Pinche música para jotos

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Ágnes no para de bailar. Se ve divina con su corona de princesa, aunque en realidad ella sea reina. Sus nuevas extensiones, que son cabello de sirena, bailan con vida propia. Sus pezones se asoman anunciando que nadie tiene un par de tetas como ella y la bragueta de sus pantalones se baja sola: hay demasiada vida ahí que no se puede contener.

Subo a mi barra y veo que otros lo han hecho. Todos bailan, todos están pegados unos con otros. Y no paro de moverme.

– ¡DJ!¡Tú!¡Deja de hacer show!¡Nosotros no vinimos a ver show, vinimos a escuchar música!¡Música de a de veras!¡Si quisiera ver show, te pago cabrón!

Me dio hondo, ¿Música de a de veras?, ¿No hacer show? Qué quería decir aquello. Quizás tenía razón, quizás tendría que concentrarme en mezclar bien y dejarme de mamadas, ¿Pero si en sí lo hacía bien? Siempre antes de “hacer mi show” me fijo en que la mezcla esté exacta, en que tenga la combinación necesaria para que la gente sienta un bajo, en que griten. Como siempre he dicho, para mí, tocar para un público es hacerle el amor a muchas personas al mismo tiempo. Y en este caso parecía que no me estaba moviendo bien o que me había topado con una anorgásmica.

Agnes seguía bailando en la barra como una especie de Boticcelli del siglo XXI, exquisita, bondadosa, regalándole a su público aquello que sólo los viernes pueden ver en el Bar Fly. Y entonces de nuevo la anorgásmica fiestera: la misma mujer que me había pedido música “de a de veras” (una especie de Cheri Oteri fallida con un sombrero horroroso) se aproximó de nuevo con algo en el puño.

– Toma, algo de cambio para el baile de tu amiga…yo no vine a ver teiboleras.

Aquello era un ataque frontal, bajo y directo. Al poco tiempo descubrí el origen de todo: la Cheri Oteri fallida y anorgásmica, era una “promotora de fiestas” que había traído a una amiga DJ y quería que se echara un palomazo. Desde el principio me habían informado de esta intervención, sin embargo, el equipo que utilizaría esta chica no funcionó. Por alguna extraña razón, la promotora de fiestas decidió que debido al inconmesurable egoísmo del DJ, éste había decidido sabotear la “gran presentación” de su amiga y le cortó los cables a su equipo. Si el insulto a mí y mis amigos me había puesto a hervir la sangre, esta trama telenovelesca logró sacarme de mis casillas.

Moviendo sus infinitos contactos -hay que recordar que ella era “alguien” y yo no era nadie en el mundo de la música- la promotora anorgásmica consiguió un equipo de tornamesas un viernes (sábado en realidad) en Cholula a las 2 de la mañana. Hay que reconocer que la mujer sabe usar su celular. El pacto parecía saldado: la DJ venida desde otro país tocaría y la promo tendría lo que ella quería. Su capricho se vería saciado, yo minimizado y mis amigos dejados en paz. Sí, el mundo volvía a su orden.

Cuando la güerita -la DJ- estaba instalada, decidí que no iba a dejar las cosas así: si la promo se permitió vomitar sus frustraciones encima de mí, yo tenía el derecho de expresar mi desacuerdo.

– Hola, ¿Puedo hablar contigo?- dije aproximándome a ella con la poca garganta que mi creciente infección me había dejado y el tono más Cary Grant que tenía.
– ¡Yo no tengo nada que hablar contigo, cabrón!- Toda una dama, respondió que no estaba en disposición.
– Pues yo quiero hablar contigo, en tono tranquilo- sonreí.
– ¡Nosotros vinimos a escuchar buena música! ¡No a ver mamadas como las de tu amiga! ¡No vine a un teibol, cabrón!- Ahora resultaba que la señorita había venido a un concierto de cámara, no a un bar.
– La gente aquí viene a divertirse…y vayamos aclarando las cosas. Yo respeto el trabajo de tu amiga…
– ¡Y yo respeto tu trabajo, cabrón! ¡Pero yo no tengo por qué estar aguantando esas mamadas!

Quería contestar que yo no tenía porque aguantar las suyas, pero mi madre, tan romántica ella, me educó bajo la premisa de que “A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa”, aunque la mujer en cuestión estuviera tirándome todo el abono encima.

– Lo único que te pido, es que si estoy respetando a tu amiga y su trabajo, tú respetes también el mío y a mis amigos. Y si no te gusta lo que mi amiga está haciendo, no haces esas cosas, que son una terrible falta de respeto. Hablas con el gerente o hablas conmigo, no insultas a mis amigos así.

