Posted in agosto 2011

Este post es en realidad sólo para hacerles saber que ando leyendo a Thomas Pynchon, aunque Pynchon es absolutamente irrelevante en este post

Con este domingo que se cierra termina una de esas semanas que tanta falta me hacían: de viaje, en cuatro ciudades distintas en un periodo corto. Y es que yo fui hecho para estar en el camino, de arriba para abajo, visitando a mi gente y conociendo a gente nueva.

Mi viaje comenzó, podría decirse, desde el sábado pasado que tuve una de esas inusuales y necesarias reuniones familiares. A pesar de que no suelo ver a mi familia con la frecuencia con la que otros acostumbran, para mí siempre es necesario ver que hay cachitos de mi sangre o de mi identidad corriendo de forma aleatoria por el cuerpo de alguien más. Y más aún se vuelve necesario ver que hay gente con la que comparto una parte de mí que a veces se me olvida que tengo. Esa parte se llama pasado.

Creo que han sido las distintas circunstancias de la vida las que, de alguna forma u otra, me han hecho dejar atrás muchas cosas y encontrar el cariño o el afecto en nuevos lugares y nuevas personas. Por eso es bueno, de vez en vez, juntarse con un grupo de personas que son tan familiares como desconocidas y reconocer esos trozos tuyos que habías olvidado en otros. O mejor aún, descubrir nuevas conexiones.

Al día siguiente, el domingo, volví a mi pueblo. Ese que nunca me abandona y en el que, afortunadamente, las cosas no cambian. Viviendo en una ciudad como el DF, es terriblemente desgastante ver cómo todo se desvanece y se vuelve a formar en otra cosa. Es necesario, sí, pero desgastante. Por eso aunque juré jamás volver a vivir en las ciudades que he dejado atrás, me gusta volver a ellas y encontrar las cosas en el lugar en el lugar en el que las había dejado.

Volví, porque la burocracia y los trámites me obligaron a regresar al sitio al que nací y en el que mi nombre se convirtió en algo oficial. Y volví, la verdad, porque extrañaba ver a mis padres y mi abuela, que tenía poco más de dos meses sin ver, y que son necesarios, para recordar quién soy y de dónde vengo.

Pero en este viaje, no sólo me reencontré con todo lo que había dejado antes ahí, sino que descubrí que mi nueva vida no encaja precisamente con la anterior, o con las anteriores. A pesar de haber ido a donde está mi gente, no pude convivir del todo con ellos porque, el nuevo yo, el yo de ahora, necesita sentarse más de ocho horas a trabajar en mil y un cosas que, lamentablemente, no pueden compaginar con el café de las mañanas con mi abuela o no me permiten ir al cine del todo tranquilo con mis padres.

Es triste, sí, pero también es necesario.

Luego, el jueves, vine a Puebla a hacer las cosas que vengo a hacer a Puebla de un tiempo para acá: tocar y vivir está nueva vida, completamente distinta a cualquier cosa que haya tenido antes. Para estas alturas de la semana estaba bastante cansado de tantas horas en carretera y de tanto desvelo tratando de hacer que las más de ocho horas que siento mi culo frente a esta computadora den un buen resultado.

Puedo decir que fue un fin de semana agotador. Tocamos dos noches seguidas y la tercera tuve que confrontar el hecho de que ya no soy el mismo de antes, que no sé organizar mi tiempo y que, sí, aún tengo amigos a los que a veces puedo herir, sin darme cuenta.

Todo esto nos lleva a la conclusión del fin de semana, una de éstas que tenía rato que no hacía y que no estoy del todo seguro cuál sea. Al menos, tengo claras tres cosas: 1) Amo viajar y amo estar en el camino; 2) Tengo, definitivamente, que aprender a organizar aún mejor mi tiempo y 3) En verdad hay gente muy pendeja y con ganas de joder ahí afuera.

Sí, nada de esto es nuevo, pero es necesario tenerlo en mente.

