La seguridad del fraccionamiento no aleja a los fantasmas. Hace tan sólo unos segundos pasó frente a mí una pequeña motocicleta con un guardia de seguridad de este complejo, checando que todos sus habitantes estén en orden, duerman bien. Pero hoy en esta casa no se puede dormir del todo bien.
Habemos quienes tenemos miedo, y no por lo que está afuera, sino por lo que está aquí adentro. O tal vez, por lo que debía estar aquí adentro y ya no está. O tal vez, por lo que creemos que ya no está aquí dentro y sigue estando.
Aquí estoy, de nuevo en Querétaro, de nuevo sentado en este balcón con una vista que, estoy seguro, es una pequeña muestra del paraíso. Y estoy sentado, escribiendo esto desde la misma silla donde mi abuelo se sentaba a leer en el paraíso que trabajó para sí mismo. Porque si algo hizo ese hombre fue trabajar. Es curioso que la lámpara de esta silla, la lámpara para leer, tenga hoy el foco fundido.
He venido aquí porque ayer por la tarde murió mi abuelo, el del andar lento y un poco arrastrado, el poco pelo rebelde y el aparato auditivo.
Al igual que él, soy alguien muy escéptico. Ahora que lo pienso bien, fue tal vez él quien, como buen hombre de ciencia, me enseñó a serlo. Recuerdo una vez, cuando era niño, que le pregunté si esta casa tan grande y tan abierta no le daba miedo, que si no le temía a los fantasmas. Con esa clásica ironía suya me respondió con un típico dicho: “Yo no le tengo miedo a los muertos, a los que hay que tenerles miedo es a los vivos”.
Desde entonces me la creí, y al igual que él, comencé a tenerle miedo a los vivos. A los vivos y lo que eran capaces de hacer, a los vivos y su falta de vida.
Pero esta noche, por primera vez en 18 años, le tengo miedo a un fantasma. Uno que ni toda la seguridad de este fraccionamiento podrá sacar, porque a final de cuentas, ésta es su casa. Tengo miedo al fantasma de mi abuelo.
Ahora que no está, cada rincón de la casa se siente tan suyo, cada olor es como si estuviera al lado, y sobre todo, cada ruido. Por primera vez en los 25 años que tengo de venir aquí descubro que por las noches se la casa se llena de sonidos cual selva. Y como si estuviera en la selva, siento miedo ante lo desconocido, ante la oscuridad y el ruido. En verdad que tengo miedo. Es un miedo infantil, de esos que entiesan la espalda y hacen un vacío en el estómago.
Sin embargo, este miedo de niño asustado no es a que se me aparezca el fantasma de mi abuelo. Al contrario, tengo miedo de no encontrármelo. Me da miedo no oír las pisadas lentas y arrastradas que anunciaban que venía a resolver el crucigrama de todos los días a la sala, me da miedo ese olor a viejo y no encontrar su colección de corbatas de doctor o sus lociones de señor; me da miedo el silencio de esta noche, sin la televisión a todo volumen porque no la escuchaba bien; me da miedo que ese fantasma no llegue con la página de un libro abierto a comprobarme que esa frase sí existe y que sí la dijo ese autor; me da miedo que los espíritus no pongan el mambo; me da miedo que ese fantasma no venga orgulloso, señalando con su dedo grueso el anuncio del periódico local, que promociona su reciente consultorio de Sexología, sexualidad y enfermedades de transmisión sexual.
Ese miedo es algo que ninguna seguridad puede quitar.
Y en este instante estoy aterrado. Porque llegué y la silla con la vista al paraíso estaba vacía, porque la mesa de al lado no tenía un solo periódico encima y porque la lámpara de leer está fundida.
Quiero apagar todas las luces de la casa, dejar que todos los sonidos crujan, percibir cada olor, cada cambio en el ambiente, buscar entre las sombras y los reflejos, para ver si esta noche decide aparecerse, para que él venga a demostrarme una vez más que a los muertos no hay por qué tenerles miedo, sino a los vivos, como yo.
Por favor, ya aparézcase, Doctor.
Hay noches en las que, a veces, también espero que se aparezcan los fantasmas.
Mis pensamientos están contigo. <3
Excelente Post mi amigo
esa es la actitud}