han pasado grandes personas, que tal vez, si están leyendo esto, comprendan el punto al que quiero llegar.

Tal vez estamos acostumbrados a ver a alguien en un escenario haciendo su trabajo, pero para todos aquellos que no han tenido la oportunidad de estar en uno, hay un efecto, casi mágico, al poder ver las reacciones del público ante lo que haces. Ahí estan, decenas, cientos, tal vez miles de personas reaccionando ante tus acciones y decisiones. Y está desde el que tiene cara de que no soporta en lo absoluto lo que estás haciendo y que preferiría que en ese momento de empalaran, hasta quienes muestran en el rostro una especie de gratitud que sólo es comprensible una vez vista.

Ambas cosas, evidentemente, alimentan nuestro trabajo como músicos (habrá quien diga que el DJ no es músico, pero yo tengo un argumento al respecto del que hablaremos en otra ocasión) y hacen de cada experiencia algo icónico. Créanme, no es fácil olvidarlas. Ya sea el tener a miles de adolescentes brincando y haciendo head banging a la par que tú, una pareja lésbica fajando en el escenario con otros cinco fans bailando arriba contigo mientras tu manager e ingeniero de sonido se pelean a golpes con otro ingeniero de audio (juro que esto sí ocurrió), ver a las ocho únicas personas que fueron al bar paradas sin hacer nada o, como anoche, ver a decenas de personas, entre ellas a tus amigos, bailar y apropiarse de la música.

Hay en este acto, desde esta perspectiva, un sentimiento de tranquilidad, de que el trabajo está saliendo bien, que se condensan en una felicidad muy particular.

En pocas palabras: no hay nada como ver que le estás haciendo sentir algo bueno a un grupo de personas, aunque ni siquiera los conozcas. Es única esa sensación, y es maravillosa.

Anoche, fue una de esas buenas noches en las que la gente se unía a un mismo ritmo y a un mismo sentimiento. Y fue único. Sin darme cuenta, mi querido amigo Rey Badesán (una de las personas más ingeniosas y creativas que conozco), me tomó la siguiente foto. Cada fin de semana no falta quien tome algunas fotos, sin embargo, de todas esas imágenes que se han juntado, ninguna consigue expresar lo que llevo párrafos diciéndoles, ninguna como la que tomó anoche Rey.

Les dejo esta foto, no como un acto de vanidad, sino de agradecimiento. La sonrisa y la tranquilidad que ven en esa foto, es el resultado de todos ustedes, que bailan, disfrutan y, sobre todo, sienten. Gracias, en verdad, por hacer que el trabajo de un músico valga la pena, por demostrarnos que tiene sentido hacer algo de esto.

Gracias, en vedad, por amar y disfrutar tanto de la música. Porque eso que ven abajo, es libertad pura. Éste soy yo viéndolos a ustedes.

My life is music, and music is life…

Que la muerte es mirar y no verte…

“¿Qué será la muerte?” me preguntaste un día y no te supe contestar. Si la muerte es mirar y no verte, que la muerte es mirar y no verte…

Sensible fallecimiento

Detesto cuando la gente se refiere a una muerte como un “sensible fallecimiento”. Entiendo perfectamente la expresión y tiene toda la lógica del universo, incluso la considero bastante correcta, al menos en forma. Pero en el fondo la detesto.

Evidentemente todas las muertes son sensibles. Supongo que el paso de ser a no ser, de sentir a dejar de sentir, implica grandes cambios en la sensibilidad. Pero esa expresión se me hace de lo más insensible.

Llevo días tratando de recordar la película en la que uno de los personajes ejemplifica las diferencias de sensibilidad ante la muerte entre alguien estadounidense (como otro de los personajes) y las madres sicilianas (ni siquiera estoy seguro de que sean sicilianas, pero casi). Este personaje pone como ejemplo a estas madres, que cuando reciben al cadáver, se arrojan desgarradas a llorar sobre él. Golpean el ataúd, se lamentan hacia el cielo, en fin, que lo sacan todo.  En algún punto de la película, el personaje estadounidense (que estoy casi seguro es una mujer), entra en contacto con esa parte sensible suya y se quiebra: llora desesperadamente, como una madre siciliana (si alguien ubica la película, le agradeceré me recuerde cuál es).