Ah, y 4) tengo que aprender a ser más conciso en estos malditos posts, que siempre me propongo hacerlos lo suficientemente sintetizados y termino haciendo cosas como éstas.

Es tarde, sólo quería escribir, no tengo realmente nada importante qué decir ahora, no quiero dormirme tarde, tengo que poner a la quinceañera que vive adentro de mí al día y -sí señor- actualizarme en True Blood, e informarle a la humanidad que ando leyendo a Thomas Pynchon.

Ah, cierto, y también agradecerte por la cinematográfica plática de las seis de la mañana.

Se vienen cosas buenas, ya lo verán. Por ahora, estoy en casa.

Al final del día

Hay muchas razones, día a día, a cada hora (más cuando trabajas con información) y en cada persona que me hacen llegar a una inevitable conclusión: el mundo en verdad está jodido.

Lo está, basta voltear para afuera y para adentro para darse cuenta. No paro de pensar que posiblemente el mundo estaría mejor si no le metiéramos nosotros tanta mierda, ya saben, su orden natural. Dejémoslo correr en paz, que haga sus cosas. La naturaleza parecía no tener quejas hasta que llegamos nosotros.

Y luego nosotros…día a día me topo con gente tirándole mierda a otra gente, tratando simplemente de incomodar, de molestar…ganas de chingar, pues. Lo veo en todos lados, desde los desconocidos, pasando por mis amigos, está en mi familia, y evidentemente también está en mí. Porque no, yo no creo como mi querido Michael Jackson que podamos heal the world y tomarnos de las manos y todo el we are the world, we are the people. Tanto yo como los personajes que mencioné antes tienen suficiente material para demostrarme que eso no es posible.

Sin embargo, también creo que  a veces jodemos de más y nos complicamos las cosas. I’m no fucking buddhist, diría Björk, y yo le contestaría hell yeah! sister. Y es que no sé ustedes, pero no es fácil lidiar con la mierda del mundo y de los otros todos los días, más cuando cargamos con la propia; pero no puedo dejar de pensar que todo mundo tendrá, tendremos, nuestros motivos por andar intentando llenarle de mierda la existencia al prójimo.

No sé cuál sea el método que ustedes usen para sobrevivir al día a día, al cruel cruel world to face on your own que cantan los Gossip, pero a mí hay una idea en particular que me sirve, me ayuda a poner las cosas en perspectiva y a vernos a todos en el mismo nivel: al final del día.

Ésta es una expresión que uso muchísimo. Cualquiera que hable regularmente conmigo se dará cuenta que así es, y es que esa frase suele venir acompañada de otra: Al final del día ¿Qué es lo que realmente importa?

Cuando usted, querido lector, que repasa estas líneas, acaba su día y se acuesta a dormir, cuando estás en tu hora más vulnerable, cuando nadie te está observando y cuando no estamos armados ¿Qué es lo que realmente importa?

Y es que, tal vez en un enorme acto de ingenuidad, creo que al final del día lo único que nos importa a todos es lo mismo. Ni siquiera voy a mencionarlo, porque si no eres capaz de decirlo por ti mismo entonces hay dos opciones: o estás buscando en los lugares equivocados o yo estoy equivocado.

Conozco a mucha gente allá afuera que no es capaz de preguntárselo, conozco a gente que no es capaz de admitirlo y sé que hay muchos más que aparentarán que no importa. Pero la verdad es que a todos hay algo que nos importa al final del día.

Estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, sólo hay una cosa que importa al final del día, y cuando llegue esa hora, probablemente nos demos cuenta de que toda la mierda y las complicaciones no son necesarias.

Si no son capaces de darse cuenta de esto, lo siento por ustedes. Porque ante la negativa de darse cuenta de las cosas que verdaderamente importan sólo pueden venir la tristeza, la lástima y, más importante aún, la compasión. Las dos primeras no se las deseo a nadie, la tercera es más importante y es algo que, aunque yo no sea fucking buddhist deberíamos practicar más.

