Posted in febrero 2012

“Ahora muchas de mis canciones…”

Las invasiones silenciosas parecieran ir cediendo. A veces ganan ellas, a veces gano yo. Estos días he sido muy afortunado y he recibido muestras, muy pequeñas tal vez, de que todo el trabajo ha valido la pena. Pero por pequeñas que sean esas muestras, se sienten como algo enorme. Proyectos surgen, alguien te llama, te llega un mensaje, y de repente pareciera que los engranes del universo comienzan a ponerse en marcha.

Ya lo había olvidado, pero pese a mí excepticismo, sí creo que el universo responde a lo que uno da. Y no digo que esté dando grandes cosas ni que sea la persona más entregada (asumo que la gente más entregada recibe resultados más inmediatos), pero sí he tenido muy buenas señales estos días.

No las quiero revelar todas porque, pese a mis excepticismos, tengo mis propias supersticiones, y una de ellas es no revelar las cosas hasta que ya estén realizadas. Así pues, la única señal de la que hablaré es, casualmente, la que más me ha dado esta sensación de que todo ha valido la pena.

Ayer, mientras estaba trabajando, me abrió una ventana de chat una antigua compañera de la preparatoria, Una chica a la que no había visto desde que salimos de la escuela y con quien, seguramente, no había conversado desde entonces. A partir de la universidad ambos perdimos todo contacto y, ciertamente, no somos el tipo de persona que el otro frecuente, no nos movemos en los mismos mundos.

Nos saludamos, intercambiamos un par de palabras, y entonces me dijo: “Me agregué a un blog hace tiempo, no sé si tú me mandaste la invitación”. Le pregunté que si era un blog de música y respondió que sí; para rectificar, le pregunté si el blog se llamaba “Masturbación Musical” (asumo que no habemos muchos con ese título), a lo que también respondió que sí.

En ese momento pensé que me diría que cómo podía haber hecho un sitio con un título tan ofensivo al ojo común, que de seguro estaba harta de estar recibiendo notificaciones casi cada hora o que no le interesaba en lo absoluto nada de la información que recibía. Y entonces ella me dijo: “La verdad es que al principio no le entendía mucho, pero ahora, ya cada vez que sale alguna actualización tengo que leerla, está interesante”.

Pese a que había dicho esto último, yo seguía sin estar seguro de hacia dónde iba esto, entonces le dije: “Mientras te guste, todo está bien y si llegan a molestarte las actualizaciones, con toda confianza puedes dejar de seguirnos y no hay problema. O también si tienes sugerencias, son bien recibidas”.

A lo que respondió: “No, está bien así, de hecho me ayudó un poco. Antes de leerlo me limitaba a escuchar la radio, ahora muchas de mis canciones son propuestas de las que han puesto en el blog, y están muy buenas”.

Sé que esto podría sonar a la típica cantaleta de “Oh sí, le estamos cambiando la vida a alguien”, pero es que lo es. Aunque sea en algo tan mínimo, tan pequeño, hemos conseguido cambiarle la vida a alguien. Ahora escucha canciones que antes no escucharía. Canciones que no son mías, sino de todos y canciones que deben llegar a todos.

Evidentemente el mayor crédito lo tienen los músicos que hicieron todo ese trabajo y la gente que estuvo de por medio para que eso pudiera llegar a nosotros. Pero que nosotros podamos ser uno de esos intermediarios para poder hacer llegar eso a alguien más, y que le cambie la vida, es simplemente increíble.

En el blog, de vez en vez, recibimos comentarios como ese. No me importa realmente si tenemos el alcance o no de otras páginas, así nos leyeran sólo tres personas, si a esas tres personas les estamos cambiando esa parte minúscula de la vida, entonces vamos bien, estamos haciendo las cosas bien.

Son cosas pequeñas, diminutas, pero que a mí me resultan enormes.

