Tuve que hacerlo. Sabía que la idea no le iba a agradar, pero tuve que hacerlo. De repente me vi pidiendo límites, cuando hace algunos años era yo mismo quien renegaba de ellos. Pero de repente, en el último año, me di cuenta de lo necesarios que eran.
Sin darme cuenta, dejé que esa masa extraña fuera devorando poco a poco cada una de las piezas de mi vida. La invasión comenzó como algo discreto: un par de horas más del día, unos minutos antes de la salida al cine o con los amigos, qué más daba. Pero luego comenzaron a ser eventos que se perdían por dejarle todo a aquella masa y de repente me di cuenta de que se alimentaba de mi tiempo y que aquello que había comenzado como una pequeña concesión ahora era una especie de bestia que parecía insaciable.
Después de llevarse los momentos, ese monstruo comenzó a llevarse a los amigos, luego a la familia.
Diciembre y enero fueron terribles, porque fue justo el momento en el que me di cuenta de que la bestia se había devorado, no sólo todo lo que estaba a mi alrededor, sino que ya me encontraba dentro de ella.
Y de entre las uniones que nutren y las que matan, ésta había comenzado a matarme. Si hay algo peor que la tristeza son la abulia y el desinterés, y para diciembre y enero estaba repleto de ellos. La tristeza que durante esos dos meses me embargó me provocó un profundo miedo: era una mezcla entre coraje, nostalgia, pero sobre todo, un desánimo terrible.
Una vida estancada, sentada, sin hacer nada ni llegar a mucho, así se sentía.
Y entonces, hace unos días, me vino esta idea como una revelación. Tan simple, tan sencilla, tan congruente, tan estúpidamente necesaria, que me sentí en verdad idiota por no haberlo hecho antes.
Pedí límites, eso hice. No, perdón, me corrijo. Los exigí. Sabía que no le iban a agradar, porque yo mismo me había puesto así: tan expuesto, tan dispuesto a todo, tan eager to please, que cómo iba a reclamar por algo a lo que yo mismo me había llevado.
Pero aquí estoy, ahora, aprovechando la primera ventaja de estos límites, que es recuperar la vida de vuelta. Esa que se me fue cuando dejé que las invasiones silenciosas acabaran con todo.
El primer intento no salió del todo bien, pero no me importa. Por mucho que odie ese tipo de dichos y frases de auto superación, hoy encontré dos que me ayudaron muchísimo. Una es la que cito, la otra la mencionaré luego, otro día, que me ayudó para otra cosa. Era un parafraseo de Buda, que ni siquiera estoy seguro de que sea budista y mucho menos que Buda mismo lo haya dicho, pero en fin. La frase aquella decía que en la batalla entre la piedra y el río, siempre será el río que gane, no por la fuerza, sino por la constancia.
Y entonces recordé inevitablemente la frase de mi padre, esa que tengo escrita en todos lados y que procuro siempre recordar: “Paciencia y constancia”.
Mi primer intento por vencer a las invasiones silenciosas no resultó del todo exitoso, pero no me importa, no pienso echarme para atrás. Guste o no. Porque si no decides poner tus límites, acaban por tragarte.
Aquí estoy y aquí me quedaré, pésele a quien le pese.
esa tendencia nuestra a dejarnos devorar puede llegar a ser nuestro peor enemigo. te leo y te escribo ahora, justo después de 15 horas de trabajo prácticamente ininterrumpidas. juré que no me pasaría y aquí estoy, dejando a un lado lo que más disfruto y lo que más bien me hace por hacer otras cosas (que, en este caso, al menos me agradecen). tú mantente firme en tus límites que yo tengo que marcar los míos con más claridad. es la única manera de ser y estar en lo de todo lo que nos hace ser quienes somos.
Que buena entrada, además me siento tan identificado desde el tiempo hasta como te sientes, por ejemplo, tu entrada me ayudo hoy a levantarme de la cama, pero poco a poco, ahí la llevamos.
Perdona la tardanza en contestar, Rodrigo, pero creo que si algo me motiva a seguir escribiendo, son comentarios como el tuyo. Mi entrada te ayudó a levantarte, tu comentario me ayuda a seguir escribiendo. Gracias y nos estamos leyendo.