Revolcarse en la mierda no ayuda mucho la verdad, no es sano y ni siquiera es productivo. Comprender al otro, eso sí es un ejercicio cabrón y no cualquiera lo puede hacer. Claro, es mucho más fácil la primera, y por ende, la salida de mucha gente que conozco. Desde hace tiempo los he visto, tratando de rasgar de una manera u otra la realidad de la gente que los rodea, de sí mismos, de mi gente e incluso la mía. Desde hace tiempo quería decir esto. Y de toda esa gente me pongo a pensar: al final del día ¿Qué es lo que les importa? ¿Realmente? No shit here ¿Qué es lo que les importa?

Insisto, si son capaces de contestarlo entonces vamos por buen camino. Si no…pues bien, ya cada quien decidirá.

Y aquí es ese momento del día donde recuerdo a Valentine, el personaje de Iréne Jacob en Rouge, uno de los personajes y una de mis películas favoritas. Hay una escena en la que el juez le pregunta a Valentine, tras descubrir que él espía la vida de sus vecinos, si no le provoca asco, por lo que hace. Y ella dice que no, que por él sólo puede sentir pitié. La traducción más cercana sería compasión, pero no estoy del todo seguro que sea la más adecuada.

Porque intuyo que ahí va incluido algo de lástima y algo de tristeza, como mencionaba hace unos párrafos.

Lamento decirle a toda la gente que gusta de joder al prójimo que justo eso es lo único que puedo sentir por ellos: pitié. Y justo por eso hago esto. Si están leyendo esto, es porque siguieron las migajas y llegaron hasta aquí, uno de mis clásicos experimentos. Si no llegaron acá, es porque probablemente no les interese.

Si llegaron hasta aquí es porque hay algo en todos estos párrafos que les importa, algo que les hizo ruido. Si llegaron hasta aquí lo único que me importa es que se pregunten: Al final del día ¿Qué es lo que realmente importa?

Si se dan cuenta hay mucho espacio para comentarios, piénsenlo y, si desean, escríbanlo. Lo recomiendo, porque estoy seguro de que si muchos lo escriben se darán cuenta de que al final del día lo que realmente nos importa es lo mismo.

Espero sus respuestas.

Los ojos de Jonathan Jeremiah

“Quien habla de felicidad suele tener los ojos tristes”

Esa frase del principio es RosaElena citando a Lipovetsky citando a Aragón y esa frase del principio, me cayó de forma repentina momentos antes de cerrar mi día. Y podría decir que también me calló repentinamente. A mí y a todas las voces en mi cabeza que suelen quedarse como retazos de días como hoy, que parecen no tener fin.

Esta semana vine a mi pueblo para realizar una serie de trámites burocráticos y para aprovechar a ver a mi familia, con quienes apenas he podido convivir por estos mismos trámites y por estar robóticamente pegado a esta computadora tratando de sacar mi quincena. Así que, parafraseando a RosaElena citando a Lipovetsky citando a Aragón: “Quien habla de felicidad suele tener los ojos cansados”.

Y es que cualquiera que me vea en este instante no se topará precisamente con el muchacho de los ojos tristes (que, por cierto, toda la vida he querido que me dediquen esa canción), sino con el de los ojos cansados y, tal vez, un tanto inciertos. Cansados de haber olvidado algo tan fundamental para un trámite como una identificación, cansados por no parar de escribir, cansado por una chica guapa que resultó una especie de oasis en medio de la parsimonia de las oficinas y los turnos, cansados porque Google decidió comprar a Motorola y había que reportarle eso al mundo y cansados de no saber si están haciendo lo correcto (as usual, diría Sabarreda).