Es interesante ver la reacción de toda la gente alrededor, que la mira como bicho raro. Pero ella lo saca todo. Todo. Evidentemente esto es una película, y como todas, las situaciones y las emociones son siempre enaltecidas o entornadas un poco -o bastante- más que en la realidad. Pero como en todo mito o ficción, hay en esto algo de cierto.

Siempre he creído que la gente que usa la expresión “sensible fallecimiento” es porque, en realidad, está bastante distante a esa muerte. Hay algo en la formalidad de esa expresión que me hace sentir que no lo entienden, que no lo comprenden, pero que deben expresar algo cercano al respeto. Entonces se escudan detrás de la palabra sensible, como diciendo: “Perdón que no pueda sentir”.

Esto en realidad es uno de los actos más insensibles que se pueda hacer y una de las mayores faltas de respeto en las que se pueda incurrir.

Ayer que fue el velorio de mi abuelo, no podía sacarme de la cabeza Conducta en los velorios, de Julio Cortázar. Durante los últimos diez años no ha fallado que una vez al año tenga que asistir a un velorio, mínimo. Lo peor del caso es que todos han sido de gente cercana. Y particularmente, en estos últimos cuatro años, de gente demasiado cercana. En todas esas ocasiones, ha habido muchos “sensibles fallecimientos”, mucha gente que no tiene idea de lo que está ocurriendo, o de lo que estamos sintiendo. Mucha gente de la que Cortázar escribió en su cuento. Y tampoco está mal. Cada quien vive su duelo de forma distinta y seguro en muchos de mis velorios yo he resultado un “sensible fallecimiento” para alguien más.

Sí, entiendo que por educación y protocolo la gente se convierta a sí misma en un “sensible fallecimiento” que llegue, abrace, ponga cara de circunstancia y diga que lo siente, cuando tal vez no sea así. Pero qué se le puede hacer, así nos han educado y se enseña que uno debe decir “lo siento” ante cualquier muerte, aunque no sea así, aunque no se sienta nada.

Y es que en el último mes no he parado de pensar en la educación sentimental y emocional de la gente, por muy distintas razones. Puede ser que sólo esté divagando, y en realidad “lamentar el sensible fallecimiento” sea mucho más honesto que decir “lo siento” a pesar de no sentir. Pero es que en estos días no puedo dejar de darle vueltas al asunto del sentir y de la sensibilidad.

Ha sido un mes con tantas emociones mezcladas, revueltas, expuestas, brotadas y expulsadas, que ya no sé. Llevo 32 días con distintas personas indicándome qué debería de sentir y cómo sentirlo. “Sí, es natural que estés triste”, “Por supuesto que debes estar molesto”, “No, no creo que sea adecuado decir eso”, “¿Vale la pena enojarse?”, “Va a pasar”, “Calma, ya no llores”, “Llora, llora todo lo que tengas que llorar”, “Por favor, ya deja de llorar”, “Lo siento”, “Perdón”, “Lamentamos el sensible fallecimiento de tu abuelo”.

Agradezco a toda esa gente sus palabras y la intención que hay detrás de ellas, que supongo, es hacerme, hacernos, sentir mejor. Pero la verdad es que creo que nadie tiene idea de lo que está pasando dentro de mí. Apenas yo tengo una noción y viene usted a decirme que “lamenta el sensible fallecimiento de mi abuelo”, chingue a su madre.

Sí, así como lo lee, chingue a su madre.

Y es que el fallecimiento de mi abuelo no es sensible. Es una putada, es una pinche contradicción que usted no tiene ni puta idea de cómo se siente. Y en este punto hablo en un plano exclusivamente personal, hablo sólo por mí. Porque no tengo ni idea de cómo lo estén pasando las otras personas. Tengo una noción de lo que está atravesando mi padre, pero sólo él sabrá qué está ocurriendo con su dolor y cómo resolverlo. Y eso, lo respeto más que nada en este mundo. Así como respeto el dolor de todas las personas que lo perdimos.