Las invasiones silenciosas

Tuve que hacerlo. Sabía que la idea no le iba a agradar, pero tuve que hacerlo. De repente me vi pidiendo límites, cuando hace algunos años era yo mismo quien renegaba de ellos. Pero de repente, en el último año, me di cuenta de lo necesarios que eran.

Sin darme cuenta, dejé que esa masa extraña fuera devorando poco a poco cada una de las piezas de mi vida. La invasión comenzó como algo discreto: un par de horas más del día, unos minutos antes de la salida al cine o con los amigos, qué más daba. Pero luego comenzaron a ser eventos que se perdían por dejarle todo a aquella masa y de repente me di cuenta de que se alimentaba de mi tiempo y que aquello que había comenzado como una pequeña concesión ahora era una especie de bestia que parecía insaciable.

Después de llevarse los momentos, ese monstruo comenzó a llevarse a los amigos, luego a la familia.

Diciembre y enero fueron terribles, porque fue justo el momento en el que me di cuenta de que la bestia se había devorado, no sólo todo lo que estaba a mi alrededor, sino que ya me encontraba dentro de ella.

Y de entre las uniones que nutren y las que matan, ésta había comenzado a matarme. Si hay algo peor que la tristeza son la abulia y el desinterés, y para diciembre y enero estaba repleto de ellos. La tristeza que durante esos dos meses me embargó me provocó un profundo miedo: era una mezcla entre coraje, nostalgia, pero sobre todo, un desánimo terrible.

Una vida estancada, sentada, sin hacer nada ni llegar a mucho, así se sentía.

Y entonces, hace unos días, me vino esta idea como una revelación. Tan simple, tan sencilla, tan congruente, tan estúpidamente necesaria, que me sentí en verdad idiota por no haberlo hecho antes.

Pedí límites, eso hice. No, perdón, me corrijo. Los exigí. Sabía que no le iban a agradar, porque yo mismo me había puesto así: tan expuesto, tan dispuesto a todo, tan eager to please, que cómo iba a reclamar por algo a lo que yo mismo me había llevado.

Pero aquí estoy, ahora, aprovechando la primera ventaja de estos límites, que es recuperar la vida de vuelta. Esa que se me fue cuando dejé que las invasiones silenciosas acabaran con todo.

El primer intento no salió del todo bien, pero no me importa. Por mucho que odie ese tipo de dichos y frases de auto superación, hoy encontré dos que me ayudaron muchísimo. Una es la que cito, la otra la mencionaré luego, otro día, que me ayudó para otra cosa. Era un parafraseo de Buda, que ni siquiera estoy seguro de que sea budista y mucho menos que Buda mismo lo haya dicho, pero en fin. La frase aquella decía que en la batalla entre la piedra y el río, siempre será el río que gane, no por la fuerza, sino por la constancia.

Y entonces recordé inevitablemente la frase de mi padre, esa que tengo escrita en todos lados y que procuro siempre recordar: “Paciencia y constancia”.

Mi primer intento por vencer a las invasiones silenciosas no resultó del todo exitoso, pero no me importa, no pienso echarme para atrás. Guste o no. Porque si no decides poner tus límites, acaban por tragarte.

Aquí estoy y aquí me quedaré, pésele a quien le pese.

Los Afortunados

Lana le guiña un ojo a cualquier lector que decida pasearse por Masturbación o a nosotros mismos. Me gusta. Se la ve coqueta, relajada, como diciéndole al lector o a los que escribimos en esa página: “Todo va a estar bien”. Y le creo, le creo con ese guiño y esos labios aunque no sean suyos. Le creo a pesar de todo lo que se ha dicho en torno a ella: que si es un invento más de la mercadotecnia, que si no es auténtica. Da igual, su música me gusta y punto. Qué más da si las canciones las escribió ella o un grupo de cuarenta personas, qué más da si en vivo no lo hace bien y se comporta como una novata. Las canciones me gustan, Lana me gusta, y ambas me dicen que todo va a estar bien, que el paraíso sí ese lugar que creíamos y que somos los afortunados, entre muchas otras cosas.