Y es que curiosamente, hoy hablé en muchos momentos de la felicidad. En medio de ese enajenamiento que me cargué a Celaya, pude hablar de la felicidad con muchas personas que forman parte esencial de ella para mí. Ya sea tratar de enseñarle a alguien en sus tempranos 20′s que no es algo tan fácil de conseguir y que nunca nos advierten que la felicidad viene con mucha mierda embarrada. O ya sea aprender de una mujer que lleva poco más de setenta años descubriéndola.

Lo peor del caso es que estaba tan enajenado haciendo o pensando en las cosas que supuestamente me traerán la felicidad, que no es hasta ahora que reparo en ello. A esta hora en la que, como siempre, ya debería estar dormido. Pero no podía dejar de comunicar esto, no después de ver que RosaElena se conectó con mi cerebro como suele hacerlo y no después de la última casualidad del día.

Con esa obsesión que seguro acabará por matarme, seguía ordenando mi música a medianoche, minutos después de haber leído el aforismo que mi amiga publicó. Justo en ese momento, apareció de entre los miles de archivos una canción que no tenía ni idea que existía y mucho menos que estaba en mi biblioteca.

En verdad, agradezco que el universo tenga estos detalles conmigo. Es muy amable de su parte y a veces siento que no le correspondo como debería. Prometo comprarle una planta o invitarle un café la próxima ocasión. Es un tema de Jonathan Jeremiah (¿Así o más bíblico?) que se llama Happiness y que seguramente más de la mitad de los lectores conocerán desde mucho antes que yo, pero como ya dije, soy la persona más involuntariamente antineofílica, así que apenas me entero.

Justo cuando RosaElena me recordaba que quien habla de felicidad suele tener los ojos tristes, apareció este tipo que asegura haber encontrado la fórmula de la felicidad. De acuerdo con él, lo que hay que hacer si uno anda necesitado de ella es empacar lo esencial e ir a casa donde está tu gente. Mi casa se divide en cuatro lugares, mismos que visitaré esta semana. Quién diría.

En lo que sigue la aventura de la burocracia y el reencuentro con mis cuatro hogares, les dejo esto que cerró mi día; ojalá y les ayude en los suyos y descubran en los ojos de Jonathan Jeremiah que RosaElena, Lipovetsky y Aragón tenían toda la razón.

What’s for you will not pass you by…

It was decided before I asked why…

Llegará ese día en que…

Hoy decidí hacer un experimento. Breve y tonto, pero que trajo resultados al fin y al cabo. Decidí poner en Facebook y Twitter la frase “Llegará ese día en que…”, dejando que los demás contestaran.

No recibí mucha respuesta, y las pocas que recibí, oscilaron entre lo estúpido y la confesión o desahogo. Los resultados son perfectamente comprensibles si se sabe cómo se originó el experimento: mientras organizaba mi infinita carpeta musical me pregunté: “¿Llegará ese día en que toda mi música esté en orden?” y esa pregunta me llevó a otra más compleja aún y sin respuesta “¿Llegará ese día en que todo esté en orden?”.

Dudo, en primer lugar, que sepamos si ese día va a llegar; y con mayor certeza, dudo que ese día en realidad llegue; sin embargo, sé que mucha gente se hace esa pregunta. Si no es que me atrevo a decir que todos nos la hacemos.

Hoy tuve un episodio que me hizo recordar uno de los muchos caminos complejos que decidí tomar y de nuevo me pregunté “¿Llegará el día en que todo esté en orden?”.

El día ya está aquí y tengo o tenemos dos opciones: estarlo esperando, a ver cuándo llega, o ver lo que tenemos en las manos y hacer con eso nuestro día. Mis manos ahora están llenas de muchas cosas, unas que me fascinan y otras que no imaginé tener, definitivamente no lo que soñé tener entre manos. Pero al menos sé lo que tengo, y me gusta y mucho. Más importante aún: he aprendido a querer con todo mi ser todo lo que tengo en mis manos, porque sé que es magnífico.

