Todos los días abro mi explorador, veo esta página y pienso: “hoy por la noche voy a escribir” y, bueno, creo que la fecha de la entrada anterior es suficiente para ver cuántas noches he dicho eso. Y es que siempre llega la noche y lo único que quiero hacer es despejar el cerebro, dormir, no quiero hablar sobre mí.
De hecho, conforme los años han pasado, esas ganas de hablar de mí, de contarle al mundo acerca de cómo lo veo, han ido disminuyendo. Son muchos factores los que me hacen querer hablar cada vez menos de mí y de cómo veo el mundo (razón para la que, creo, se hicieron este tipo de blogs), pero sin duda uno de los principales motivos es que para cuando llega la noche he hecho tantas cosas ya, que lo que menos quiero es estar frente a la pantalla de una computadora.
Creo que 12 horas de estar procesando, escribiendo y editando información para tres blogs es suficiente como para querer escribir en un cuarto. Sin embargo, ésta es la razón más fácil, la más práctica.
Lo cierto es que conforme pasa el tiempo me cuestiono qué tan necesaria es mi opinión en el mundo, aquí, al alcance de todos, habiendo opiniones, perspectivas o mundos que creo vale más la pena seguir ¿Será que Los días intensos han acabado? Por supuesto que no, el último día intenso será definitivamente el último día de mi vida. Pero como todo, las cosas cambian, y evidentemente ya no soy el mismo que a los 21 sentía la imperiosa necesidad de compartir absolutamente todo lo que trae dentro con el resto del mundo.
Ahora me gusta reservarme eso o ciertas cosas para algunos. Supongo que eso pasa también cuando uno gusta de analizar las redes sociales: te das cuenta de los grados de sobreexposición a los que nos sometemos, y te quieres guardar un trozo o varios de ti para alguien o para algunos.
Sin embargo, y a pesar de lo anterior, no hay día que no abra mi portal y vea esta página, esperando que le cuente algo. Muchas veces no lo hago porque creo que -y sobre todo tras poco más de un año como editor- no todo merece ser publicado, no todo merece ser dicho por aquí. Pero no puedo evitar toparme con esto.
Se requirió del impulso de un viejo amigo para que me animara a escribir hoy aquí. La semana pasada me visitó mi amigo Guillermo, posiblemente, el amigo más antiguo con el que mantengo una auténtica relación.
Guillermo me conoce desde la secundaria, y es actualmente la única voz que puede hablar de mí en esa época, del yo de ese entonces, incluso, mejor que yo mismo. Con Guillermo, como con todos los amigos a distancia, mantengo una comunicación intermitente, que no deficiente. El ajetreo diario, los trabajos, los amigos y parejas locales nos hacen que nos escribamos de vez en cuando. A veces pueden ser meses sin saber del otro.
Lo curioso es que aunque pasen meses, o como en este caso, tres años desde la última vez que nos vimos, hay algo ahí que se mantiene y que hace que retomemos la conversación en el punto en el que la dejamos. De hecho, Guillermo, junto con muchos amigos que están a la distancia me pasa lo mismo que con este espacio: casi diario los pienso, los veo y me prometo que en la noche les voy a escribir. Pero entonces llega la noche y de repente ya estoy exhausto.
Normalmente esta circunstancia me preocuparía bastante, pero ahora comprendo que es parte de eso que llaman volverse adulto. Y es que si antes tenía tiempo para sentarme a leer a Clarice Lispector ahora necesito ese tiempo para hacer cuentas o par contar el número de visitas que tuvimos y esforzarme por sacar mis proyectos adelante.
Pongo como ejemplo a Clarice porque hoy me ocurrió algo muy interesante: encontré mi libreta universitaria de cuando llevé aquella genial clase de Narrativa Femenina, que por cierto, por sorprendente que parezca, no era el único hombre en aquel curso. El punto es que encontré esa libreta de apuntes que me hizo recordar una vieja costumbre: antes, cuando leía un libro, solía anotar en el diario en turno (porque eso sí, siempre he procurado llevar uno) las citas que más me gustaban de ese libro para hacer eso que Chucho dice que tanto me gusta hacer de creerme que mi vida es como una película.
Ahí estaban, las citas de Clarice congeladas en el tiempo, justo como las conversaciones pasadas con Guillermo. Ambas, palabras vitales en algún momento de mi vida y que por una razón u otra decidí conservar.
Al igual que con los amigos a distancia mantengo ahora una relación intermitente con la literatura, con escribir o con simplemente escuchar música por placer: ya no lo hago tan seguido como antes, pero sé que cada vez que vuelvo, las cosas importantes ahí están.
Y es que si algo aprendí con la más reciente visita de Guillermo, es que podremos cambiar mucho, pero siempre hay una parte de nosotros que se mantiene y que, como las especies fuertes de la naturaleza, se adapta a su entorno para sobrevivir.
Tal vez ya no escribá aquellos kilométricos posts narrando hasta el último detalle de mi vida -afortunadamente-; pero las ganas de escribir aquí siguen y aquí están.
Junto con toda esta cuestión Guillermo-Clarice Lispecto, cabría agregar un tercer elemento que me hizo llegar a esta conclusión. El sábado pasado fui al cine con Ricardo y Abel a ver, por fin, Midnight in Paris, de Woody Allen. Por mucho que ame a Woody, la verdad es que salí un tanto molesto del cine al verlo repetirse tanto a sí mismo, casi hasta el hartazgo, y al caricaturizar y crear personajes tan unidimensionales.
Habría salido furioso del cine de no ser porque Woody consiguió salirse con la suya y a pesar de haber hecho un comercial de casi dos horas para la Cámara de Turismo de Francia y hacer una caricatura de sus más grandes influencias, consiguió dejarme pensando una cosa, que es, precisamente, el tema principal de la película: sea cual sea nuestro presente, siempre extrañaremos el pasado, una era dorada. O al menos, eso es lo que ocurre con todos los personajes del filme.
Curioso que haya visto esta película a los pocos días de la visita de Guillermo y poco antes de mi reencuentro casual con Clarice ¿Fueron mis días de secundaria, preparatoria o los de universidad mis días dorados? Por supuesto, pero a pesar de no tener tiempo para mi comunicación intermitente con mis afectos, a pesar del cansancio, las cuentas o el darme cuenta, ahora sí, del paso del tiempo, siento a ésta como otra época dorada que no cambiaría por nada.
De hecho, creo que ni siquiera en esos “días dorados” disfrutaba tanto el aquí y ahora como lo hago hoy.
Posiblemente ya no tenga tantas anécdotas intensas como para tener que compartirlas todas por aquí (o tal vez sí, no sé), pero me fascina lo que tengo en mis manos ahora, porque lo más importante, es que ahora sé lo que tengo.
Afortunadamente siempre habrá gente como Guillermo, libretas perdidas o reflexiones repentinas, que nos ayuden a ver quiénes fuimos y quiénes somos ahora. Esos pequeños portales que nos recuerdan lo que somos.
Afortunadamente, siempre estará este espacio como prueba de la evolución de uno y cada uno de los días intensos.
Y afortunadamente, hay viejos hábitos que no se quitan, que por muy sintético que intente ser, acabé haciendo uno de mis clásicos posts kilométricos. Los días intensos siempre son hoy.