Pero no venga a decirme que “lamenta el sensible fallecimiento de mi abuelo”, porque no tiene ni puta idea de cómo me siento, de todo lo que ando cargando además del “sensible fallecimiento”. Ni con esto, ni con nada. No venga nadie a decirme que “lamenta el sensible fallecimiento” de cualquier cosa en mi vida porque no tienen idea de lo que siento.

Me da risa la autoridad con la que se creen embestidas algunas personas para hablar de mis emociones, es esa misma gente que como no comprende que los seres humanos somos bastante complejos, y seguramente yo lo soy aún más, se escuda diciéndome “es que eres muy sensible”. En pocas palabras, la gente que lamenta el sensible fallecimiento de cualquier acontecimiento en mi vida.

Y es que yo a ratos soy como la madre siciliana que se desgarra frente al ataúd así como a ratos soy ese personaje que no sabe o no quiere llorar.

El punto aquí, o a lo que quiero llegar, es que me preocupa que hay gente tan insensible, con una educación emocional o sentimental tan vaga, que con un “eres muy sensible” o un “lamentamos el sensible fallecimiento de…”, o peor aún, un “lo siento”, cree que ya se resolvió la situación. Que lo que el otro trae dentro se ha desenmarañado y entonces todo vuelve a ser plano y liso, listo para seguir andando.

Las emociones, las personas, no nos justificamos con cosas tan burdas. De hecho, no creo que debamos tener justificación.

Así pues, mi conducta seguirá siendo igual o peor a la del último mes, cosa que no es precisamente negativa, pues grandes cosas están saliendo de ella. Y es que si alguien en ese velorio me hubiera preguntado “cómo te sientes” en vez de “cómo estás”, le habría contestado que estoy más tranquilo y emputado que nunca, que todos los días encuentro una tristeza tremenda así como una alegría demasiado particular como para explicar, que de vez en vez lloro un poco, golpeo la pared, insulto y a la vez agradezco tanto; que quiero estar solo y no quiero saber de absolutamente nadie, pero que en las noches me da pavor quedarme solo; que en este momento no me interesa la vida de absolutamente nadie más que de la gente que realmente quiero, que no tengo paciencia para nada, que hay gente que pretendía interesarme y que ahora no son más que parte de un incómodo escenario, así como hay personas a las que prometo proteger y cuidar mejor, que se lo merecen.

Si hay lógica o no en mis emociones, no lo sé. Ese es mi asunto y de nadie más. Si acaso, de la persona que tenga que ver con la emoción determinada. Y es que en este mes ha habido tantas cosas en mi vida, tan juntas, tan repentinas, tan intensas, como en la vida de mucha más gente. En este extraño efecto mariposa, sinceramente no creo que hoy día a alguien en Japón le interese lo que a un neurótico de 25 años mexicano, le esté pasando. Ellos tienen sus asuntos, mucho más importantes que atender.

Así como en este momento, en este también extraño efecto mariposa, los tienen mi padre, mi madre, mi abuela, tú, yo y toda la gente que conocemos.

Ésta es la auténtica sensibilidad detrás de mi fallecimiento. Es mucha, muchísima. Y no está mal, no pienso guardármela, no pienso “entregarme menos”, porque así me enseñaron y porque así como he respetado a todos los que me han dicho que es demasiado para ellos, es hora de comenzar a respetar a los que supuestamente damos demasiado ¿De qué otra forma habría un balance?

No vengan a decirme que “lamentan el sensible fallecimiento”, no sean uno de ellos; mucho menos me digan que lo sienten cuando no es así, no hay peor cosa que decir que sentimos algo que no está ahí. Si realmente quieren ayudar, entonces sólo sean honestos. Den un abrazo, un saludo a la distancia, falten porque simplemente no soportan estar ahí, hagan un chiste local, pregunten, hablen, digan cómo se sienten realmente, invítenme un maldito café, o mejor aún, una borrachera. Pero sean total y absolutamente ustedes, así como respeten que yo sea total y absolutamente yo.

Las cosas auténticamente “sensibles”, no se lamentan o se dicen. Simplemente se sienten y se expresan con toda la honestidad que esa emoción merece. Considero que no hay mayor forma de respetar a alguien más que siendo honesto y congruente con uno mismo y con esa persona. Y es que nadie más sabrá lo que pasa entre nosotros dos. Nadie.