Es más, me vale madres que la foto de la que hablo –que, por cierto, la escogió Chucho– haya requerido de horas de pre, post y todas las fases de la producción. Funciona y eso es lo único que me importa.

Y es que al final del día, después de pasar casi doce horas frente a esta computadora haciendo esas cosas que uno cree que lo llevarán a algún lado alguien te guiñe un ojo y te diga: “¡Hey! Todo va a estar bien”.

Ayer no fue una imagen, sino un amigo, quien sin guiñarme el ojo me hizo ver que todo estaba bien. Pese a mis ya clásicas renuencias para salir de mi cueva, me convenció y fuimos a cenar con dinero que, evidentemente, no tengo. Dios…se sintió tan asquerosamente bien. Hablar, simplemente hablar. No hablar de música, de la puta política que tanto odio o de la vida de alguien más, sino de la mía. Porque, por increíble que parezca, en medio de todo este aislamiento al que voluntariamente me he sometido resulta ser que sí tengo una vida y, sobre todo, un plan.

– ¿Y por qué no me habías dicho nada de esto? ¿Por qué no cuentas tus planes?– me preguntó mi amigo.

La respuesta es sencilla: desde hace un tiempo no me gusta andar pregonando mis planes ni lo que voy a hacer a medio porque detesto a la gente que se la pasa hablando de proyectos y que nunca hace nada; más aún, detesto a la gente que dice: “Estamos preparando…”, “Vamos a hacer…” y al final no ves nada. Y odio a ese tipo de personas por dos razones: la primera es que no cumplen con lo que dicen y, la segunda, es que detesto que hablen en segunda persona (aunque odio aún más a los que hablan en tercera).

Lo curioso es que, mientras le contaba mi plan maestro y secreto a mi amigo, me di cuenta no sólo de que todo iba  estar bien, como el guiño de Lana me indicaba, sino que en realidad todo está bien. No sé en qué momento ocurrió, pero algo muy profundo cambió en mí: dejé de estar preocupándome por todo lo que quería conseguir y el sitio al que quiero llegar (que por supuesto que quiero conseguir todo eso y llegar a ese lugar, entre muchas otras cosas), pero, por primera vez en, yo creo toda mi vida, estoy realmente contento con lo que tengo.

Sí, tengo cantidades estúpidas de trabajo auto impuestas, no tengo dinero, tengo una cantidad indebida de deudas, pero tengo lo que quiero y lo que llevo años queriendo tener. No sé si como Amanda Palmer soy exáctamente la persona que quería ser, pero al menos sé que me gusta lo que tengo.

Lo cierto es que cuando mi amigo me preguntó que cómo estaba, que cuáles eran mis planes, sentí que era la primera vez que alguien me preguntaba eso en mucho tiempo. No sé si sea cierto y puede ser que alguien ya me lo hubiera preguntado antes, no sé, como diría Natalia, al igual y sí, al igual o no. Pero la verdad, es que anoche por primera vez en mucho tiempo sentí que a alguien le importaba saber qué diablos pasaba con mi vida. E insisto, fue increíble.

Eso sí, agradezco que de una vez por todas hayamos terminado los conteos de 2011 y estoy feliz de haberlos logrado todos (ja). Pero ya, eso me estaba matando. Ahora sigue entrarle más a la música.

Hace unas semanas mi amigo Galo me pidió que le hiciera una mezcla para la publicidad de su marca de ropa. Se sintió increíble hacer eso y, no es por nada, pero creo que quedó increíble. Espero poder enseñárselos pronto.

Espero también pronto sacar mi mixtape y una maldita canción nueva, que tengo varias ideas rondándome la cabeza. Pero no diré más, que ya estoy hablando como la gente que odio.

Les dejo la foto de Lana guiñándoles el ojo, esperando que tanto a ustedes, como a mí, les haga sentir que todo va a estar bien.

Etiquetado , ,
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 845 seguidores