Con este domingo que se cierra termina una de esas semanas que tanta falta me hacían: de viaje, en cuatro ciudades distintas en un periodo corto. Y es que yo fui hecho para estar en el camino, de arriba para abajo, visitando a mi gente y conociendo a gente nueva.
Mi viaje comenzó, podría decirse, desde el sábado pasado que tuve una de esas inusuales y necesarias reuniones familiares. A pesar de que no suelo ver a mi familia con la frecuencia con la que otros acostumbran, para mí siempre es necesario ver que hay cachitos de mi sangre o de mi identidad corriendo de forma aleatoria por el cuerpo de alguien más. Y más aún se vuelve necesario ver que hay gente con la que comparto una parte de mí que a veces se me olvida que tengo. Esa parte se llama pasado.
Creo que han sido las distintas circunstancias de la vida las que, de alguna forma u otra, me han hecho dejar atrás muchas cosas y encontrar el cariño o el afecto en nuevos lugares y nuevas personas. Por eso es bueno, de vez en vez, juntarse con un grupo de personas que son tan familiares como desconocidas y reconocer esos trozos tuyos que habías olvidado en otros. O mejor aún, descubrir nuevas conexiones.
Al día siguiente, el domingo, volví a mi pueblo. Ese que nunca me abandona y en el que, afortunadamente, las cosas no cambian. Viviendo en una ciudad como el DF, es terriblemente desgastante ver cómo todo se desvanece y se vuelve a formar en otra cosa. Es necesario, sí, pero desgastante. Por eso aunque juré jamás volver a vivir en las ciudades que he dejado atrás, me gusta volver a ellas y encontrar las cosas en el lugar en el lugar en el que las había dejado.
Volví, porque la burocracia y los trámites me obligaron a regresar al sitio al que nací y en el que mi nombre se convirtió en algo oficial. Y volví, la verdad, porque extrañaba ver a mis padres y mi abuela, que tenía poco más de dos meses sin ver, y que son necesarios, para recordar quién soy y de dónde vengo.
Pero en este viaje, no sólo me reencontré con todo lo que había dejado antes ahí, sino que descubrí que mi nueva vida no encaja precisamente con la anterior, o con las anteriores. A pesar de haber ido a donde está mi gente, no pude convivir del todo con ellos porque, el nuevo yo, el yo de ahora, necesita sentarse más de ocho horas a trabajar en mil y un cosas que, lamentablemente, no pueden compaginar con el café de las mañanas con mi abuela o no me permiten ir al cine del todo tranquilo con mis padres.
Es triste, sí, pero también es necesario.
Luego, el jueves, vine a Puebla a hacer las cosas que vengo a hacer a Puebla de un tiempo para acá: tocar y vivir está nueva vida, completamente distinta a cualquier cosa que haya tenido antes. Para estas alturas de la semana estaba bastante cansado de tantas horas en carretera y de tanto desvelo tratando de hacer que las más de ocho horas que siento mi culo frente a esta computadora den un buen resultado.
Puedo decir que fue un fin de semana agotador. Tocamos dos noches seguidas y la tercera tuve que confrontar el hecho de que ya no soy el mismo de antes, que no sé organizar mi tiempo y que, sí, aún tengo amigos a los que a veces puedo herir, sin darme cuenta.
Todo esto nos lleva a la conclusión del fin de semana, una de éstas que tenía rato que no hacía y que no estoy del todo seguro cuál sea. Al menos, tengo claras tres cosas: 1) Amo viajar y amo estar en el camino; 2) Tengo, definitivamente, que aprender a organizar aún mejor mi tiempo y 3) En verdad hay gente muy pendeja y con ganas de joder ahí afuera.
Sí, nada de esto es nuevo, pero es necesario tenerlo en mente.
Ah, y 4) tengo que aprender a ser más conciso en estos malditos posts, que siempre me propongo hacerlos lo suficientemente sintetizados y termino haciendo cosas como éstas.
Es tarde, sólo quería escribir, no tengo realmente nada importante qué decir ahora, no quiero dormirme tarde, tengo que poner a la quinceañera que vive adentro de mí al día y -sí señor- actualizarme en True Blood, e informarle a la humanidad que ando leyendo a Thomas Pynchon.
Ah, cierto, y también agradecerte por la cinematográfica plática de las seis de la mañana.
Se vienen cosas buenas, ya lo verán. Por ahora, estoy en casa.