Que nadie, absolutamente nadie, les diga cómo y qué sentir.

Macarroni.

DJ Set @ Ula Ula & Barfly, Cholula

Este viernes Velvet regresa a su amada Cholula. Primero, estaré tocando un rato en el aniversario del Ula Ula y, posteriormente, tendremos una de nuestras clásicas noches de Barfly celebrando el aniversario de la única Loba de Cholula. Espero puedan ir a cualquiera de estos dos eventos.

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Miedo a los muertos

La seguridad del fraccionamiento no aleja a los fantasmas. Hace tan sólo unos segundos pasó frente a mí una pequeña motocicleta con un guardia de seguridad de este complejo, checando que todos sus habitantes estén en orden, duerman bien. Pero hoy en esta casa no se puede dormir del todo bien.

Habemos quienes tenemos miedo, y no por lo que está afuera, sino por lo que está aquí adentro. O tal vez, por lo que debía estar aquí adentro y ya no está. O tal vez, por lo que creemos que ya no está aquí dentro y sigue estando.

Aquí estoy, de nuevo en Querétaro, de nuevo sentado en este balcón con una vista que, estoy seguro, es una pequeña muestra del paraíso. Y estoy sentado, escribiendo esto desde la misma silla donde mi abuelo se sentaba a leer en el paraíso que trabajó para sí mismo. Porque si algo hizo ese hombre fue trabajar. Es curioso que la lámpara de esta silla, la lámpara para leer, tenga hoy el foco fundido.

He venido aquí porque ayer por la tarde murió mi abuelo, el del andar lento y un poco arrastrado, el poco pelo rebelde y el aparato auditivo.

Al igual que él, soy alguien muy escéptico. Ahora que lo pienso bien, fue tal vez él quien, como buen hombre de ciencia, me enseñó a serlo. Recuerdo una vez, cuando era niño, que le pregunté si esta casa tan grande y tan abierta no le daba miedo, que si no le temía a los fantasmas. Con esa clásica ironía suya me respondió con un típico dicho: “Yo no le tengo miedo a los muertos, a los que hay que tenerles miedo es a los vivos”.

Desde entonces me la creí, y al igual que él, comencé a tenerle miedo a los vivos. A los vivos y lo que eran capaces de hacer, a los vivos y su falta de vida.

Pero esta noche, por primera vez en 18 años, le tengo miedo a un fantasma. Uno que ni toda la seguridad de este fraccionamiento podrá sacar, porque a final de cuentas, ésta es su casa. Tengo miedo al fantasma de mi abuelo.

Ahora que no está, cada rincón de la casa se siente tan suyo, cada olor es como si estuviera al lado, y sobre todo, cada ruido. Por primera vez en los 25 años que tengo de venir aquí descubro que por las noches se la casa se llena de sonidos cual selva. Y como si estuviera en la selva, siento miedo ante lo desconocido, ante la oscuridad y el ruido. En verdad que tengo miedo. Es un miedo infantil, de esos que entiesan la espalda y hacen un vacío en el estómago.

Sin embargo, este miedo de niño asustado no es a que se me aparezca el fantasma de mi abuelo. Al contrario, tengo miedo de no encontrármelo. Me da miedo no oír las pisadas lentas y arrastradas que anunciaban que venía a resolver el crucigrama de todos los días a la sala, me da miedo ese olor a viejo y no encontrar su colección de corbatas de doctor o sus lociones de señor; me da miedo el silencio de esta noche, sin la televisión a todo volumen porque no la escuchaba bien; me da miedo que ese fantasma no llegue con la página de un libro abierto a comprobarme que esa frase sí existe y que sí la dijo ese autor; me da miedo que los espíritus no pongan el mambo; me da miedo que ese fantasma no venga orgulloso, señalando con su dedo grueso el anuncio del periódico local, que promociona su reciente consultorio de Sexología, sexualidad y enfermedades de transmisión sexual.

Ese miedo es algo que ninguna seguridad puede quitar.

Y en este instante estoy aterrado. Porque llegué y la silla con la vista al paraíso estaba vacía, porque la mesa de al lado no tenía un solo periódico encima y porque la lámpara de leer está fundida.