Sí, sé que yo sonaba como panfleto del PAN o manual de Carreño, pero aún así, ella no quería escuchar. Ella quería batalla, sangre, quería ensuciarse. Pero decidí no darle placer a la bestia. Concluimos llevar la fiesta en paz: ella no se metería con mis amigos y yo…yo procuraría ponerme de buen humor.

Tras un rato de “hacer show” con mis amigos, me pidieron que volviera a mezclar. Hablé con la DJ, le expliqué y le dije que si quería tocar un poco más de tiempo, yo no tenía problema con ello.

– No, está bien, gracias.

Curiosamente, la más amable de toda esta historia será ella, ya que apenas me conecté de nuevo, escuché el grito de la gente que me quería de vuelta y vi aparecer a la salvaje Cheri Oteri ¿Me subiría de nuevo a bailar?¿O me hundiría ante el miedo de ser tragado por la envidia mal infundada? En medio de mi disyuntiva, un nuevo personaje se apareció a mi izquierda: un hombre treintón, mal vestido y de gesto duro, que apenas toqué las decks, sugirió amablemente:

– ¡Ya bájate cabrón! ¡Deja que toque una verdadera DJ! ¡Yo soy DJ…- es curioso que en el momento de la espetación, salgan tantas afirmaciones personales- y te he estado oyendo! ¡Tú no eres DJ! ¡No sabes mezclar! – aquí tenemos la apreciación crítica de un profesional- ¡Tú sólo te dedicas a poner pinche música para jotos! ¡Bájate!

En ese momento lo entendí todo: este par de clientes en plena autoafirmación de su personalidad se creían dueños del bar al tener consigo una amiga DJ que, cabe mencionar, mezclaba bastante bien. Así pues, al ser yo amigo de Maria Daniela, por ejemplo, puedo mandar en Nuevos Ricos y exigir mi disco. Sobre esta línea, siendo amigo de Rosa Elena, puedo llegar a la prepa Ibero y exigir que cambien todo el programa académico. Tomando en cuenta la opinión de este par, al ser hermana de Rich podría ir a la ONU y demandar que cambien los programas que involucren a jóvenes y VIH. Imagínense el poder que nos da, entonces, ser amigos de determinadas personas.

Tras esta breve reflexión, me reí y mucho: si la música que pongo todos los viernes en el Bar Fly es pinche música de jotos entonces Kinsey estaba equivocado en su estadística y no es el 10% de la población, sino mucho más. Así pues, una buena parte de Cholula es gay ya que le gusta esa música y, lo más importante, la música que escucha la gente gay es pinche, como los gays.

En verdad me entristeció ver el nivel de envidia y, sobre todo, de homofobia que sigue habiendo en ambientes tan supuestamente libres, como el de la música. Al decir que pongo pinche música para jotos, el “Yo soy DJ” estaba, no sólo afirmando su disgusto respecto a mi música, sino a “la música que escuchan los gays” y por lo tanto, a todo aquello que no sea heterosexual y narrow minded como él.

Tras tanto tiempo de ir con Velvet en el camino y la buena respuesta del público, había olvidado la posibilidad de este tipo de situaciones y había olvidado cómo se sentía la intolerancia y la irracionalidad. Había olvidado que duele y mucho. Y había olvidado la mejor forma de combatirlo.

Alguna vez en una entrevista me preguntaron si mi m
úsica era para gays. Aquel era uno de mis primeros conciertos y sentía que me devoraría al mundo, recuerdo que me reí tras esa pregunta -principalmente porque el reportero también era gay y aquel era su manera de ver si yo lo era- y le contesté que yo no sabía que la música tenía sexualidad, que yo no creía que la tuviera. La música es una enorme expresión de amor: no reconoce sexo, gustos e ideologías, simplemente se siente.

El ritmo es ritmo, el beat es beat y la melodía es igual. El hombre siente una pasión por el ritmo y la música desde sus épocas más tribales ¿Y por qué? Porque el ritmo de un beat ajusta el ritmo de nuestro corazón y empiezan a correr al mismo tiempo. Por eso bailamos, porque sentimos el ritmo en una de nuestras partes más internas y que más nos mueven. La música y el baile son entonces vida, bailar es una reafirmación de la vida, vida que no se puede contener y que abre breaguetas y enseña pezones.

Es triste lo que ocurrió con aquellos dos inconformes, ¿Oír música? Al diablo con eso, la gente va a divertirse, a reafirmar que están vivos.

Esa misma noche, mientras comíamos tacos, Agnes tenía la mirada perdida: era su cumpleaños y se había puesto tan borracha como le había sido posible. Hipando y con la cabeza dándole vueltas, me dijo:

– Ay, ni en cuenta con la anciana, ruca, nefasta, le recomendaré a mi cirujano para que la haga joven, porque de plano se ve horrenda.

Ahí estaba, el corazón de la vida, que baila sin importarle enseñar los pezones y que se nos sale de los pantalones.

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