“Ese día un día llegará, no será pronto ni tarde”, decía Mecano. Ese día ya llegó y llega todas las mañanas. Está en nuestras manos y en las cosas que hacemos. Sé que podría tener otras cosas, pero esto es lo que he decidido tener, y con todo lo malo que eso implique, me hace más feliz que cualquier otra cosa. Creo que si vivimos esperando a que llegue ese día vamos a esperar demasiado.

O puede ser que nos atrape la noche y ni siquiera nos hayamos dado cuenta de que ese fue el día.

Ese día ya llegó, lo tengo en mis manos, con todo lo bueno y lo malo, con la gripa, la falta de dinero, los insultos, la gente impertinente, los pendejos, las miles de amenazas, los miedos, los fantasmas, los monstruos, los ataques de epilepsia, las serpientes y todas las cosas que dan miedo. Y no podría amar más esas cosas, porque si lo bueno me dice lo que soy o lo que somos, todo lo malo me dice dónde estamos. Y me gusta.

A todos los que participaron en mi pequeño experimento y a los que no les informo: llegará ese día en que se den cuenta de que el día ya ha llegado y lo tienen entre sus manos, ustedes decidirán que hacer, porque esa es la mayor libertad que podamos tener: decidir.

Música lenta

En verdad que the lord works in misterious ways. Hace unos días mi amigo Sergio me pasó un blog maravilloso que en realidad es lo que se anuncia en su título: Slow Literature: A brief manifesto. Llevo días queriendo escribir de esto pero hasta ahora es que puedo sentarme a hacerlo.

Escrito con una delicadeza y un cariño que de tan particulares se sienten familiares, el manifiesto es una propuesta por devolverle a la literatura su verdadero sentido: el disfrute, la experiencia. Para quien sea demasiado perezoso como para leerlo o no hable inglés, le explico brevemente. Este ensayo publicado el pasado 29 de julio por dice que, ante la increíble producción de textos y de información, resulta casi imposible hoy en día seleccionar qué leer: hay demasiada información en todos lados, hay demasiado en todos lados.

Revistas, libros, blogs, perfiles de redes sociales, tweets. Diario nos empapan con cantidades de información que a veces no sé si sean humanamente soportables. Y es ante esta situación que Mauldin hace un comparativo con los movimientos de comida orgánica.

La tesis de Mauldin es: si nos preocupamos por nuestra dieta, si buscamos enriquecer al cuerpo con alimentos saludables o que nos provoquen un placer único ¿Por qué no hacerlo con la literatura? Y ahí es donde el autor nos pregunta “¿Qué es lo último que has leído?”.

En un principio mencionaba esta frase que tanto me gusta de los gringos, la de “el señor trabaja de formas misteriosas”, porque es curioso que justo la semana que Sergio me hace leer este texto (que podemos decir que prácticamente me obligó), agarro frases al aire o tengo conversaciones que giran en torno a esto.

Justo el fin de semana hablaba con Chucho de que creemos que hay dos tipos de personas: los que disfrutan de la música sólo como una memoria o un buen momento, y los que la disfrutan en todas sus formas. Me gustaría creer que ambos estamos en esa categoría y me encantaría ser una de esas personas que, como mi abuelo, tenía en su colección de discos a Mahler, Presley, los Beatles, Miles Davis y Madonna, reconociendo las cosas buenas de cada uno.

Traigo a colación esta conversación con Chucho pues considero que no sólo la dieta ha de ser alimenticia o literaria: la dieta ha de ser existencial, y en verdad que debemos cuidar lo que consumimos en todos los aspectos, porque, no sólo eso nos hace lo que somos, sino que la vida es demasiada corta como para andar cargando mierda.

Aquí llegamos a otro punto interesante. Como el lector habitual sabrá, estoy en la imposible cruzada de organizar con TODA la información necesaria (tan necesaria que acaba resultando innecesaria para el curso de las cosas) mi biblioteca musical, que en este momento, cuenta con 29,026 canciones. Y seguro seguirá aumentando.