Quiero apagar todas las luces de la casa, dejar que todos los sonidos crujan, percibir cada olor, cada cambio en el ambiente, buscar entre las sombras y los reflejos, para ver si esta noche decide aparecerse, para que él venga a demostrarme una vez más que a los muertos no hay por qué tenerles miedo, sino a los vivos, como yo.

Por favor, ya aparézcase, Doctor.

Ese mes en mi cabeza

Llevo un mes con mis amigos oyéndome y aguantándome en prácticamente todas mis modalidades. Llevo también un mes siendo testigo de mí mismo y de cada uno de esos matices. Y he reído, he llorado, me he enojado, me he frustrado, me he callado, a veces me quedo en un rincón tan sólo viendo y en otras ocasiones salgo a ser visto.

Mucho de este tiempo he estado dentro de mi cabeza, dándole vueltas al asunto y ellos pacientemente me observan, guardan silencio cuando lo consideran necesario, hablan de más cuando creen que así debe de ser, me sacan a pasear como perro por las noches, me aconsejan cuando lo creen pertinente o simplemente me callan cuando debo de callarme.

Y ahí han estado. Cada uno muy a su manera y en su forma, ya sea a la distancia o en el día a día, desde una península, un pueblo donde graniza escandalosamente, en el teléfono, en una ventana, en mi cama después del trabajo, en su casa tras una llamada inesperada, en un bar de mala muerte, en una fiesta exclusiva, en un parque, en un desayuno para pedir perdón, en cerveza, vino, mezcal y café.

Todos hablan, todos dicen, todos opinan. Ya sabré yo que pensar, y sólo tú y yo sabemos cómo está la cosa. Lo cierto es que los veo a todos en sus vidas que comienzan a ser tan mías y aprendo a verme. Y probablemente he estado demasiado ensimismado todo este tiempo como para decir gracias. Así que si no lo he dicho, aprovecho para hacerlo: gracias.

Cada uno sabrá por qué le agradezco, pero lo que sí va para todos es gracias por ser reales. Y como diría Eros Ramazzoti en voz de Sabarreda, gracias por existir.

No sé cuánto tiempo esté en ese rincón de mi cabeza observando cómo se mueve el mundo, por lo tanto, no sé cuánto tiempo más tengan que estar viviendo los días intensos junto a mí. Supongo que es el tiempo que requiere una rana albina para encontrar a los Hue Hues en Nayarit.

Así que en lo que llega ese día, queridos amigos, en el que ya no tenga nada que decirles, puedo darles por ahora las gracias por todo lo que hacen en cada segundo y decirles: Puto el último que lea esto.

Calendario Marzo-Abril de Velvet Boy

A continuación les comparto las fechas y lugares en los que estaré tocando durante marzo y la primera semana de abril.

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Carta abierta a mis vecinos

Queridos vecinos,

En verdad les quiero pedir una disculpa. Perdón por la basura que dejé en la entrada del edificio. Perdón por esas dos bolsas negras y la caja de pizza de Papa Johns que dejé detrás de la maceta, pensando que no la verían. En verdad les pido una disculpa, pero es que no tuve alternativa. Verán, hace dos noches, que salí a dejar la basura donde todos los vecinos del edificio la dejamos, había una patrulla afuera, merodeando, amenazando con esas luces azules y rojas que parecen querer provocar un ataque de epilepsia en quien las mire fijamente.

En serio, perdón. Sé que debí haberme arriesgado, sortear a los policías y dejar mis dos bolsas pequeñas y mi caja de pizza donde todos ustedes dejan la basura. Pero simplemente no pude. El miedo me invadió. No tanto porque la patrulla pudiera llevarme a algún lado por estar dejando la basura en un sitio ilegal, porque sí, lamento informarles que la pequeña jardinera donde los 23 departamentos que conformamos este edificio dejamos nuestra basura día con día no es el sitio adecuado para depositar nuestros desperdicios. Les juro que quise hacerlo, pero no pude con la policía ahí. Insisto, no es porque los policías quisieran llevarme a algún lado si me descubrían infringiendo la ley como todos ustedes lo hacen noche con noche, o por tener que pagar la cantidad de salarios mínimos que no tengo…fue por miedo, por pena. No quería que ustedes, con esa curiosidad que hoy descubrí que tienen de mi vida y de lo que hago, me vieran subiendo a un carro de policía o dándoles dinero.

No, ustedes son buenas personas, gente decente que como yo tiene que escabullirse en mitad de la noche para no ser descubiertos dejando la basura ilegalmente en una esquina.

Les pido perdón por la segunda noche que tuvieron que soportar de las dos bolsas pequeñas y la caja de Papa Johns, pero es que ahí seguía la maldita patrulla, brillante, bicolor, amenazante. Sé que mis dos pequeñas bolsas y mi caja de Papa Johns son insultantes, vamos, hasta a mí me ofendía tenerlas en mi casa. A pesar del poco espacio que ocupan, sé que no hay cosa más insultante que Papa Johns. Imagino que para ustedes, al igual que a mí, no ha de haber cosa más deprimente que salir de tu casa y encontrarte, de repente y sin aviso, con la cara de John Schnatter en una caja de pizza, ahí, tan sonriente y regordete, con todo un imperio de comida italoamericana que nosotros mismos pagamos, mientras que nosotros tenemos que levantarnos todos los días a vivir nuestra miserable vida en una colonia como ésta, sin contenedores de basura.

De nuevo, les pido perdón. Cómo pude hacerlo, sé que debí haber dejado mi basura a pesar del riesgo de ser detenido por la policía. Seguro cualquiera de ustedes me habría ayudado a pagar lo que necesitaba, así como me ayudaron cuando les pedí que le mandáramos una carta a la Delegación exigiendo un contenedor, para no vernos en un riesgo nocturno digno de Serbia en 1995, o así como me han ayudado ahora que les he pedido uno a uno que escribamos a la arrendadora para que nos arreglen la maldita chapa de una vez por todas.

Sí, sé que recibiría su apoyo total. Entiendo que su queja fue justa, si no se quejaron por la vecina que dejó ocho bolsas grandes de basura en la entrada por dos meses fue por algo. Sé que algo tienen mis dos pequeñas bolsas de basura y mi caja de pizza que no tenían esas ocho gigantescas bolsas con desperdicios, botellas de alcohol, comida podrida y las ratas que vinieron después. Porque claro, la generación espontánea funciona mucho más rápido en dos bolsas pequeñas que en ocho tremendas recopilaciones de desperdicios ¿O fue la caja de pizza de Papa Johns? Seguro fue eso. Los entiendo, yo estaría igual, yo mismo me reportaría con la portera por poner la cara de John Schnatter en la entrada de la casa.

Y gracias por ir directo con los porteros a quejarse y no venir a mi puerta a preguntarme si aquello era mío. Lo entiendo, en este edificio nos regimos por una estructura medieval en la que hay que recurrir a las figuras de autoridad, aunque éstas no hayan sido capaces de cambiar ninguno de los focos que llevan dos meses fundidos en la escalera y que en la noche pueden provocar caídas, como la que sufrí hace dos meses. No se preocupen, el dolor de coxis duró sólo dos semanas y media. Gracias por no ayudarme cuando estuve veinte minutos en los escalones con un dolor insoportable. Pero los entiendo. En este edificio tenemos que aprender a ser fuertes y soportar cosas. Pero también entiendo que hay cosas inhumanas, como la cara de John Schnatter en la entrada del edificio.

Me sentí tan bien esta tarde que la portera tocó a mi timbre y me dijo: “Joven, unos vecinos se quejaron, le encargo su basura por favor”. Aquel “Joven” fue tan sonoro, que acabé por concluir que la portera no tiene ni idea de mi nombre. Y gracias por no venir a decírmelo directamente, supongo que he de ser el ser más despreciable por poner la cara de John Schnatter en la entrada del edificio.