El ritmo que me he puesto ha ocasionado que en varias ocasiones esté al borde del colapso musical con tanto Chemical, tanto Faithless o tanta Madonna. No se preocupen, sobrevivo y regreso más fuerte. Pero he descubierto algo muy triste dentro de todo esto: he hecho de la música una obsesión que a ratos se siente más carga que tarea que me llevará a la felicidad. En pocas palabras, he dejado de disfrutarla. Y eso está fatal.

¿Dónde quedó el muchacho de 14 años que se tiñó de rojo el pelo mientras escuchaba Velvet Goldmine? Afortunadamente este muchacho y su pelo rojo se quedaron en 2004, pero a veces creo que el placer y la dedicación que le daba a la música parecería haberse quedado en esa época.

Y aquí llegamos al tercer evento curioso del fin de semana. En un momento del domingo me topé con uno de mis libros favoritos sobre la faz de la tierra: Franny & Zooey de J.D. Salinger. Decidí abrir una página al azar y el señor actuó de una forma fantástica, que no misteriosa: encontré el pasaje o escena, casi al final, en la que Franny, metida aún en su crisis existencial, habla con Zooey que está harta de los intelectuales y estudiantes pretenciosos de la universidad que lo único que buscan es el conocimiento por el conocimiento, no la sabiduría. En pocas palabras, a aquellos que han convertido al conocimiento en un bien que traerá otros bienes y no en una fuente de sabiduría.

El planteamiento es, pues ¿Para qué queremos conocer? ¿Para alimentar el alma o sólo para saber más por saber más? Ni siquiera incluyo la molesta cuestión de aquellos que quieren saber más sólo para decir que saben más. Aquello es doblemente infame.

La crítica que Zooey le realiza a Franny es contundente y maravillosa: “Tú criticas a toda esa gente pero estás simplemente igual…estás usando el misticismo de la misma manera que uno de esos estudiantes usa el conocimiento o que un banquero el dinero”.

Fue genial que leyera ese fragmento del libro justo el domingo, porque entonces recordé el planteamiento de la literatura. Estas ansias de ordenar el universo alrededor tienen mucho que ver con que en verdad quiero tener una existencia ordenada y darle el debido lugar a eso que me hace tan feliz y quiero tanto como es la música. Pero en el proceso, pareciera que he olvidado disfrutarlo.

Y esto es simplemente inadmisible.

Como la literatura lenta, orgánica, que propone Mauldin, la música y todos los placeres de la vida deben ser de la misma manera: lentos, elegidos, para alimentar el alma. De lo contrario lo demás es tan solo una maquinación que lo único que conseguirá es convertirnos en ese tipo de gente que critican Franny y Zooey Glass.

Justo en medio de esta reflexión, surgieron dos cosas que me salvaron: mis sets del fin de semana. Créanme que hay pocas sensaciones como ver que estas haciendo disfrutar a un grupo de personas con la música que les transmites.

Hubo gritos, bailes en la barra, seguramente gente besándose y hasta una pelea entre mirreyes (lo siento, pero amo el término). Y yo siempre he dicho que cuando en un concierto/DJ Set hay madrazos, es que la cosa va muy bien. Es de buena suerte, como aquello de romperse una pierna en el teatro.

El punto es que prometo seguir siendo necio, ordenando el universo a mi alrededor, tener la paciencia y constancia de la que mi padre no para de hablar y organizar mi puta carpeta musical, pero no sólo eso, prometo disfrutarla infinitamente, de manera que cuando les enseñe algo de eso, puedan disfrutarlos conmigo.

Porque la música para eso se hizo y para eso será.

Quien quiera seguir mi obsesiva (industrial), suicida y tediosa misión de ordenar mi biblioteca, puede ver lo que estoy escuchando y disfrutando aquí.

Ah, y por cierto, sigo preparando nuevos mixtapes y nuevas canciones, espero que puedan disfrutarlas cuando salgan.

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