Y es que claro, eso no se compara con los gatos de la vecina que se orinan por todo el edificio, destruyen las plantas y se meten sin avisar a mi departamento; o con el gringo loco que siempre decide que es buena idea gritar improperios a su amigo alemán (que, dios lo bendiga, le contesta igual) los lunes, miércoles y jueves, ahogados de borrachos a las dos de la mañana; y mucho menos con los vecinos cuyo departamento da a la calle y que consideran que es una gran idea musicalizar este edificio con Salsa y cumbia hasta las 3 am al volumen necesario para que la señora que vive en frente de mi departamento, esa pobre viejecilla, pueda escucharlos. Y es que claro, qué sería de la vida sin música. Si lo sabré yo. Así que también quiero agradecerle al vecino que considera que es buena idea escuchar todos los días al mediodía su colección de jazz, fado, bolero y ópera, en verdad, gracias. Y sobre todo, gracias por ponerlo al mayor volumen posible.

También quiero agradecerles a todos los vecinos que tienen mascotas. Sé que el croar de mi pequeña rana albina ha de ser molesto todas las noches, porque de seguro no deja ladrar a gusto a sus perros, sí, esos que están justo debajo de la ventana de mi estudio. Y bueno, ya que estamos con las mascotas, por qué no hablar de nuevo de esos maravillosos gatos, que deciden marcar cuanto territorio sea posible, ya que su caja de arena parece ser el edificio entero ¿Son gatos Montessori? Espero que sí, porque su libertad es envidiable.

De hecho le agradezco a esos gatos, porque mataron heroicamente a un ratoncito que los porteros tuvieron a bien dejar dos semanas justo en las escaleras que llevaban a mi departamento. Gracias también por eso, aprendí la lección.

Y qué bueno que recurrieron a la portera para quejarse. Ese es el primer gran paso de la sociabilización. Supongo que ella tendrá que saludarme por todas las veces que les he dado las buenas tardes y ustedes no han sido capaces de contestarme. Es curioso que no sepan mi nombre pero sí el departamento en el que vivo. Gracias por la amabilidad, por la cortesía. Espero poder recurrir a ella cuando tenga que decirles que a veces no me dejan dormir con las fiestas que hacen, o con su bebé que no para de llorar, o con la pareja que no para de coger. Le informaré también a la portera de todos ustedes que dejan la puerta de la calle abierta, o de ustedes, mis vecinos gringos, que deciden fumar y hablar junto a mi ventana a todo pulmón. Estoy seguro que así podremos establecer un gran diálogo.

De nuevo mil perdones, jamás debí de haber puesto la cara de John Schnatter en la puerta, jamás debí de haber herido su susceptibilidad ni arriesgarme a herir su enorme tolerancia. Porque insisto, es grande. Si aguantaron aquel desastre de las ocho bolsas de basura o el desastre de mudanza que dejaron en mis escaleras, cómo iban a aguantar dos bolsas pequeñas y la maldita cara de John Schnatter. Me doy pena, espero puedan disculparme.

Aunque suene repetitivo, pido una vez más una disculpa y prometo no volver a molestarlos con la cara de John Schnatter, que fue un golpe bajo. Entiendo que si de por sí no me devolvían el saludo y hasta se portaban groseros, ahora lo hagan más, me lo merezco.

Perdonen que les escriba por aquí pero es que no encontré otro medio de comunicación, como no los conozco, como no me saludan, pues espero que por aquí se enteren. Mi nombre es Arturo Loría y sí, dejé dos pequeñas bolsas de basura y una caja con la cara de John Schnatter en la entrada, espero me disculpen y si tienen alguna duda saben que ahí estará siempre la portera, tan dispuesta a contestar preguntas, sólo les pido un favor, díganle que me llamo Arturo, para que cada vez que dialoguemos a través de ella, sea con nuestros nombres y no con el número de departamento que habitamos.

Muchas gracias por su atención, espero poder ser un mejor vecino y aprender que no está mal que sus gatos orinen mi entrada, que ustedes también dejen basura, que tengan fiestas a todo volumen hasta las cinco de la mañana o que no me saluden, porque ya aprendía que si hay algo que ustedes jamás harían, sería dejar una imagen de John Schnatter en la entrada.

Si necesitan azúcar aquí estoy, sólo necesitan pedírsela a la portera. Sinceramente suyo,

- Arturo Loría, el tipo que pone cajas con la cara de John Schnatter.

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